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Iraide Ibarretxe-Antuñano

29 Abr 2022
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Érase una vez… la estandarización de la lengua

Hace unos meses me encargaron que hiciera una introducción general sobre la estandarización de las lenguas en un simposio de sociolingüística en la Universidad de Alicante. Me puse manos a la obra y, en cuanto empecé a diseñar la charla, me di cuenta de que no iba a ser tarea fácil. Por profesión, debía ser lo más objetiva posible: soy lingüista; sin embargo, me tocaba de cerca: soy hablante de una lengua de reciente estandarización, el euskara —como atestiguan los números escritos en mi querido cuaderno de Mazinger Z de la foto (¡ojo a la fecha y a la falta de h inicial!)—, y de otra lengua, el castellano, de cuyo proceso ni nos acordamos. Además, estudio una lengua inmersa en pleno proceso de estandarización: el aragonés. Con este panorama, me decidí por una estrategia particular: narrar una historia sobre la estandarización al estilo de los cuentacuentos, sin perder de vista a los protagonistas principales, los hablantes. Así que aquí van algunas reflexiones al respecto.

Iraide

Existen diferentes ‘leyendas’ sobre lo que realmente es e implica una estandarización; por eso, empezaré por ofrecer una definición y desmentir tajantemente algunas ideas que pululan en el inconsciente colectivo. La estandarización es un proceso intencional y planificado por el que se fija una variedad de una lengua, a partir de la elaboración de unas reglas específicas, generalmente, pero no solo, para su uso escrito. Esta definición subraya algunos aspectos cruciales: el resultado de una estandarización es otra variedad de una lengua que, en vez de distinguirse por su distribución diatópica (geográfica) o evolución filogenética (diacrónica), como ocurre con las variedades dialectales naturales, se crea de forma consciente. Por eso, una variedad estandarizada siempre es artificial (se construye) y prescriptiva (hay reglas que seguir). Como se ha descrito en los estudios de Estandarología Comparada, los procesos de estandarización comparten ciertos pasos generales: selección (qué rasgos se escogen), codificación (qué formas se van a prescribir), elaboración (cómo se promociona su uso comunicativo) e implementación (el grado de aceptación por parte de los hablantes). Hasta ahí lo común, porque luego existen innumerables maneras de llevar a cabo cada uno de esos pasos. Una variedad estándar puede seleccionar rasgos de una sola variedad dialectal (p. ej., francés estándar) o de varias (p. ej., euskera batua), puede tener una variedad central (p. ej., italiano estándar) o varias que convergen (p. ej., inglés británico, inglés americano)… Además, como en todo proceso, el grado de finalización y consolidación de estas fases en cada variedad estándar no es igual: algunas, las tardías, como el moldavo estándar, se han establecido hace poco; pero otras, las tempranas, como el islandés o el español estándar, llevan centurias gestándose… Eso sí, independientemente de la «edad» de la variedad estándar, las convenciones preestablecidas cambian y evolucionan (p. ej., poner o no tilde en solo o guion en español estándar o incluir expresiones de registro urbano y juvenil en danés estándar). La variedad estándar, por tanto, no tiene mucho que ver ni con el número de hablantes de una lengua, ni con el estatus jurídico-político de oficialidad, ni mucho menos con el mito de que en una ciudad o en una región se hable «el mejor xxx [añada el lector la lengua que más le guste, español, francés, italiano…]». Pura falacia.

La segunda reflexión es que, cuando se indaga sobre la necesidad de crear una variedad estándar y cómo ha llegado a tener ese sesgo discriminatorio y elitista mal entendido de hoy en día, se descubre que esta ‘obsesión’ viene de lejos. Ulrike Vogl recoge una interesante cronología de la ideologización de la variedad estándar: en la Edad Media, surge la necesidad de tener una forma uniforme para escribir las lenguas; necesidad que, en la Alta Edad Media, se transforma en la ideología de la corrección, que en los siglos XVIII y XIX se instrumentaliza por el surgimiento de políticas identitarias (lengua-nación), y a ser identificada con el concepto de ‘lengua correcta’. Finalmente, ya en el siglo XX, llega la devaluación de toda lengua no estandarizada y surgen los mitos comentados en el párrafo anterior. Esta necesidad de estandarización es, además, muy europea. La mayoría de las lenguas del mundo han sido, hasta hace no tanto, orales; entre otras razones porque el acceso a la escritura era también, hasta no hace mucho, un privilegio de algunos grupos sociales. Es más, el multilingüismo de los habitantes de Europa no ha sido nunca restrictivo, sino común. Eso sí, como también menciona Vogl, ya desde la Edad Media ha existido un multilingüismo ‘plebeyo’, propio de clases bajas que necesitaban otras lenguas para trabajar, y un multilingüismo ‘prestigioso’, propio de las clases altas que aprendían lenguas a través de la educación. Curiosamente, o quizá no tanto, esas lenguas ‘plebeyas’ suelen carecer de estándar (o es tardío), y las ‘prestigiosas’ lo tienen.

La última reflexión atañe al papel de los hablantes en la estandarización. Es complicado, pero el meollo de la cuestión está en ser consciente de que el estándar es una variedad más con unas funciones y unas características escogidas y prescriptivas. Esto implica que todos los hablantes tienen que (i) aprender la variedad estándar —sí, sí, estudiar sus características porque ninguna variedad es exactamente igual a la estándar—; (ii) aceptar que rasgos típicos de su propia variedad sean ignorados y que otros ajenos sean obligatorios —sí, sí, requiere un sacrifico por el bien común (recuerden mi cuaderno de euskera… la h- se volvió obligatoria en 1979 por razones filológicas y por su sonido aspirado en algunas variedades vascas)— y (iii) empatizar con el esfuerzo que supone cultivar las normas de la variedad estándar, para los hablantes nativos —que a veces suspenden los exámenes oficiales— y para aquellos que la escogen como segunda lengua —que a veces suenan ‘a libro’.

Así que, como en los cuentos, acabaré también diciendo… Colorín colorado este cuento se ha acabado o hala bazan edo ez bazan sar dadila kalabazan eta atera dadila herriko plazan, o cuento contato…, por a chaminera entalto ha volato! Ya veis… misma idea pero diferentes formas de llevarla a cabo… igual que la estandarización de las lenguas.

Este artículo de Iraide Ibarretxe es uno de los contenidos del número 13 de la publicación trimestral impresa Archiletras / Revista de Lengua y Letras.
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