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Rafael del Moral

14 May 2019
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Perfil del español frente a las lenguas del mundo

De dónde procede el castellano? ¿Quiénes son sus progenitores y sus parientes? ¿Qué edad parece tener y cuál es su esperanza de vida? ¿Se siente sano? ¿Cuántas novias le han salido? ¿Cuál es su pedigrí y cuáles son las posibilidades de procreación, descendencia y herencia?

Llegó a la península el padre de la criatura en boca de legionarios romanos que hablaban latín coloquial y coqueteaban con las lugareñas: Tía, estoy por ti. Pequeña, me molas. Y alumbraron descendientes íberolatinos y celtalatinos. Los romanos construyeron carreteras, fundaron ciudades, escuelas y centros de ocio, y la lengua imperial eclipsó a las otras, y corrió la misma suerte que el inglés en nuestros días. El cambio de lengua lo propagó una tendencia natural. ¿Se adherían los hablantes a la prosperidad romana al mismo tiempo que abandonaban la de sus abuelos?

Las lenguas nacen por división, como las células. La que se multiplicaba en el nacimiento de la nuestra era el latín. Fue un parto múltiple. Nacieron, junto al castellano, el aragonés y el catalán, y el asturleonés y el gallego. A la evolución del latín hablado en territorios ocupados por los árabes se le llamó mozárabe.

Se dice, y no sin razón, que la novia del romance castellano fue el vasco. Por entonces estas cosas de la paternidad en lengua tan coqueta y frívola como la de los soldados imperiales eran poco consideradas.

De los ascendentes sabemos poco, pero nadie pone en duda la presencia de un antepasado de abolengo que, faltos de testimonios, llamamos convencionalmente indoeuropeo. Este ilustre bisabuelo desplegó un amplísimo linaje repartido en familias: románicas, celtas, germánicas, eslavas, bálticas, iranias, indo-arias… Y algunas más como la desaparecida anatolia, o la iliria, de la que solo queda una lengua huérfana, el albanés.

Así que nacía el castellano nieto del indoeuropeo, hijo del latín en boca de hablantes de vasco, hermano del gallego y del catalán, pero también del italiano, del romanche, del siciliano; primo hermano del inglés y del sueco, del ruso y el letón, del hindi y el nepalí, y también de la más oriental del dominio, el bengalí.

Nuestra gran familia se alza como la más influyente y extendida por el mundo. Casi la mitad de esta rica variedad oral contribuye a su grandeza más que a su fragmentación. El planeta hereda una lengua indoeuropea y la otra mitad tiene que acercarse en mayor o menor grado al inglés, al francés, al alemán, al ruso o al hindi, todas ellas de la gran familia.

Las edades de las lenguas

Las lenguas carecen de acta de nacimiento, por eso coquetean con la edad. Al griego se le atribuyen treinta siglos, a pesar de que estaba tan viejecito a mitad del XX que se sometió a una cirugía estética. Parecida edad ostenta el chino, bien conservado en la escritura y fragmentado en el uso oral. Y un caso especial encontramos en el hebreo, lengua bíblica que mereció el privilegio de resucitar para ponerse al servicio del estado de Israel. El hebreo es también, contada su hibernación, una de esas lenguas centenarias.

Los primeros años del romance de Castilla fueron decisivos: protección frente a las enfermedades, capacidad expansiva, abanderamiento político… Las vecinas lenguas de León y de Aragón quedaron deslucidas en su evolución porque la suerte de sus territorios pronto estuvo ligada a la de Castilla. Mejor fortuna corrió el catalán, pero sus hablantes, estimulados por el acomodo social, se adueñaron del castellano. Este acercamiento ventajoso fue imitado por los gallegos, y en menor medida por los portugueses, si bien algunos de ellos eligieron el castellano como lengua literaria.

Al español podríamos atribuirle unos treinta y cinco años si fuera hombre, unos diez siglos en su condición de lengua, una edad lozana. Damos por buena su gestación desde que conocemos los primeros textos escritos en las Glosas Silenses y Emilianenses.

Español para ambilingües

La mayoría de los hablantes del mundo se encuentran abocados al ambilingüismo, es decir, al uso de una segunda lengua con tanta habilidad como la familiar o heredada. Es el inglés la más y mejor instalada como complemento, pero también el francés, el ruso, el hindi y algunas más, no muchas.

El español sirve de lengua de comunicación añadida a españoles que tienen al valenciano, gallego o vasco como lengua materna o familiar. En América es lengua de desarrollo cultural de unos cinco millones de peruanos y ecuatorianos que heredan el quechua en alguna de sus variedades. En México es lengua propia de casi dos millones de usuarios de náhuatl, un millón de locutores de yucateco, medio millón de zapoteco, otro medio millón de mixteco, unos cuatrocientos mil de otomí, trescientos noventa mil de celdala y cientos de miles de otras lenguas mexicanas. Es también lengua tan principal como la propia para un millón de guatemaltecos que tienen al quiché como materna, y otro millón de cachiquel, y menos usuarios se atribuyen a otras lenguas de la familia maya, también en Guatemala, como el cachí o el mamé. El aimara es lengua de Bolivia y Perú, y cuenta con novecientos veinte mil hablantes; el guaraní está en boca de más de dos millones de paraguayos; y el araucano o mapuche de casi un millón y medio de chilenos. Todas estas lenguas, y algunas más que he silenciado para no cansar, están en contacto con el español, beben continuamente de su léxico, de sus formas, de los esquemas sintácticos y de su entonación.

Aunque las lenguas del mundo se cuenten por miles, la humanidad solo se interesa por unas pocas. La mayoría malviven en peligro aquejadas de una grave enfermedad: el ambilingüismo, la necesidad de utilizar dos lenguas para completar las necesidades comunicativas. Desciende así el número de hablantes y una generación tras otra las lenguas minorizadas se acercan al ocaso.

La desaparición de las lenguas

La muerte de una lengua se produce con la muerte de sus hablantes. El dálmata, lengua de la familia románica, o el manés, de la familia celta, se extinguieron a finales del siglo XIX con la muerte de quienes aún las usaban. Tenemos el acta de defunción, pero ignoramos la de muchas lenguas que se fueron sin llegar a escribirse o se escribieron poco, casi nada, que es el caso de los miles de lenguas ágrafas actuales. No muchas más de doscientas disponen de sistemas normalizados que se apoyan en ideogramas como el chino, en silabarios como el japonés o el etíope, o en alfabetos más o menos capaces de reflejar las características orales mediante signos convencionales visibles. Y las lenguas que han desarrollado y mantenido un amplio corpus literario traducido solo podrían contarse por decenas, si somos generosos, aunque todos los hablantes del mundo desarrollen una dimensión poética en su expresión oral cotidiana.

El español goza de buena salud, y no tiene indicio de enfermedad. Las peculiaridades léxicas de América no son mayores que las que también se producen desde Asturias a las Islas Canarias, pasando por Extremadura y Andalucía. Esta rica variedad oral contribuye a su grandeza más que a su fragmentación. Coincide la sintaxis, la morfología, el léxico más frecuente, y también la norma ortográfica. Las posibilidades de fragmentación, que es como mueren las lenguas, son escasas si las comparamos con la expansión y generalización de sus usos, con la solidez de sus estructuras, con la tradición literaria, con la amplitud y variedad de publicaciones y con el afecto que hacia ella muestran los estudiantes que no la heredaron. Su presencia en el mundo es indiscutible. Nada deja suponer que no llegue a glosar la lista de esas pocas lenguas de la humanidad que consiguen cumplir los treinta siglos.

Vivimos los prolegómenos de una gran unificación de las lenguas del mundo y la desaparición (¡qué pena!) de las menos útiles, y eso a pesar de que todas ellas podrían mostrarse tan ventajosas como las mayores. Esa es la tendencia de la humanidad, la unificación. Los cambios se van produciendo cuando los hablantes interesados añaden otro código al familiar, del que también se apropian, y dan paso a generaciones ambilingües que tienden a quedarse con la que más y mejor ha de facilitar sus intereses. Así sucede entre los jóvenes vascófonos y catalanófonos de las regiones francesas de los Pirineos Atlánticos y del Rosellón que, poco atraídos por la lengua de sus antepasados, se adhieren por cauces naturales a la lengua común, el francés, que es la que más y mejor facilita el acceso y ascenso social.

En numerosas regiones del mundo se impone el uso habitual de dos lenguas propias o ambilingüismo. En otras, en casi todas, salvo en los territorios monolingües del inglés, español, francés y algunos más, se requiere en mayor o menor grado el bilingüismo. En ese laberinto que exige asociar al individuo con dos o más idiomas, los grandes códigos de comunicación, las lenguas universalmente generalizadas, son muy pocas. Y las lenguas vehiculares colocadas entre los instrumentos de comunicación más accesibles porque superan los cuatrocientos millones de hablantes no son más de cuatro, según contemos. Dos de ellas, el chino mandarín y el hindi, viajan sin amigos, languidecen cuando se desplazan en boca de sus hablantes. Las otras dos, el inglés y el español, se alzan como las mayores lenguas puestas nunca al servicio de una humanidad que ha hecho de la comunicación el tesoro más preciado de sus intereses.

 

Este artículo de Rafael del Morlal, sociolingüista y lexicógrafo, es uno de los contenidos del número 3 de la publicación trimestral impresa Archiletras / Revista de Lengua y Letras, disponible en quioscos y librerías.
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Próxima entrega:

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