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Mar Abad

27 Nov 2020
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Firmas

La evolución científica de un país está escrita en sus palabras

Hacia la primavera de 1918, llegó a España el soldado de Nápoles. Traía con él vómitos, diarreas y fiebre. Aunque aquello de militar tenía solo el nombre. Era una gripe muy contagiosa y por eso la llamaron como una canción muy pegadiza que todos tarareaban entonces: El soldado de Nápoles, de la zarzuela La canción del olvido.

En aquel principio del siglo XX, las medicinas se presentaban con cierta lírica. En la misma página del periódico Heraldo de Madrid que anunciaba el estreno de esta opereta para el 1 de marzo de 1918, un anuncio apelaba en rima a los que tenían tos:

El que perfora la roca,
el industrial, el que escribe,
nunca en lo sublime toca,
ni un pensamiento concibe,
si no se enjuaga la boca
con Licor Polo de Orive.

Al soldado de Nápoles aún lo tomaban a broma porque no había estallado la dinamita. Pero al llegar el verano saltó la mecha. La epidemia a la que también llamaban la enfermedad de moda dejó de herir y empezó a matar. Poco chiste y menos arte tuvo la cosa entonces. La infección provocada por un brote de influenza virus A del subtipo H1N1 ya no tenía ninguna gracia: veinte de cada cien contagiados acababan en el otro mundo.

Nadie entonces pronunció esa retahíla: brote de influenza virus A del subtipo H1N1. El germen de la enfermedad, que pasó a la historia como gripe española, porque el corresponsal del Times en Madrid fue el primero en hablar de ella, se descubrió muchos años después. Tampoco hablaban de antibióticos porque no había y las mascarillas que se ponían de poco servían. Eran tapabocas de tela y gasa. No había entrado en su vocabulario aún el repertorio actual de mascarillas higiénicas, quirúrgicas, filtrantes, FFP1, FFP2 y FFP3.

Lo que ocurrió en 1918 fue una plaga. En los periódicos hablaban también de epidemia. Lo que entonces resultaba extraño era llamarlo pandemia. Había solo algún caso aislado, como aquel que apareció en el Heraldo de Madrid del 28 de julio de 1919: «Confiesa el Gobierno preocupaciones con motivo de llegar a puertos españoles enfermos de gripe; ya que de nuevo nos amenaza el riesgo de la pandemia». Aquel era un término reservado a los médicos, pero, aun así, el diccionario de 1925 recogió su eco: «Enfermedad epidémica que se extiende a muchos países o que ataca a casi todos los individuos de una localidad o región».

Esa pandemia que infectó a ocho millones de españoles y acabó con la vida de 300.000 puso ante los ojos de todos una verdad eterna que decía el Nobel de Medicina Santiago Ramón y Cajal: «La lucha milenaria entre el microbio y el hombre se reduce a esta sencilla cuestión: ¿quién domestica a quién?». Pero la ciencia, en aquellos tiempos, era algo que hacían otros y eso se vio reflejado en el vocabulario de la población hasta finales del siglo XX.

En aquella España donde apenas había ciencia, nadie usaba tecnicismos. Las dolencias y los males formaban un hablar popular que pervivió hasta la defunción del franquismo. Al tifus lo llamaban tabardillo; a la difteria, el garrotillo; a la tuberculosis, la tisis; a la parálisis, paralís. Era más fácil pronunciar esta palabra sin tanta sílaba ni tanta esdrújula. «Los populares suelen modificar los vocablos que tienen por difíciles; algunas de esas modificaciones nos parecen más felices que el vocablo no deformado. Tal es paralís, en lugar de parálisis», observó Azorín en El artista y el estilo (1946). Ángel Cruz Rueda, coautor de ese libro, llegó a plantear: «¿Aceptaremos en virtud de su eufonía y de su facilidad el paralís de los populares?».

Este crítico literario y alcalde de Cabra después de la Guerra Civil no dijo algo iluso. Esa sonoridad de la que hablaba hace que aún hoy, en ambientes distendidos, muchos prefieran llamar patatús, telele, faratute, soponcio o jamacuco a la indisposición y el desmayo. Esa ley de las palabras felices de la que hablaba Azorín convirtió la ictericia en tiricia. ¡Para qué tanta complicación! Para qué arriesgarse a tartamudear al pronunciar un achaque.

En la España del «¡Que inventen ellos!» era raro que alguien muriera de un infarto. La palabra estaba en el diccionario desde 1884 («Hinchazón ú obstrucción de un órgano ó parte del cuerpo»), pero a la gente le daba un repente. A la pérdida de conocimiento y las convulsiones repentinas las llamaban de una forma más épica: «Le ha dado una alferecía». En un país sin nociones de ciencia, nadie sufría de apendicitis aguda ni peritonitis; lo que ocurría es que les daba un dolor de barriga que los dejaba doblados, vomitaban como fieras y en un par de días eran fiambre. Aquella afección se llamaba cólico miserere y arrastraba el nombre desde hacía siglos por la plegaria del Miserere: «Señor, apiádate», «Señor, ten piedad».

En aquel país de obispos y homilías, muchas palabras olían a incienso. Alzaban a los cielos y arrastraban a los infiernos. Algunas expresiones tenían la vaporosidad del éter. A los disgustos imponentes los llamaban mal de espanto. El trauma llegó después: cuando las penas iban a la consulta del psicólogo en vez de al confesionario. El susto es el mismo, pero a los oídos resulta más poético aquel mal de espanto que el trauma actual. Más lírico era también decir baile de San Vito que afección neurológica.

Estas palabras y expresiones empezaron a resultar antiguas, folclóricas, incluso cómicas, conforme las voces propias de la medicina pasaban al lenguaje popular. Hablar en la calle de hemofilia, ictus o gingivitis es un reflejo del avance de la ciencia. Es muestra de progreso que los tecnicismos salgan del consultorio y pasen a la cháchara del bar.

El vocabulario de cada época es un reflejo de los acontecimientos históricos de ese momento. Puede verse como una huella, una cicatriz o un lunar en el cuerpo del lenguaje. En la década del 2000 empezó a propagarse, como loca, la palabra virus (el virus informático). En la década del 2010 corrió el viral (el viral de Internet: vídeos, tuits, memes, ideas contagiosas). En 2020 un virus físico, analógico, de los de toda la vida, ha provocado una erupción de palabras en todos los idiomas. Por todos lados aparece hoy el SARS-CoV-2 (el nombre del virus), el coronavirus (el tipo de virus) y la covid-19 (la enfermedad). A su paso va originando voces y expresiones en todas las lenguas. De inmediato. Al instante. Hasta el Oxford English Dictionary (OED) ha roto su puntualidad británica y en vez de esperar a la hora en punto de su próxima actualización, en junio, añadió en abril casi treinta términos que describen los nuevos objetos y comportamientos de esta emergencia sanitaria mundial.

El detonante fue en marzo. Estalló la epidemia. La OMS la elevó a pandemia. Impusieron la cuarentena, el encierro, el confinamiento, el Gran Confinamiento (con mayúsculas, dijo la Fundéu). Al principio, algunos bromeaban. Ponían azúcar a una situación amarga: «Estoy confitado», decían, en lugar de «confinado». Estábamos en estado de alarma (aunque de aquí no salió la broma de «estoy alarmado»). Por las redes circulaba el #YoMeQuedoEnCasa. El teletrabajo se impuso; las videollamadas: todo el mundo quedaba para hacer un zoom.

Ascendía la curva de la epidemia hasta llegar al pico. No había antiviral para el coronavirus. Los sanitarios estaban en primera línea, hacían test PCR, necesitaban equipos de protección individual (EPI). Los ciudadanos nos calzamos mascarillas y nos echamos hidrogel en las manos. Pusimos dos metros entre el yo y los otros: lo llamaron distancia social, pero muchos dijeron que era incorrecto, porque, en realidad, es distancia física o distancia de seguridad. Todas las tardes salimos al balcón para los aplausos de las ocho. Había tanta información y tanta desinformación (echar colonia Nenuco por la casa para espantar al virus, empinarse un chupito de vodka porque el alcohol mata al bicho) que brotó una infodemia: un mareo de datos que lleva al naufragio (¿qué me creo?, ¿qué no me creo?).

La economía también sufría; estaba hibernada. La propuesta de los coronabonos tenía pinta de quedar en otro Plan Marshall: na de na. Y empezó el desconfinamiento, la desescalada. La fase-1, la fase-2, la fase-3 (y el desfase: la policía disolvió más de cuatrocientas fiestas en Madrid en un solo fin de semana cuando aún estábamos en fase-0). Íbamos hacia la nueva normalidad, hacia el mundo pos-covid-19 o poscoronavirus. Era todo tan higiénico, tan técnico, tan profiláctico. Pero algunos iban por ahí arrimándose más de la cuenta y saltándose las normas: los covidiotas (un neologismo fino que describe la actitud del idiota, el que, como señala el origen griego de la palabra, solo mira por sus intereses y desatiende los asuntos públicos, respecto a la pandemia de la covid).

Es curioso que la propia forma de referirnos a la enfermedad refleja lo que ocurre en el país: el mismo caos y la misma falta de acuerdo. Los rigurosos la mencionan en femenino (la Fundéu lo explica muy bien: es la [enfermedad] covid-19), pero la mayoría la llama el covid («es que la covid suena muy feo», dicen). Los perfeccionistas la pronuncian como una palabra aguda (con el acento en la i), pero la mayoría hace la palabra llana (cóvid, como suena en inglés). Al gusto. Parece que acabará siendo una palabra de género fluido, como el Internet y la Internet, el newsletter y la newsletter, o el wifi y la wifi.

En este batiburrillo de palabras nuevas (desconfinamiento), expresiones prestadas (nueva normalidad es un concepto económico de 2009) y voces repetidas hasta el hartazgo (confinamiento) está la identidad lingüística de la pandemia planetaria de 2020. En este salto lingüístico que va del soldado de Nápoles a la covid-19, con su guion y su aspecto de laboratorio, está escrita la evolución científica de nuestro país en los últimos cien años.

 

Este artículo de Mar Abad es uno de los contenidos del número 8 de la publicación trimestral impresa Archiletras / Revista de Lengua y Letras.
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