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Rodrigo Verano

06 May 2020
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Firmas

Palabras que cuentan mitos de la Antigüedad

Los mitos de la Antigüedad griega y latina están llenos de metamorfosis. La ninfa Dafne, perseguida por Apolo, terminó sus días convertida en un laurel; el príncipe Jacinto, a quien también cortejaba el mismo dios, fue transformado a su muerte en la flor que lleva su nombre; la joven Filomela quiso vengarse de su cuñado, que la había violado y le había cortado la lengua para evitar que lo acusara, sirviéndole la carne cocinada de su propio hijo: los dioses los castigaron a ambos, tornándola a ella en el pájaro ruiseñor y a su violador, en la abubilla. Muchos héroes y heroínas de los relatos míticos fueron elevados al cielo nocturno en forma de estrellas. Al matemático y astrónomo Eratóstenes de Cirene, que estuvo a cargo de la Biblioteca de Alejandría durante el siglo III a.n.e., se le atribuye la redacción de un pequeño libro llamado Katasterísmoi —que significa literalmente «hacia las estrellas»—, que cuenta las historias de los personajes que hay detrás de esas constelaciones celestes; y el poeta latino Ovidio, antes de ser desterrado por el emperador Augusto a orillas del mar Negro, compuso quince libros de Metamorfosis que inmortalizaron para la posteridad todos los cambios y mutaciones de dioses y seres humanos de que se tenía noticia hasta entonces.

Muchos personajes de la mitología grecolatina terminaron siendo ríos, animales, estrellas, árboles y plantas, pero la última de sus metamorfosis los ha convertido en palabras que hoy pueblan nuestra lengua. Son fundamentalmente adjetivos y sustantivos que a veces pasan desapercibidos entre el restante léxico patrimonial de origen helénico o latino que constituye la parte más gruesa del corpus de nuestros diccionarios, pero que en su seno guardan historias de héroes y dioses de tiempos remotos. Palabras que cuentan mitos y llevan inscrita en su etimología la memoria de las batallas ante las puertas de Troya, la silueta escarpada del monte Olimpo y el sonido de las aguas de la fuente Castalia.

Pocas veces recordamos, cuando visitamos un museo, que su nombre lleva impresa la huella de las nueve musas, esas divinidades arcaicas y agrestes, hijas de Zeus y de Mnemósine —la memoria—, que inspiran a los artistas y científicos en sus descubrimientos y creaciones y que siguen habitando en la música que oímos a diario. Muchas ciudades cuentan con un ateneo científico o literario que auspicia el intercambio crítico de ideas y el desarrollo intelectual: su denominación invoca la protección de Palas Atenea, diosa de la sabiduría y patrona de las artes y las ciencias. Cuando calificamos de hercúleo el esfuerzo que hemos puesto en un proyecto o una empresa, traemos de nuevo a la vida los doce trabajos que Hércules —Heracles, en la mitología griega— tuvo que llevar a cabo por orden de Euristeo: entre otros, luchar cuerpo a cuerpo contra el león de Nemea, matar a la Hidra de Lerna —una serpiente gigante de múltiples cabezas—, robar las manzanas de oro del Jardín de las Hespérides, o limpiar en un solo día la suciedad de los establos de Augías, en los que se amontonaba la boñiga del mayor rebaño de Grecia.
Llamamos afrodisíaco al efecto de una sustancia, ya sea de origen natural o síntesis química, que despierta y avigora los deseos sexuales sobre los que reina la poderosa Afrodita quien, a pesar de su matrimonio con Hefesto, nunca dejó de invitar a su lecho al apuesto Ares, dios de la guerra y los combates que, en su versión latina —Marte— ha dejado en nuestra lengua el calificativo marcial que aplicamos al paso firme de las tropas. El adjetivo apolíneo, como forma poética para indicar lo relativo o perteneciente al dios Apolo, figura ya en el Diccionario de Autoridades de la Real Academia de 1770, pero no ha sido hasta bien entrado el siglo XX, de la mano de la repercusión de la obra del pensador alemán Friedrich Nietzsche y su muy difundida antítesis filosófica entre lo apolíneo y lo dionisíaco, cuando el primero se ha hecho sinónimo de sereno, equilibrado y coherente, frente a los excesos e impulsos descontrolados que dominan la esfera semántica del dios del vino.

El cierre hermético de la tartera de plástico en la que llevamos la comida al trabajo nos remite al dios Hermes o, más bien, a Hermes Trismegisto, fusión sincrética de divinidades grecoegipcias a quien se atribuye, entre otros fantásticos hallazgos, la invención de la alquimia, disciplina que tiene por objeto la búsqueda de la piedra filosofal y que trajo de cabeza a innumerables científicos e intelectuales de la Edad Moderna cuyos textos, plagados de enigmáticas alegorías, resultan tan inaccesibles como un táper cerrado al vacío.

Es quizá cada vez menos habitual llamar adonis a un hombre extraordinariamente guapo, pero seguimos tachando de narcisista a quien, obnubilado por su egocentrismo, no tiene más que ojos para sí mismo, como aquel muchacho de cautivadora belleza que,
inmune a los requiebros de ninfas y efebos, acabó por enamorarse de su propia imagen reflejada en un río. Por él sufría de amor no correspondido la ninfa Eco, cuyo destino varía según las fuentes, pero que siempre termina condenada a repetir las últimas palabras que oye a su alrededor, y cuyo nombre se conserva intacto en el eco que nos devuelven, al gritar, los grandes salones vacíos y los campos abiertos.

Los peregrinos que caminan a Compostela lo hacen siguiendo la senda que marca en el cielo la Vía Láctea, nombre de origen latino cuya segunda parte —el adjetivo lácteo— comparte etimología con la palabra galaxia y remite en última instancia a la leche que salió del pecho de la diosa Hera cuando esta, al descubrir que el niño al que estaba amamantando era Heracles —a quien su marido había concebido en uno de sus muchos escarceos con una mortal—, apartó de su seno al recién nacido, que a su vez forcejeaba por no soltarse, manchando de un extremo a otro toda la bóveda celeste. Hubo de notarlo sobre sus espaldas Atlas, el titán condenado a cargar el peso de los cielos que ha dado nombre a los libros en que coleccionamos los mapas de las distintas regiones de un mundo que los antiguos imaginaban rodeado por todas partes de una inmensa corriente de agua que se personificaba en otro titán, Océano, de quien descienden, según la mitología, todas las ninfas del mar y las divinidades de los ríos.

El diccionario está lleno de palabras en las que resuenan las historias que una vez cantaron en sus versos los poetas Hesíodo y Homero y, al pronunciarlas, traemos de nuevo a la vida a los dioses y héroes de la Antigüedad que experimentan así en nuestro léxico su última transformación.

 

Este artículo de Rodrigo Verano es uno de los contenidos del número 6 de la publicación trimestral impresa Archiletras / Revista de Lengua y Letras.
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