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Iraide Ibarretxe-Antuñano

14 Jun 2021
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Ser o no ser en lingüística

Tradicionalmente, cuando uno estudia Lingüística, está acostumbrado a que muchos conceptos teóricos se resuelvan en términos dicotómicos, es decir, de ser o no ser. Estos conceptos blanquinegros se heredan de generación en generación sin ser cuestionados y, al final, se convierten en verdades absolutas. Las razones pueden ser varias: desconocimiento de lo que sucede en otras lenguas, creencia a pies juntillas en los principios epistemológicos fundadores de una teoría lingüística específica o, simplemente, falta de información y actualización… Algunas de estas dicotomías ya están más que superadas en la teoría lingüística actual, pero espero que los lectores, tras leer este artículo, aunque no se queden convencidos, al menos recuerden parcialmente que alguien dijo alguna vez que no es todo «blanco» lo que reluce; o «negro», si se prefiere.

Puede que una de las dicotomías más conocidas sea la de que el lenguaje es arbitrario, de donde se infiere que todo lo no arbitrario no es lenguaje. Estas palabras nos las aprendemos como un mantra desde la primera clase de lengua. No en vano las «dijo» el padre de la lingüística moderna, Ferdinand de Saussure, en 1916, o más bien sus discípulos, Bally y Sechehaye, al editar el Cours. En cualquier caso, la falta de motivación del lenguaje, es decir, la carencia de explicación motivada entre el significante —la imagen acústica— y el significado —el concepto— es una de las características fundamentales que se proponen para caracterizar el lenguaje. De estas cuatro palabras surgen muchos de los «noes» que tenemos hoy en día en la Lingüística: el lenguaje no es icónico, todo lo que no sea verbal (imagen acústica) no es lingüístico, la onomatopeya no es parte del sistema lingüístico… La lista sigue, pero me centraré en algunos de estos casos.

La iconicidad se refiere a la relación motivada entre una forma y su significado. Aunque la iconicidad suele contraponerse a la arbitrariedad, como si fueran dos opciones antitéticas y disyuntivas, la verdad es que, realmente, son complementarias. En el lenguaje hay signos arbitrarios como el ejemplo saussuriano del arbre, tree, Baum, zuhaitz… para designar a un 🌲, pero también hay signos icónicos como, por ejemplo, el alargamiento de la duración de los sonidos de una palabra —sabroooooso— para expresar tamaño o cantidad. Ambos cumplen funciones diferentes. Los arbitrarios permiten distinciones conceptuales ilimitadas y la diferenciación discreta entre elementos individuales. Los icónicos crean categorías basándose en una motivación que parte de la propia experiencia humana, tanto perceptiva como cognitiva, y proporcionan un grado de expresividad mayor que permite una comunicación más vívida. Lo interesante es que ambos son cruciales para la adquisición del lenguaje: tanto la diferenciación entre elementos y su clasificación individual como la agrupación motivada de elementos facilita el aprendizaje. Así que, ¿por qué elegir si podemos tener ambos?

La iconicidad está presente en muchos fenómenos lingüísticos. Uno de ellos es el proceso morfológico de la reduplicación, es decir, la repetición total o parcial de material fonológico (raíz o base) de una palabra. La reduplicación se utiliza no solo para derivar palabras —kandu ‘sangre’ y kandukandu ‘rojo’ en kayardild (australiana)—, sino también para cumplir funciones gramaticales como el plural —anak ‘niño’ y anak-anak ‘niños’ en indonesio—. En muchas lenguas, además, se usa como intensificador —el sustantivo kùbi ‘abalorio’ en siwu (bantú) se convierte en kùbikubi ‘la textura de varios abalorios juntos’— o como el equivalente a un adverbio cuantificador —el adjetivo khu-ta ‘grande’ en coreano pasa a khu-na-khu-ta ‘muy grande’—. Otro caso sería el de los ideófonos. Estos elementos se caracterizan por mostrar rasgos formales (fonético-prosódicos y morfo-sintácticos), que les dan una prominencia estructural con respecto a otras palabras, y por tener una función expresiva vívida y claramente dramatúrgica, que les facilita una codificación descriptiva y representativa. Un tipo de ideófonos convencionalizados son las onomatopeyas, que, lejos de ser solamente imitaciones anecdóticas de los sonidos de animales (quiquiriquí), de instrumentos (tuturutú) o típicas del habla infantil (chuchú), constituyen una parte central del sistema lingüístico de muchas lenguas repartidas por todo el planeta —desde Asia (mundari, japonés), África (tumbuka, gbaya) o América (quechua) pasando por Oceanía (jabêm) e incluso Europa (estonio, euskera). Los ideófonos recrean no solo maneras de moverse como tuikadi-tuikadi ‘bambolearse, tambalearse’ en estonio o maneras de romper como biboab-biboab ‘rasgar’ en jabêm, sino también sensaciones sin sonidos aparentes como woliwoli ‘el estado de una fruta demasiado madura o cocinada’ en tumbuka (bantú), akul-bakul ‘sentimiento de ira en el que uno no puede hablar’ en mundari y, hasta el mismo silencio como sélélé en gbaya, chun en quechua o shiin en japonés.

El español no está libre de este tipo de formaciones icónicas; simplemente son menos frecuentes y menos sistemáticas, pero haberlas, haylas. Solo tenemos que pensar en la reduplicación intensiva que hizo famosa el cocinero Karlos Arguiñano, «rico rico», y que todos entendemos como «muy rico» o «riquísimo». O en ideófonos como runrún o zipizape y derivados como murmurar o borbotear que, aunque no se identifiquen como tal, tienen ese componente onomatopéyico bien presente. O en uno de mis neologismos favoritos: el brillibrilli o el efecto del uso (o abuso, según se mire) de purpurina o cualquier elemento que brille y cause destellos. Neologismo, por cierto, muy convencionalizado ya en diversas redes sociales y que sigue el patrón reduplicativo e ideofónico tan característico de otras lenguas con grandes dosis de este tipo de iconicidad como el japonés, donde se dice kira-kira, o el euskera, donde se dice dizdiz o briz-briz.

En realidad, no se trata de que una lengua tenga o no tenga estos recursos, o de que formen o no formen parte de su sistema lingüístico; están presentes en todas las lenguas del mundo. La diferencia es una cuestión de grado, es decir, cómo de frecuentes y prominentes son para desempeñar las funciones del lenguaje. Curiosamente, fuera de las lenguas mayoritarias europeas en las que se ha basado la teoría lingüística hasta hace poco, este tipo de recursos icónicos son muy recurrentes. Ahí lo dejo…

Otra de estas grandes dicotomías aprendidas a fuego es que hay palabras que tienen significado y otras que no. La propia acotación del concepto de significado no es una cuestión baladí a juzgar por toda la miríada de interpretaciones teóricas disponibles. Esta cuestión, de hecho, ha sido uno de mis leifmotivs investigadores originados en parte por mis tribulaciones sobre la falta de motivación a sentencias como «la preposición carece de significado». ¿Cómo es esto posible? ¿Acaso es lo mismo salir un fin de semana con dinero que sin dinero?

Estas tribulaciones se volvieron con el tiempo y con el conocimiento de otras lenguas incluso aún más serias. Al leer en libros de gramática una y otra vez que los elementos más pequeños con significado eran los morfemas —unidades mínimas de significado—, se daba por hecho que todo elemento aún más pequeño no tenía significado. Sin embargo, en muchas lenguas, hay fenómenos a nivel fonético que sí que tienen significado.

Lo ilustraré con dos de mis ejemplos favoritos. Uno es la palatalización en euskera. Cuidado, no se trata de adelantar la zona de articulación de un sonido hasta la parte palatal o palato-alveolar por influencia de un sonido cercano —eso también ocurre, pero es otro tipo—. A la que me refiero es a la que se produce por una debilitación de la zona de articulación en cualquier contexto fónico. Esta palatalización aporta un significado expresivo, afectivo o diminutivo, y explica por qué gozo ‘sabor dulce’ se convierte en goxo ‘agradable’ y tanta ‘gota’ pasa a ser ttantta ‘gotita’. El otro ejemplo, también relacionado, viene del asturiano. En algunas variedades de esta lengua es frecuente el fenómeno de la metafonía: la inflexión o modificación vocal de la tónica por la presencia de una vocal cerrada (/u/, /i/) en posición final —p. ej., de gordu a gurdu—. Si esta metafonía no tuviera significado ambas formas significarían ‘con sobrepeso’; pero esto solo se aplica a la primera, ya que en gurdu el sobrepeso viene acompañado de una sensación de repulsa. Al terminar muchos masculinos singulares en /-u/, esta extensión semántica, del significado descriptivo al afectivo e intensificador, es bastante común, como lo atestiguan pares como gochu > guchu ‘cerdo > muy cerdo’ o neciu > niciu ‘terco > muy terco’. Es más, incluso se arguye que la metafonía podría usarse también para marcar la individualidad y forzar una interpretación contable en sustantivos. Por ejemplo, pelu puede entenderse como ‘un pelo concreto’ o ‘el pelo en conjunto’; mientras que pilu se refiere únicamente a ‘un pelo’ y pelu indica exclusivamente ‘el pelo como conjunto’.

En fin, estos casos, lejos de ofrecer respuestas concretas, unívocas y excluyentes, lo que muestran es que, según parece, una vez que salimos del confort de lo que sucede en nuestra lengua o en nuestra teoría lingüística favorita y miramos más allá, el ser o no ser shakespeariano ya no es la cuestión sino comprobar en qué grado se es.

https://wals.info/chapter/27
http://ideophone.org/
Consulta #brillibrilli o @lavecinarubia en Twitter
https://sites.google.com/view/zl-a-la-carta/zl-a-la-carta/la-gram%C3%A1tica-en-el-aula/la-motivaci%C3%B3n-del-significado?authuser=0
http://www.academiadelallingua.com/lletresasturianes/index.php?px=articulu&cod=649

 

Este artículo de Iraide Ibarretxe es uno de los contenidos del número 10 de la publicación trimestral impresa Archiletras / Revista de Lengua y Letras.
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