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Concepción Maldonado

16 Mar 2022
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Firmas

De etiquetas y de ¿traumas?…

¡Pero cómo me gusta cantar, madre mía!

¿Que suena copla en la radio? Allá que voy. ¿Que son baladas? Toditas todas que me las sé. ¿Que llega mi nieta a casa y toca desempolvar el repertorio infantil? Pues vengan palmas, gestos, bailes y risas.

Así estoy todo el día: canta que te canta. Y eso que mis inicios en esto de los gorgoritos no fueron fáciles en absoluto…

Estaba yo en primero de parvulitos. Se acercaba la fiesta del colegio y la madre superiora (iba yo entonces a un colegio de monjas, solo para niñas) había pedido que las más pequeñas formásemos un coro para actuar cantando el himno a nuestro fundador. Fuimos todas convocadas en el salón de actos una mañana de sábado (en los años sesenta el fin de semana escolar no empezaba hasta el sábado a mediodía). La madre Cristina, sentada al piano, nos iba llamando una a una y nos pedía que entonásemos una canción de las de jugar al corro en el patio. Nos escuchaba con atención y, sin vacilación alguna, nos etiquetaba como rosas, claveles o azucenas. Las rosas eran niñas con voces armoniosas; liderarían el coro en posiciones estratégicas. Los claveles eran voces normalitas, del montón; vendrían muy bien para dar intensidad y fuerza a los cánticos. Las azucenas… Bueno, las azucenas éramos otro cantar (nunca mejor dicho): tendríamos que mover la boca y no emitir sonido alguno (playback se llamó luego a eso); ocuparíamos las últimas filas y el público no tendría por qué darse cuenta de nuestro papelón.

«Todo curte, hija. Yo tampoco llegué a figura del toreo», me dijo mi padre al enterarse.

«Nosotros te aplaudiremos igual, hija», afirmó mi madre.

«Tú canta si quieres, hija, que no hay niño que cante mal», me animó al oído mi abuela.

Y llegó el día del concierto. Y me recuerdo igual de nerviosa que las rosas y los claveles. Lo di todo en el escenario. Abrí y cerré la boca como un pez boqueando sin oxígeno. Acabé exhausta y feliz.

Y aquí sigo, canta que te canta, aunque mi falta de oído se haya ido acentuando con el tiempo.

También me gusta hacer ejercicio (que el deporte, a mis años, resulta casi siempre de riesgo).

Le he dado al footing (hoy running) y, en mi caso, más trote cochinero en carreras populares sobre el asfalto que altas competiciones de fondo sobre el tartán.

No he sido mala en ciclismo. He rodado miles de kilómetros en la misma bicicleta que en 1994 me regalaron mis amigos cuando me casé y me preguntaron que si prefería un juego de maletas o una vajilla, y me pidieron que les contestara con confianza y de verdad.

También he subido y bajado montes de altura considerable haciendo lo que entonces se llamaba andar por el campo y hoy se llama hacer trekking o practicar senderismo.

Y, de niña, y hasta acabar la universidad, fui vocacional jugadora de baloncesto. En casa era actividad obligatoria practicar un deporte de equipo.

«Para aprender a ganar y a perder en grupo», decía mi padre.

«Para ampliar el grupo de amigos», argumentaba mi madre.

«Para llegar cansados por la noche y dormir bien», decía mi abuela.

Mi colegio participaba en dos ligas: la de las buenas y la de las malas. Yo jugaba en el equipo de las malas. Y cada sábado por la mañana lo de menos era el partido que solíamos perder; lo divertido eran las horas de entrenamientos y de competición. Pues bien, en el equipo de las buenas, en cierta ocasión, se necesitaron más fichas, y la entrenadora, solemne y ceremoniosa, nos dio la gran noticia: a algunas de las malas se nos convocaba en el equipo de las buenas para acudir al campeonato nacional que se celebraría en Salamanca.

«Tienes que salir a ganar, pero sabiendo perder», me dijo mi padre.

«Sé buena y pásalo muy bien», me dijo mi madre.

«¡Abrígate bien, hija, que en esa zona hace mucho frío!», me dijo mi abuela, que había vivido allí.

Y llegó el campeonato nacional. Y me recuerdo igual de nerviosa que mis compañeras con el viaje en autobús, y con el hotel, y con los partidos ganados hasta llegar a la final… No jugué un solo minuto. Fui la eterna suplente. Pero sudé como la que más en los entrenamientos y en los calentamientos. Y lloré al recibir la plata por lo mal que sabe siempre ese segundo puesto. Y lloré otra vez, pero de alegría, al pasar el trago y darnos cuenta de que habíamos quedado las segundas mejores de toda España.

Y aquí sigo, corre que te corre (realmente, más anda que te anda), aunque ninguna competición me espere ya como participante. Como público, sí, que muchos años más tarde fui madre, y mis hijos compitieron en fútbol, baloncesto y vóley. Fue entonces cuando viví como una perversión el hecho de que en equipos federados (y no en escuelas deportivas de iniciación, ojo) todos tengan que jugar la misma cantidad de minutos porque, si no, los padres se enfadan con el entrenador por haber dejado a sus hijos en el banquillo.

Y llegamos al meollo del asunto.

Ser azucena es un eufemismo que equivale a «cantas tan mal que es mejor no oírte». Y eso hasta un parvulito de cuatro años lo entiende. El hecho objetivo es la prohibición de cantar, por el bien del grupo. La percepción subjetiva de la que esto suscribe fue la catalogación en grupos bien diferenciados, cada uno con un papel diferente, pero todos constituyentes del coro.

Ser suplente es ser oficialmente peor jugador que otros. Ese es el dato objetivo. La percepción subjetiva de quien esto escribe fue saberse parte del equipo. Y saber que es importante que el titular vea lleno el banquillo para que pueda jugar sin la presión extra de no tener sustituto en caso de lesión, o de cansancio, o de llegar a las temidas cinco faltas personales.

Las etiquetas con que nos catalogan o nos catalogamos desde pequeños pueden convertirse en autoprofecías cumplidas (el efecto Pigmalión llaman a eso en psicología). Es bueno y digno de elogio acabar con ellas. Es educativo y fomenta la autoestima. Un niño no debería oírnos decirle que «es un desastre», aunque todos, niños y adultos, «a veces actuamos de forma desastrosa».

Sin embargo, creo que hay datos objetivos que no debemos ocultar. La realidad es, independientemente de cómo la nombremos. Ni mi voz es la de Whitney Houston, ni los hermanos Gasol me tuvieron nunca como un referente en sus vidas. Negar esto sería negar la mayor. Pero si alguien me describiera, creo que de forma unánime dirían que me paso el día cantando y que de jovencilla me apasionó jugar al baloncesto. Y eso, como todo lo que nos toca vivir, me conformó como la persona que ahora soy.

¿Por qué, entonces, en esta sociedad actual, nos cuesta cada día más admitir que no ser el mejor en algo no significa no ser nada en absoluto?

 

Este artículo de Concepción Maldonado es uno de los contenidos del número 13 de la publicación trimestral impresa Archiletras / Revista de Lengua y Letras.
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