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Concepción Maldonado

19 Oct 2021
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Es como cuando comes helado…

Hoy tengo una pena gorda. Tengo ganas de llorar.

No es como cuando comes helado y ves que se está acabando. O sí… No lo sé.

¡Me encantan los helados! ¡Los que más, los de chocolate con cucurucho! Cuando te lo dan en la tienda, lo coges con mucho cuidado para que no se te caiga la bola al suelo (a mi hermano pequeño todavía se le cae a veces). Y empiezas a rechupetear despacito. Y entre lametón y lametón, vas mordisqueando el cucurucho por los bordes, y empujas la bola hacia adentro con la lengua. Mamá dice que no importa si me mancho, pero yo creo que sí que le importa, porque si no, ¿por qué siempre que vamos a la heladería lleva un babero para mí en el bolso? Pero a mí me da igual, y mi amigo el heladero me hace bromas con los dibujos del babero, y siempre me dice que para mí tenían que inventar un babero con manga larga para que los ríos de chocolate no me bajen de la mano hasta el codo. El momento que más me gusta es cuando ya queda muy poquito barquillo y entonces yo subo la mano y, con el cuello muy estirado, muerdo el cucurucho por la puntita, sin volcarlo, y sorbo por ahí el chocolate que queda dentro. Es el momento que más me gusta, pero también es el momento que más pena me da, porque el helado ya se termina.

Pues así estoy yo ahora, toda llena de churretes, pero ya sin nada de helado.

Se lo conté a la abuelita antes de que todo pasase. Le dije que me gustaba mucho ir a verla y a estar con ella todas las tardes, y darle el yogur en la cama, con su babero y todo, como hacía ella conmigo cuando yo era pequeña. Y que me gustaba leerle cuentos antes de dormir, sobre todo, los que me leía ella a mí por la noche en la casa del pueblo, en verano. Y que esperaba limpiarle bien los mocos, sin apretar y sin hacerle daño, diciéndole «Sopla», como me enseñó ella a mí cuando yo estaba constipada. Y que también me gustaba estar las dos calladitas, de la mano, cuando le dolían tanto los huesos que no podía salir de la cama y sentarse en el sillón con cojines de flores de al lado de la ventana. Pero también le dije que, aunque todo eso me gustaba mucho, cada vez tenía una pena más gorda por dentro, porque todo era como si, al morder la puntita del cucurucho, yo ya supiese lo que iba a pasar.

La abuelita me miró, y suspiró, y me lanzó su sonrisa de pillina (es la sonrisa que mamá y las tías siempre dicen que yo he heredado de ella). «¡Qué bien lo cuentas todo!» me dijo. «Ningún sabio en el mundo habría explicado mejor que tú lo que sentimos cuando nos despedimos de la gente que queremos».

Y yo no sabía si reír o llorar. Quería reír, gorda como un pavo, porque mi abuela, que había sido maestra, me acababa de decir que yo era más lista que todos los sabios del mundo. Pero mis ojos querían llorar, porque mi abuelita, que además de maestra, era la persona que más nos había enseñado siempre a decir la verdad, me estaba diciendo que sí, que ni la vida ni los helados de chocolate duran para siempre.

Y entonces me propuso jugar a un juego nuevo. La abuelita y yo estábamos todo el día inventándonos juegos y concursos. Y yo ganaba muchas veces, pero no siempre, porque ella me decía que los niños somos pequeños pero no tontos, y que, si se nos deja ganar, nos damos cuenta; y que si eso me pasaba a mí alguna vez con un mayor, que se lo dijese y que le explicase que saber jugar es saber ganar y saber perder. ¡Ay, abuelita, qué vergüenza me da contarte esto!, pero yo en eso no te hacía caso siempre, porque el abuelo me dejaba ganar al parchís y hacía como que no se daba cuenta de que su ficha verde me podía comer la mía azul, y yo también hacía como que no me había dado cuenta, y así me ganaba yo la monedita que los domingos ponía de premio en el centro del tablero.

Bueno, pues eso, que la abuelita me propuso jugar al juego del Planeta Absurdano, y me explicó las reglas. «Estamos en el Planeta Absurdano», me dijo, «y sus habitantes son los absurdenenses». «Son gente buena y honrada, pero aburrida y tremendamente triste, porque no les gusta que las cosas buenas se acaben y han decidido no empezar ninguna. Pierde el juego el que no sepa ir añadiendo cosas a la lista de cosas divertidas y buenas que en ese planeta no se hacen. Por ejemplo: No toman helados de cucurucho porque no les gusta que se les acaben.»

Y así empezamos las dos, por turno, a añadir cosas a la lista:

«No se meten en la piscina cuando hace calor porque luego no les gusta tiritar en la toalla al salir».

«No celebran su cumpleaños con velas en la tarta porque luego tienen que limpiar el bizcocho que queda pegado en el pirulí de plástico en que se colocan las velas».

«No juegan a hacer barro porque luego hay que restregarse bien las uñas para que no queden negras por dentro».

«No aprenden a montar en bici porque no les gusta caerse y hacerse costras en las rodillas».

«No trepan a los pinos altos porque luego hay que limpiarse la resina de las manos».

«No van de excursión al río, porque la vuelta a casa es cuesta arriba».

«No juegan a las construcciones, ni a las comiditas, ni a las chapas, porque luego hay que recoger todo lo que han sacado».

Y así estuvimos las dos, venga a reír y reír, de tanto pensar y de tanto imaginar lo bobos que eran los absurdenenses. Hasta que mi abuela fue y perdió aposta, porque de pronto me dijo:

«María, cariño, prométeme que nunca serás como ellos. La vida es bonita, pero siempre se acaba. Imagínate lo que nos hubiésemos perdido las dos si hubiésemos nacido en el planeta Absurdano…».

Y entonces lo entendí. Y ya se acabó el juego. Y no hubo premio. O sí, porque la abuelita y yo nos dimos un abrazo largo largo largo.

Todo esto pasó hace tres semanas. Ahora mamá y yo venimos todos los días a ver al abuelo. Hoy no ha querido jugar al parchís. Y a él no hay que darle la comida, ni leerle cuentos, ni ayudarle a limpiarse los mocos, aunque yo sí he tenido que darle mi pañuelo para que se sonara y se limpiara los ojos cuando le he propuesto jugar al juego de los absurdenenses, y él no sabía cómo se jugaba, y entonces yo se lo he explicado y le he contado lo del helado de chocolate y la pena que tengo dentro desde que la abuelita se puso mala…

«María, hija», me ha dicho el abuelo al devolverme el pañuelo, «¿te apetece que vayamos los dos a tomarnos un helado de chocolate y a llenarnos de churretes?».

Le he dicho que sí, claro. Y nos hemos ido los dos, muy juntos, cogiditos de la mano y apretándonos muy fuerte.

 

Este artículo de Concepción Maldonado es uno de los contenidos del número 11 de la publicación trimestral impresa Archiletras / Revista de Lengua y Letras.
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