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Mar Abad

30 Nov 2018
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Sororidad: ¿Cómo una palabra tan fea para un concepto tan bello?

Algunos lo llaman «sororidad», aunque es raro escuchar esta voz por la calle. La idea de hermandad entre mujeres ha llevado a millones de ellas a manifestarse en las calles, a declararse en huelga, a dejar de llevar a sus hijos al colegio por un día para que sus maridos sientan en su pellejo el doble trabajo de profesional y cuidadora que se nos da por supuesto a las mujeres. A esa celebración del pasado 8 de marzo y a mucho más.

Pero aún cuesta ponerle nombre. ¿Alguien ha escuchado la palabra «sororidad» fuera de los estudios de género y de la prensa?, ¿ha sonado alguna vez en la barra del bar, el gran ágora de las pasiones y las pulsiones humanas? A veces una idea, una realidad, un concepto nos enamora, pero la voz que la define nos suena tan mal que decidimos no pronunciarla.

La intentas decir, pero, no. No sale. Es como si se atrancara en la punta de la lengua.

Las palabras tienen mucho de golosina porque, al fin y al cabo, las tenemos que hacer rodar por nuestra boca. Hay vocablos que nos saben a gloria; son esos términos que, cuando los dices, te hacen sentir mejor y te dejan un gustillo fabuloso. A mí me ocurre con «fruslería», con «aviador», con «aeromozo»… Son palabras que me ponen de buen humor. En cambio, hay otras que evitas porque te pegan un calambrazo en las papilas gustativas. «Sinergia», «brifear», «férula»… ¿Puede haber algo más terrorífico que posar esos palabros en los labios?

A mí, y quizá a alguien más, me tiembla un poco el cuerpo si intento decir «sororidad». Me resulta cacofónica, disonante, y no la pronuncio porque algo tan bello como la hermandad entre mujeres no puede estar representado por un vocablo que me incomoda.

A veces, uno hasta se siente imbécil pronunciando algunos términos. Te suenan torpes, deformes, repelentes. Entonces la rebelión léxica surge por un motivo tan arbitrario como la belleza o la fealdad, y  algunos nos preguntamos: ¿Qué palabra es digna de representar algo que va más allá de la solidaridad entre mujeres? No se puede poner un pero a la voz «sororidad» desde los rigores de la norma. Está construida de forma impecable; como el mejor de los edificios. Parte del latín como base (soror, que significa «hermana») y continúa con el -idad que le da su significado de «cualidad de», «relativo a» o «relacionado con».

Pero en nuestra caja de herramientas cultural, además de la norma, tenemos un aparejo magnífico: la creatividad. ¿Por qué no escuchamos a las mujeres que se apoyan en hermandad, al pulso vital de la calle y los foros de conversación para ver cómo llaman a esta forma de sentir y este modo de actuar? Quizás ahí encontremos un término con el que algunas nos sintamos más identificadas.

Muchas palabras muy aceptadas no se han creado en un laboratorio, como le ocurrió a «sororidad». Aparecieron, casi de forma espontánea, en un foro de Internet (ahí está el origen de selfie) o del ingenio y el chiste (así nació el famoso «bocata» de Forges). Quizá sea cuestión de esperar, de estar alerta en una búsqueda activa y meditada de una palabra bella que nos represente a quienes no nos conformamos con una palabra construida en una mesa de pruebas, como el doctor Víctor Frankenstein armó a su criatura. Porque, al final, somos los dueños del lenguaje, los que decidimos qué palabras camparán felices por el lenguaje y cuáles quedarán en círculos reducidos.

 

Este artículo de Mar Abad es uno de los contenidos del número 1 de la publicación trimestral impresa Archiletras / Revista de Lengua y Letras, disponible en quioscos y librerías.
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