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Iraide Ibarretxe-Antuñano

13 Oct 2021
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Sonidos motivados

A finales de los años 2000, se puso de moda, gracias al periodista deportivo Andrés Montes, la expresión tiki-taka. Se utilizaba para referirse a un estilo de fútbol, novedoso en aquel entonces, caracterizado más por la técnica y la habilidad futbolística de los jugadores —pases cortos, rápidos y certeros, el movimiento continuo del balón, el toque y la posesión— que por el poderío físico. Esta palabrita se popularizó tanto que dejó de ser solamente una preferencia del idiolecto de un periodista para pasar a dar nombre a programas de televisión, a un tipo de juego deportivo (el Tiki Taka System) e incluso a una herramienta de trabajo y coaching. Lo interesante de este «neologismo» es que, si rebuscamos en la prensa deportiva (¡gracias, Wikipedia!) y nos remontamos un par de décadas, aprendemos que al entrenador Javier Clemente no le gustaba ese «estilo de fútbol francés», y que otro exjugador del Athletic Club, José María Maguregi, llamaba así al echar «un partidillo informal». Ahora viene la parte más sorprendente: la «palabrita neológica» en realidad existe como tal en euskera. Según el Orotariko Euskal Hiztegia, tiki-taka es una expresión que significa ‘pasito a pasito / golpes repetidos / luz intermitente / ruido rítmico’. ¿Simple coincidencia?

Aunque no lo parezca, la verdad es que estamos rodeados de este tipo de expresiones, comúnmente conocidas como onomatopeyas, pero solemos ignorarlas porque siempre nos han dicho que no son parte del sistema de la lengua, sino un puñado de simples curiosidades anecdóticas que carecen de sistematicidad, significado referencial y que están restringidas a la oralidad, principalmente infantil o rural. Nada más lejos de la realidad.

En Archiletras número 10, ya tuve la oportunidad de reivindicar —a la hora de explicar la importancia de la iconicidad del lenguaje— que este tipo de palabras, actualmente conocidas bajo la categoría general de ideófonos, no solo existen en todas las lenguas del mundo, sino que además comparten unas características formales y funcionales muy distintivas y, para sorpresa de muchos lingüistas, profundamente sistemáticas. La diferencia interlingüística se explicaba como una cuestión de grado —de lenguas muy ideofónicas como el japonés a lenguas menos ideofónicas como el español— y por la especificidad lingüística de cada lengua. Es decir, los recursos lingüísticos propios que cada lengua pone a disposición de sus hablantes para codificar, por ejemplo, el ladrido como woof en inglés o zaunk en euskera, pero wan o kyan-kyan en japonés dependiendo de si es un solo ladrido o varios seguidos.

En esta ocasión, lo que voy a intentar es mostrar, a través de sus características lingüísticas, por qué los ideófonos tienen tanto éxito y por qué nos hacen sentir tan vívidamente lo que describen. A fin de cuentas el sentido de motivado en este artículo es doble: estas palabras están motivadas pero también nos motivan. Aquí van las pruebas.

Empecemos por su significado. Se suele decir que estas palabras no tienen significado referencial; de ahí que a veces se las suela tratar de interjecciones (por cierto, otro grupo más de palabras «mal-tratadas»). Sin embargo, no solo tienen contenido informativo y, por lo tanto, capacidad de desempeñar una función representativa, sino que también este es conciso, detallado y, además, con una gran ventaja: concentrado. En un di-da —léase, ‘¡zas!, hacer algo resolutivamente, en un segundo’— conseguimos información total. Comprobémoslo con un ejemplo de la lengua siberiana tuvá (túrquica). Lector, ponga el cronómetro y calcule cuánto tarda en leer esta frase: «El sonido de las copas de los árboles moviéndose, bamboleándose, crujiendo y quebrándose como resultado de que los osos marquen los árboles al clavar sus garras en ellos y se rasquen sus espaldas contra ellos». Pues bien, todo esto se reduce a la palabra tʃɯʒɯr tʃɯʒɯr en tuvá. ¿Ha costado menos, verdad? Esa es la primera razón: pura economía del lenguaje.

Como cualquier otro elemento lingüístico, los ideófonos también incorporan nuevos significados; por eso, lo que se inicia como una imitación onomatopéyica de un sonido real pasa a tener un significado figurado. Un ejemplo: pil-pil. Posiblemente el lector, y si es aficionado a la gastronomía aún más, haya imaginado un delicioso plato de bacalao al pilpil. Lo que igual no sabe es que pil-pil es mucho más que una salsa de aceite y ajo; en euskera se refiere al movimiento de un líquido que hierve suavemente. De esa ebullición superficial y constante, tan necesaria para cocinar y servir un buen bacalao pil-pilean, se desarrolla la acepción de ‘estar en el candelero, de muy actualidad’ o, como se dice ahora en redes, ser TT o trending topic. Sin embargo, hay una diferencia —al menos a mi oído vasco—: leer que algo es trending topic me informa, pero que algo está pil-pilean hace que me lo imagine sensorialmente, como si la noticia fuera un compendio de burbujas que rompen suavemente en diversos sitios, sin parar. Y es que esa es otra de las ventajas de estas palabras, su función expresiva y estética.

El ideófono es un catalizador estético-expresivo que involucra activamente tanto al emisor como al destinatario del evento que describe, consciente o inconscientemente. Pone de relieve las características principales de la acción o proceso que representa, a la vez que invita al oyente a que se proyecte en esa experiencia. Este involucramiento interlocutivo tiene varias consecuencias. Por un lado, se sabe que puede ser un factor facilitador de la adquisición temprana del lenguaje en relación con el procesamiento léxico, ya que, al unir sonidos y referentes, puede ayudar a distinguir, establecer y adquirir representaciones léxicas. Por otro lado, promueve la intertextualidad y activa un vínculo grupal íntimo entre los hablantes de la comunidad lingüística ideofónica. En sus estudios sobre variedades del zulú en Sudáfrica, Tucker Childs exponía que el uso de ideófonos era una marca de identidad zulú que servía de termómetro de zulu-ness o «zulunidad». Es decir, cuanto menos se quisieran identificar los hablantes de una variedad con el zulú (siempre asociado a lo rural y, por lo tanto, desprestigiado) menos ideófonos usaban.

Esta particular identificación comunitaria se ve claramente si nos damos una vuelta por la calle, en el paisaje lingüístico, o si echamos un vistazo a las estrategias de naming que siguen asociaciones, programas en medios de comunicación, logos… y especialmente en lugares donde se hablan lenguas ideofónicas, aunque sean minoritarias. Aquí van algunos ejemplos. No hay más que pasearse por Bilbao para toparse con una cafetería con el nombre de Zurrumurru ‘rumor, murmullo’ o entrar en un centro comercial en Tokio para que te reciban animosamente con carteles de Gera-gera ‘reír’. También podemos ir al supermercado para comprar un vino joven de moscatel y xarel·lo del Penedés catalán bautizado como Xino-xano ‘tranquilamente’ o revisar la parrilla de Aragón TV para ver el programa Charrín-charrán, ‘hablar’ en lengua aragonesa. Pero, ¡ojo!, esto también ocurre con el tiki-taka con el que empezaba el artículo. Hagan una búsqueda en la red y verán como hay desde escuelas de fútbol hasta restaurantes de comida rápida que llevan ese nombre. Y es que, ganar un mundial de fútbol con el tiki-taka puede definitivamente ser catalizador de muchas cosas.

A todas estas funciones que hemos mencionado —representativa, expresiva, estética— hay que añadir otra más: su función apelativa, algo que publicistas y profesionales del branding pueden y saben aprovechar. Varios estudios relacionados con el marketing multisensorial y las señales sónicas, como los del laboratorio de Charles Spence, han mostrado que los sonidos influyen a la hora de juzgar desde la efectividad de los medicamentos hasta la calidad de los alimentos. Aunque parece ser que los consumidores no somos conscientes, resulta que, en relación con la comida, percibimos los sonidos de frecuencias altas ([f, s, i, e]) como más sanos, juzgamos los vocálicos palatales [i, e] y los consonánticos fricativos [f, s, v] como más dulces y nos atraen los crujientes ([kr-]) por su frescura y calidad —aunque no sean muy saludables, como las patatas fritas—. Esta atracción —a veces, fatal— no solo se usa en el nombre de las marcas (Crunch), sino también en los anuncios publicitarios como, por ejemplo, en el de los chocolates Valor, donde el eslogan, «Placer en estado puro», suele ir precedido de una imagen con el crac del chocolate al morder o en el de las manzanas Val Venosta, cuyo crujido incita a esa sensación de frescura y maduración óptimas.

Como la mejor manera de comprobar algo, aprenderlo y recordarlo es a través de la experiencia, qué mejor que ir terminando poco a poco o china-chana, como se dice en Aragón, con una recomendación: el monólogo del actor Kepa Errasti en el programa Barre Librea de EITB, la televisión pública vasca. No importa si no entienden lo que dice, escuchen su voz, vean sus gestos y a ser posible acompáñenlo con una buena onza de chocolate (o una manzana). Sientan y, simplemente disfruten, lo que significa vivir entre sonidos motivados.

Para todos aquellos que hayan sentido curiosidad por el uso de los ideófonos en el monólogo del actor Kepa Errasti en el programa Barre Librea (18/02/2021) de EITB, la televisión pública vasca, y además de disfrutar, quieran saber qué dicen y disfrutarlo así doblemente… aquí está la lista de los que usa y una traducción aproximada en relación con este contexto (en muchos casos pueden significar más cosas).

Para seguir el monólogo

Para todos aquellos que hayan sentido curiosidad por el uso de los ideófonos en el monólogo del actor Kepa Errasti en el programa Barre Librea (18/02/2021) de EITB, la televisión pública vasca, y además de disfrutar, quieran saber qué dicen y disfrutarlo así doblemente… aquí está la lista de los que usa y una traducción aproximada en relación con este contexto (en muchos casos pueden significar más cosas).

plisti-plasta ‘chapotear’
firin-faran ‘despreocupadamente; ganduleando’
iji eta aja ‘con alegría’
zirt-zart ‘de un lado a otro; decididamente’
di-da ‘drásticamente; de repente; bruscamente’
burrunba ‘estruendo; trueno’
mara-mara ‘copiosamente, en abundancia’
fiu ‘silbido’
dinbili-danbala ‘a trompicones’
plausta ‘cataplum; caerse al suelo’
tarrat ‘rasgar; desgarrar’
taup taup ‘palpitar’
rapataplán rapataplán rapata-rapata-rapataplán ‘replicar de un tambor’
turrut ‘tirarse un pedo’
puf ‘ruido al salir; repugnancia’
tipi-tapa ‘andar a pasitos cortos y ligeros’
dilin-dalan ‘tañer de campanas; bamboleando’
aufa ‘satisfacción’
atxus ‘estornudo’
dapa ‘idea repentina’
dzanga-dzanga ‘beber a tragos’
txin-txin ‘monedas al chocarse’
brist-brist ‘destellar’
txor-txor-txor ‘hablar de forma continuada’
apa ‘sentarse’
zazta ‘meter el cuchillo (sasta: pinchar)’
klaxk ‘crujir al partir’
hurrup ‘sorber’
bor-bor ‘hervir fuertemente’
fu ‘soplido’
tirrin-tirrin ‘sonar el timbre’
parrast ‘desparramarse’
ou-pu-pu-pu ‘ruido del teléfono al colgar’
Ikimilikiliklik ‘de trago a tragos’

Este artículo de Iraide Ibarretxe es uno de los contenidos del número 11 de la publicación trimestral impresa Archiletras / Revista de Lengua y Letras.
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