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Concepción Maldonado

07 Feb 2022
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Firmas

Quien canta su mal espanta

Me paso el día cantando. Desde pequeña.

Canto en la ducha (¡Ay, aquel walkman impermeable que me trajeron «del extranjero» y que me permitió cada mañana acompañar a voces a mis entonces rumberos favoritos sin riesgo de electrocutamientos!).

Canto en la cocina, entre fogones, coplas trágicas de desamor, mientras lloro picando cebolla, o le doy al pisto manchego con la espumadera, o pruebo en mi cuchara de madera si las patatas riojanas están ya en su punto.

Canto a voz en grito, mientras conduzco, letras de cantautores que hoy pocos jóvenes conocen aunque marcaron a mi generación. (Aún recordamos en casa cómo un 1 de mayo, en Zaragoza, mi hijo el pequeño, con seis años, se unió sin darnos cuenta a la manifestación que llenaba las calles cantando a pleno pulmón el «Somos» de Labordeta, y cómo los líderes sindicales que portaban la pancarta le hicieron un hueco para que les acompañara en el recorrido hasta la lectura final del manifiesto al ver que también se sabía de pe a pa el «Canto a la libertad»).

Me paso el día cantando, sí.

Canto en el monte, camino de la cima. Y son entonces canciones de mis tiempos de escultismo, canciones que hablan del amor a la madre Tierra, y canciones marrones, de esas con las que tanto te ríes cuando has convivido con otros cinco de tu tamaño en una tienda de campaña en mitad del monte durante quince días.

Canto cuando intento no perder el control o noto que se me está provocando y no quiero entrar al trapo. En estos casos, tarareo melodías inventadas, más bien, porque no me importa tanto vocalizar como hacer creer al otro que no le estoy escuchando.
Y canto (y bailo) cuando estoy contenta; y canto (pero no bailo) cuando tengo pena dentro.

En ocasiones, incluso, me arranco a cantarles en clase a mis alumnos. Y es que algunas letras dan mucho juego para analizar errores normativos o para reflexionar sobre las posturas ideológicas que reflejan algunos usos lingüísticos.

¿Que quiero explicarles la razón de ser (su eficacia comunicativa) del laísmo pese a su incorrección gramatical? Allá que me lanzo con «El ramito de violetas» de Cecilia y el «¿Quién la escribía versos? Dime quién era».

¿Que lo que estamos viendo en clase son los conceptos de Coseriu de sistema, norma y habla? Pues allá que voy con «La fuerza del destino», de Mecano, y esa ese final que tanto nos duele a algunos cada vez que la oímos («Te dije: «Nena, dame un beso», y tú contestastes que no»).

¿Que hay que explicar la concordancia ad sensum, es decir, aquellos casos en que los hablantes anteponemos el sentido plural del enunciado a la morfología singular del mismo? Pues al rescate nos viene Miguel Ríos y su «Rock de la cárcel»: «Todo el mundo en la prisión se pusieron a bailar el rock».

Con «La chica yeyé» de Concha Velasco estudiamos el queísmo y la omisión de la preposición de con verbos que la rigen: «No te quieres enterar que te quiero de verdad».

Y, ya como ejemplo del acabose (y de lo poco que nos importa la gramática cuando cantamos), les medio canto Devuélveme la vida, balada en la que una frase tan mal construida como «Te pido perdón a sabiendas que no los concedas» no privó del éxito a su compositor.

Una vez entrenados en estas lides gramaticales, abordamos en clase también el análisis de la visión del mundo que transmiten en algunas canciones determinados usos lingüísticos.

No estamos hablando solo del revuelo que supondría hoy, en un programa musical para descubrir nuevos talentos, que alguna menor de edad eligiera cantar el «Tango de la Menegilda», de la zarzuela «La Gran Vía» (1886), pero créanme si, para ilustrarles lo mucho que evolucionamos como sociedad, les cuento que fue esa una de las dos canciones con las que, de niña, elegí debutar en un concierto familiar organizado para celebrar el cumpleaños de mi tía Rosita. Es más: después de cantarle a aquel público tan entregado mis cuitas sisando a mi señora y siendo cortejada por el señorito, me arranqué luego con el «Borrico, corre ligero» de «La linda tapada», copla en la que yo vivía con auténtico dolor del alma aquel drama en que el hombre que había matado por celos a su amada huía a lomos de su borrico sin acabar de entender a la sociedad que lo condenaba: «Me castigan por matarla, ¡ay de mí!».

Son muchas las coplas trágicas, llenas de amores machistas, de tópicos discriminatorios, de caricaturas sociales… De hecho, desconozco si nuestros abuelos caerían en la cuenta de que, en la voz de Juanito Valderrama, el enamorado emigrante se ponía tan estupendo en su declaración de amor que estaba dispuesto incluso a dejar desdentada a su enamorada: «Tengo que hacer un rosario, con tus dientes de marfil, para que pueda besarlo cuando esté lejos de ti»).

Hoy siguen siendo muchas también las canciones infantiles trasnochadas. Las cantábamos para saltar a la comba, jugar a la goma, o girar en corro y dando palmas, sin darnos cuenta de lo que cantábamos hasta que no hemos ido a cantarles a nuestras hijas, y se nos ha quedado la voz ahogada antes de llegar a salir: «Soy capitán de un barco inglés y en cada puerto tengo una mujer»; «Don Federico mató a su mujer, la hizo picadillo y la puso a remover»; «Al pasar la barca me dijo el barquero: “Las niñas bonitas no pagan dinero”»; «Lunes antes de almorzar, una niña fue a jugar, pero no pudo jugar, porque tenía que planchar».

Para estudiar cómo los gestos ayudan a desambiguar el texto, analizamos vídeos en los que era la picardía gestual de la cupletista la que convertía una letra inocente en una bomba tentadora e insinuante. Y de ahí saltamos sin transición a la movida y a Los Secretos, y analizamos la ¿ironía? que encierra una simple partícula discursiva en «La calle del olvido»: «Yo estaba dispuesto a todo para tenerte conmigo. Hasta hubiera trabajado, y te fuiste con mi amigo».

Así estoy todo el día: canta que te canta. Dos buenos amigos aún recuerdan con espanto un viaje en coche que hicimos juntos desde Madrid a Granada, en el que les demostré, porque no me creyeron cuando se lo dije, que podía ir cantando todo el camino sin repetir una sola canción.

Sin embargo, esas reflexiones que hago cada cuatrimestre en clase me obligan, me guste o no, a ir cambiando, que no reduciendo, mi
repertorio.

Voy cambiando de canciones, sí. ¿Por purismo gramatical? ¿Por conciencia ciudadana? ¿Por militancia en la eliminación de clichés y estereotipos? Mis hijos me dicen que «por pura desmemoria», como tantas otras cosas. Y yo me callo. Y tarareo alguna melodía inventada…

 

Este artículo de Concepción Maldonado es uno de los contenidos del número 12 de la publicación trimestral impresa Archiletras / Revista de Lengua y Letras.
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