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Óscar Esquivias

04 Dic 2018
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Firmas

Queridos y temidos diminutivos

Una de las primeras obras del artista barroco Mateo Cerezo es Las lágrimas de san Pedro, pintada en Burgos de niño o mocito e inspirada en un grabado de José Ribera. La firmó como Matheito Zereço, quizá para diferenciarse de su padre (también pintor y también llamado Mateo), o quizá simplemente porque en su casa todos le llamaban así, Mateíto, y quién sabe si ese apelativo cariñoso no se lo siguieron aplicando toda su vida (su corta vida, porque murió con veintinueve añitos). Cuando empleo este «añitos», al igual que cuando antes he escrito «mocito», estoy añadiendo una carga afectiva al diminutivo. Esto lo percibimos inmediatamente todos los hablantes nativos del español, pero para quien aprende el idioma de adulto quizá no sea tan evidente, y esa es una de las dificultades (y de los encantos) de nuestro idioma.

Borges ya ponderó la capacidad de ciertos diminutivos para conmovernos, y explicó que frases como «estaba sentadita» o «estaba solita» difícilmente encuentran equivalencia en inglés, francés o alemán. Recuerdo también cuando mi madre, siendo yo pequeño, no sé si por estar enferma o por tener que cuidar de mi hermana recién nacida, me dijo: «Vete andandito al colegio, ya sabes el camino». Ese «andandito» me parece hoy cargado de un cariño del que quizá entonces no me percaté. Cuando lo rememoro, evoco mejor mis pasitos infantiles gracias, precisamente, al «andandito»; también me hace pensar en el desamparo que, quizá, sentía mi madre. ¡Qué capacidad esta del diminutivo para teñir de encanto hasta los verbos! Así sucede, por ejemplo, en la seguiriya del cantaor Silverio Franconetti, que dice:

Yo he andaíto la Francia,
Sevilla y Portugal,
y una carita
como tú la tienes,
no he podido encontrar.

Luego hay diminutivos camuflados, como la palabra «soneto», que procede de «son» y, aunque nunca reparemos en ello, significa algo así como «cancioncilla». Los mejores sonetos son tan musicales que dan ganas de cantarlos, como la seguiriya de Silverio (los peores, por el contrario, son el epítome de lo acartonado).

Pero los diminutivos, y esto lo sabemos bien todos los hispanohablantes, también pueden ser muy despectivos, y lejos de atenuar el significado de la palabra, acentúan lo que pueda tener de negativo. A veces, resulta mucho más ofensivo que te llamen «tontito» que si te dicen «tonto», igual que es mucho peor «cortito» que «corto» (de entendederas), porque el diminutivo añade una suerte de condescendencia burlona y altanera. En otros casos, con el diminutivo reducimos la calidad o el aprecio de aquello a lo que aludimos. «¡Vaya peliculita!», exclamamos cuando salimos de ver una que nos ha desagradado.

Esta ambivalencia da lugar a malentendidos. Hace tiempo, en un artículo sobre bonsáis, se me ocurrió llamarlos «arbolitos». Descubrí entonces que los cultivadores de bonsáis aborrecen tal palabra y, cuando la leen o escuchan, piensan que hay una intención despectiva en ella. ¡Ay! ¿Cómo hacerles comprender que, para mí, «arbolito» evoca mejor la belleza y la delicadeza de estas plantas que «bonsái»?

Pero así de poderosos son los diminutivos, transmisores sutiles del amor y del desprecio, que a veces exigen un oído fino para desentrañar su verdadera intención y su profunda poesía.

 

Este artículo de Óscar Esquivias es uno de los contenidos del número 1 de la publicación trimestral impresa Archiletras / Revista de Lengua y Letras, disponible en quioscos y librerías.
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