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Rosario López

29 Nov 2019
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Firmas

Una historia que no comienza ni acaba en nosotros

Tuve un maestro que decía: «Hay que tener un trato carnal con las palabras». Y entonces yo pensaba que una se podía agarrar del brazo de la palabra que más amaba o arrancársela como una uña. Las palabras que amo vienen de personas. Las palabras que odio vienen de personas. Tengo palabras por el cuerpo como tactos. Uno no se desprende de nada, aunque lo olvide. De la historia humana del español, de los cuerpos que llevan las palabras que nos hacen, hablaba Juan Ramón Lodares en Gente de Cervantes. El libro, publicado por Taurus en 2001, ha sido reimpreso este año.

El español hoy no es la cuarta lengua más usada en Internet como se pronosticaba entonces, sino la tercera, según el último anuario del Instituto Cervantes. Algunas realidades siguen igual, algunas para bien, como que seamos una lengua mestiza, viajera, hecha de gentes de más sitios de los que podamos imaginar, que acoge bien los cambios que la enriquecen si hay cuidado. Algunas realidades siguen igual, para mal.

Una lengua se aprende por lo que promete. El inglés promete viajes, puestos de trabajo, otras fruslerías y comunicarte allá donde vayas. No se aprende inglés por Shakespeare. Cuando aterrizamos en tierra ignota, lo primero que se nos viene a la boca es: «Do you speak English?». El inglés es una lengua internacional, mientras que el español solo es multinacional. El español es la segunda lengua más hablada, cierto, pero no basta con tener muchos hablantes, sino ser la elegida.

Hay que ser vista como un canal eficaz de comunicación. Quizá no haya que competir con el inglés planetario para preservar lo que Lodares denomina la llamita de la funcionalidad y encontrar la nuestra propia, como hicieron los que nos antecedieron. Los pastores que bajaban del norte de la Península Ibérica necesitaron comunicarse en español.

El libro cuenta también cómo debemos mucho a los africanos que fueron llevados a América cuando a Bartolomé de las Casas se le ocurrió que era mejor esclavizar a negros que a indígenas. Los que llegaron de África, ‘las piezas’, lo hacían con multitud de lenguas, no solo una, así que conservarlas no les servía mucho, pero se conservan ritmos y palabras. Se conservan algunas palabras como chévere, que quizá cubrió un hueco de realidad que era necesario nombrar. Y hoy es justo recordar de dónde viene.

Para ser deseada, la tribu cervantina tiene que limpiar su casa y reducir el elevado analfabetismo (muchos hispanohablantes son solo eso, hablan, pero ni leen ni escriben y, a veces, ni escuchan), y tiene que apreciar lo propio. Quizá haya que apostar también por la belleza, no solo por la utilidad.

Se han desaprovechado oportunidades, se ha abandonado a su suerte la semilla del idioma que ya había germinado en otros sitios, abandono que ha aprovechado la tribu de Shakespeare para ganar terreno. También es verdad, como ya destacaba Blanco White, que la lengua inglesa ha sufrido menos censura y que su prensa ha pagado menos impuestos.

En 1611, en México, Pedro Arenas creó un diccionario particular. Inventó unos diálogos hispanomexicanos con las situaciones cotidianas más frecuentes: comprar comida, vender caballos, decir qué tiempo hace, dar un azote a los niños. En la segunda mitad del siglo XIX se seguía editando.

Felipillo era el intérprete de Pizarro. Pizarro, por cierto, criado en la pobreza, era analfabeto. Felipillo se inventaba las traducciones entre incas y españoles, según su convenio. Como estaba enamorado de una de las mujeres de Atahualpa, tradujo sus declaraciones de modo que los españoles decidieran matarlo. En cualquier caso, Felipillo también terminaría muerto entre una de sus mentiras.

Los trujamanes fueron hombres simientes, hijos de caciques que vinieron a España para aprender la lengua y luego volver a América y expandirla. Muchos murieron, y de poco sirvió esa misión.
Con la trebelladora, Lodares nos lleva a 1768, a una conversación entre una gallega y un cura que, obvio, no hablaba gallego. La mujer le confiesa cuántas veces ha trebellado. El cura considera que puede trebellar todo lo que desee, los domingos, incluso, también, aunque el Señor descanse. Obviamente, el trebellar de uno y otra significaban distinto.

El libro está lleno de anécdotas y aclaraciones. Tres siglos después de que Colón llegara a Guanahaní, el español era hablado solo por uno de cada tres indígenas, ¿por qué? Porque lo primordial había sido evangelizar.

Los jesuitas no solo no impusieron el español, sino que aglutinaron en lenguas generales las más de dos mil lenguas nativas que había para expandir como el aceite la fe católica. Consideraban que era más fácil que los indígenas entendieran a Dios en su lengua que enseñarles español. El guaraní no tendría la unidad que hoy tiene (lengua cooficial junto al español en Paraguay) sin la labor de estos curas.

Fue el mestizaje (más que las leyes que empezaron a prohibir hablar en otra lengua que no fuera español) lo que hizo que se convirtiera en la lengua más útil para comunicarse, también para los que llegaron más tarde de Europa, con multitud de dialectos italianos, por ejemplo.

Otra paradoja de la historia es que cuando se creía que el español podía morir con la independencia de las colonias, no solo no murió, sino que se afianzó por haberse convertido en la vía más cohesionada de comunicación, en la que se entendía más gente diversa. El idioma sufrió otra suerte en Filipinas, aunque es curioso que el país siga llamándose como se llama, en honor a Felipe II.

En verano también cambia la historia, y a veces por el gusto personal de alguien, por una pasión. Un verano de 1713, gracias a Juan Manuel Fernández Pacheco, que se reunía con sus amigos para leer, escribir y hablar de leer y escribir, se puso la semilla de lo que hoy es la Real Academia Española. Limpiaron la casa del idioma. A ellos les debemos habernos librado de colgajos con los que cargan otras lenguas romances. A Andrés Bello y a otros tantos, la cohesión de la lengua en buena parte del mundo. Y a casi todos los hispanohablantes debemos que cereza no se escriba seresa, algo que no entendía Ángela, una de mis alumnas en los Balcanes, que aprendió español de oído con las telenovelas. El humor también es un valor incalculable de este libro. Lógico. Es parte de nuestro idioma.

Gente de Cervantes habla de las personas que han hecho el idioma que nos hace. Lo hace yendo y viniendo, como una historia de mar, como una historia que no comienza ni acaba en nosotros.

 

Este artículo de Rosario López es uno de los contenidos del número 5 de la publicación trimestral impresa Archiletras / Revista de Lengua y Letras, disponible en kioscos y librerías.
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