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Rodrigo Verano

01 Oct 2020
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Firmas

¿Se puede resucitar una lengua muerta?

La última edición del Atlas de las lenguas del mundo en peligro, publicada por la UNESCO en 2010, recoge un total de dos mil quinientas lenguas amenazadas en todo el planeta, de las que unas trescientas pueden considerarse hoy extintas. Sea por la acción directa de políticas lingüísticas, sea por el progresivo abandono de las comunidades que se sirven de ellas, la muerte de una lengua, por desgracia, no constituye un fenómeno extraño en nuestros días. Lo que es completamente extraordinario, sin embargo, es asistir a la resurrección de una.

El milagro ha ocurrido pocas veces, pero ha ocurrido. Uno de los casos más claros es quizá el del hebreo moderno. A pesar de la vitalidad de que gozó durante más de un milenio, el hebreo entró en decadencia en la Antigüedad tardía y su empleo oral quedó restringido a fines fundamentalmente litúrgicos. Conservado durante siglos por las comunidades judías de todo el mundo como vehículo de la cultura escrita, se convirtió en una lengua de ámbito religioso, erudito y académico, no muy diferente al latín de época moderna. El artífice de su renacimiento, ya en el siglo XIX, fue Eliezer Ben-Yehuda, un joven lingüista judío oriundo de Europa del Este, llamado a convertirse en principal lexicógrafo y fundador del Comité de la Lengua Hebrea, germen de la actual Academia. Ben-Yehuda dedicó toda su vida a la revitalización del hebreo a través de sus publicaciones periodísticas y académicas, en las que defendía, entre otras cosas, el enriquecimiento del léxico heredado mediante la incorporación de nuevas voces necesarias para la vida en el mundo moderno, que podían tomarse, según su criterio, de lenguas hermanas y adaptarse conforme a las reglas gramaticales propias. Su proyecto tuvo la fortuna de encontrar un contexto sociopolítico favorable y hoy el hebreo es el idioma materno de millones de personas que se sirven de él tanto en el entorno familiar como en situaciones formales. Si alguna vez estuvo muerta —un dictamen que nunca debe emitirse a la ligera—, hoy es indiscutiblemente una lengua viva.

La cuestión de la resurrección lingüística ha venido recientemente a posarse sobre dos lenguas que dábamos por más que muertas y enterradas: el griego antiguo y el latín. De un tiempo a esta parte, ha proliferado para su aprendizaje el uso de los llamados métodos activos, que abogan por incorporar los planteamientos propios de la enseñanza de idiomas modernos y, en sintonía con ello, dan prioridad al cultivo de la comunicación oral. Grupos de estudiantes, profesores y aficionados en diversos países se reúnen para hablar en griego y en latín, celebran congresos, pronuncian conferencias y mantienen debates en cuyas intervenciones parecen revivir estas lenguas cuya acta de defunción fue levantada hace siglos. Y no se trata únicamente de iniciativas particulares o escuelas privadas: son cada vez más las instituciones que incluyen materias de esta orientación en sus currículos académicos, movidas en algunos casos por el deseo de fomentar o proteger unos programas —los de lenguas clásicas— que se encuentran en permanente peligro de extinción.

Ahora bien, la cuestión de la idoneidad de estas metodologías llega envuelta en polémica. Quienes se oponen más ferozmente a su entrada en las aulas arguyen que el objetivo a que son conducentes no coincide con el que, en principio, podría uno imaginar que tiene la persona que decide lanzarse al estudio de una lengua antigua. Efectivamente, el aprendizaje de idiomas modernos suele tener como meta el éxito de la comunicación interpersonal en sus variadas facetas, y para ello se emplean ejercicios diseñados para que el estudiante vaya adquiriendo competencias comunicativas con ayuda del contexto que lo rodea. Así, del vocabulario de los objetos que hay en el aula uno se va moviendo progresivamente hacia otras situaciones que forman parte de su cotidianeidad. El latín y el griego, sin embargo, son lenguas que se han aprendido, al menos mayoritariamente hasta los últimos tiempos, con un propósito filológico, como medio de acceso a los textos de la literatura clásica o como objeto de estudio en sí mismas. En este sentido, muchos docentes presuponen —quizá incorrectamente— que el objetivo último de sus alumnos y alumnas es leer un diálogo de Platón o un poema de Catulo en su versión original. Desde este punto de vista, resulta difícil
imaginar cómo la adquisición de un vocabulario formado por palabras tan cotidianas como sacapuntas, cepillo de dientes o bocata de atún va a ser de alguna utilidad para leer, por ejemplo, un discurso de Cicerón, aun aceptando que sea posible encontrar los equivalentes en griego o latín de estas palabras.

Así expresado, el argumento parece incontestable; sin embargo, una vez que el debate se vuelve hacia la forma en que se ha enseñado tradicionalmente y, en muchos casos, se sigue enseñando hoy latín y griego, el ejercicio de autocrítica es inevitable. Pues, es posible que hablar en latín no sea la forma más eficiente de prepararse para acceder a los textos de naturaleza literaria o filosófica que atesora esa lengua; pero, ¿acaso lo es el método de base puramente gramatical, centrado en el estudio aislado de paradigmas morfológicos que luego se pone en práctica en la traducción de oraciones inventadas y carentes de todo contexto, a menudo formuladas en una lengua de laboratorio tan artificial como la que se encuentra en algunos manuales de métodos activos? Por otro lado, ¿parece razonable que lo primero que tenga que traducir un adolescente que quiere aprender griego o latín sea cuántos legados envió César tal día de la Guerra de las Galias, o cuántas parasangas recorrieron Jenofonte y su compañía durante la Anábasis? Desde este punto de partida, desde luego, cabe preguntarse por qué estos nuevos planteamientos no van a beneficiar y fortalecer a una comunidad de aficionados y estudiantes que, en muchas ocasiones, ven extinguido su interés por los clásicos antes de haber alcanzado un mínimo nivel que les permita emprender su lectura.

El debate está abierto y es necesario encontrar una síntesis que sepa aprovechar lo mejor de las técnicas tradicionales e incorporar las aportaciones de la enseñanza de segundas lenguas que puedan ser de utilidad, siempre con la vista puesta en el objetivo que comparten ambas propuestas: que, sea manteniendo una conversación en la lengua de Homero o de Virgilio, sea leyendo en soledad una página de la Ilíada o la Eneida, el griego y el latín vuelvan por unos instantes a la vida.

 

Este artículo de Rodrigo Verano es uno de los contenidos del número 7 de la publicación trimestral impresa Archiletras / Revista de Lengua y Letras.
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