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Concepción Maldonado

11 Oct 2019
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Firmas

Que si patatín, que si patatán…

Nos pasamos la vida contando lo que otros nos contaron o lo que nosotros mismos dijimos: «Dice mamá que vayas», «El profe nos recordó que el lunes hay examen», «Que te he dicho que no», «Los del tercero le han dicho a la del quinto que el del segundo se va», «El Gobierno anunció nuevas medidas fiscales», «Los sindicatos convocan a la huelga», etc.

De hecho, nos pasamos la vida contando, y con todo tipo de detalle, incluso, lo que nunca dijimos ni nos dijeron (aunque a veces nos hubiera gustado decir o que nos dijeran…): «Soñé que me llamaban por teléfono: Es usted el afortunado ganador del bote multimillonario de la Bonoloto»; «Si Indiana Jones me hubiera conocido, me hubiera dicho que yo era la mujer de su vida».

Hablamos, hablamos y hablamos. Y al hablar construimos un mundo, el nuestro, con palabras que filtran, que nos filtran; construimos una realidad que los demás van a percibir según nosotros se la contemos. Ante un «María, hija, ¿te importaría quitar de ahí las botas llenas de barro?», por la tarde nuestra hija adolescente les contará a sus amigos que su madre es una plasta con el orden… Ante un «No lo repetiré más: No podrán ustedes aprobar si no escriben con corrección», cuántos estudiantes, al salir de clase, cuentan que su profesor es un hueso con las faltas de ortografía.

Hablamos, y hablamos, y hablamos…  Contamos que nuestro hijo no quiere ir al cole y quizá esa es nuestra forma de resumir que Pepe, el de cuatro años, de lunes a viernes, al levantarse dice que le duele la tripa. Nos lamentamos de lo pesado que está el abuelo con sus achaques, y quizá lo único que nos ha dicho el pobrecico es que tiene cita por la tarde en el centro de salud.

Y nos hablan, y nos hablan, y nos hablan… Nos dicen: «Ven tú, por favor». Y podemos contar que nuestra tía Luisa nos pidió compañía o que la muy egoísta siempre quiere que vayamos nosotros a su casa, en lugar de venir ella a la nuestra.

Contar lo que otros nos dicen obliga siempre a elegir, a optar, a adoptar un punto de vista determinado, que puede o no coincidir con el del hablante cuyas palabras reproducimos. Fuera de contexto, es difícil poder objetivar si un «Mami, por favor, te lo pido» debemos narrarlo como el intento de negociación de un adolescente o como una exclamación de vergüenza ajena por lo que se considera un intento de hacernos los graciosos delante de sus amigos. Sabemos también reconocer la crítica y el sarcasmo que encierra el verbo ponerse para introducir palabras que alguien dijo y que, por arte y gracia del verbo escogido, quedan convertidas en un remedo burlón («Se puso: No pienso ir» es un relato que nada tiene que ver con «Dijo: No pienso ir» o con un sencillo «Se negó a ir»).

Hablamos y nos hablan. Nos hablan y hablamos. Y todos reconocemos el valor solo cuantitativo de un «Que si tal y tal y tal» para resumir horas de discusión, del mismo modo que todos sabemos reconocer el desprecio hacia palabras ajenas que supone resumirlas con un simple «Bla-bla-bla». Percibimos la indiferencia por lo que dijimos cuando toda una tarde de conversación queda resumida en un «Que si tal y que si cual»; y captamos la falta de interés de un «Que si esto y que si lo otro».

En fin, que en esta vida cotidiana nuestra, hablamos y hablamos y hablamos. Y que muy mal lo habremos hecho en estas líneas si todo este discurso nuestro quedara resumido en un «Que si patatín, que si patatán»…

 

Este artículo de Concepción Maldonado es uno de los contenidos del número 4 de la publicación trimestral impresa Archiletras / Revista de Lengua y Letras.
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