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Francisco M. Carriscondo

14 Ene 2020
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Patologías al servicio de una obra

Por conflictos con la distribuidora, aún no se ha estrenado en España Entre la razón y la locura (2019), película dirigida por Farhad Safinia y protagonizada por Mel Gibson y Sean Penn donde se recrea la relación entre William C. Minor y James A.H. Murray. La historia, verídica, es relatada a su vez por Simon Winchester en una novela documental traducida como El profesor y el loco (1999).

Con el deseo de recuperarse de su incipiente insania, el oficial y médico estadounidense Minor decide disfrutar en 1871 de una estancia en Europa, por lo que embarca en Boston rumbo a Londres. Pero allí, lejos de alcanzar aquel anhelo, sucede lo contrario: víctima de sus monomanías persecutorias, asesina a balazos al humilde fogonero George Merrett. La justicia inglesa lo condena a permanecer recluido de por vida en el Asilo para Criminales Lunáticos de Broadmoor, en el pueblo de Crowthorne, cercano a la capital británica. Durante la larga reclusión en Broadmoor, se suceden los momentos de demencia con los de cordura. Su buena posición económica y su sólida formación cultural permiten a Minor crear una magnífica biblioteca en una de las dos celdas que le habían asignado. A sus manos llega una de las circulares mediante las que el profesor escocés James A.H. Murray hace público llamamiento para que los ciudadanos colaborasen desinteresadamente en el Oxford English Dictionary (1888-1928). La ayuda ha de consistir en la lectura y el despojo de palabras y citas de autores de toda la historia literaria inglesa. Minor se entusiasma y se ofrece como partícipe. El sello peculiar de su colaboración, dados la rareza de las obras que maneja y su método de entrega de los datos (aquellos que Murray necesitaba en ese preciso momento), hacen de ella una colaboración especialmente significativa: hasta diez mil fichas de las enviadas por Minor al taller de Murray son aprovechadas. El trabajo es recompensado con una nota de agradecimiento en el prefacio del primer volumen, así como con elogios a sus incansables esfuerzos.

Las recaídas de Minor, unidas a su vejez, lo desvinculan del diccionario a comienzos del siglo XX. En 1910 abandona el asilo británico para volver a Estados Unidos y pasar allí sus últimos días. Murray distingue a Minor como uno de sus mejores colaboradores, pero también como un amigo al que visita frecuentemente. A ambos les une un inusitado amor por las palabras. Desafortunadamente, ni uno ni otro ven la obra acabada.

El Oxford English Dictionary (1888-1928) es considerado un monumento de la lengua inglesa. Su parangón en nuestra lengua es el conocido como Diccionario de autoridades (1726-39), redactado por los fundadores de la Real Academia Española. Sea en el idioma que sea, las personas que elaboran diccionarios sufren, durante años y años, la reclusión forzada o forzosa, la dedicación exclusiva (como si de una devoción religiosa se tratase), la desesperación ante una cantidad ingente de datos, la atención detectivesca, el humano incumplimiento de los plazos previstos… No es de extrañar que, por estas razones, haya quien piense que el lexicógrafo está afectado por alguna patología, física o mental. Las dolencias reales han llevado a la muerte a quienes las han sufrido, agravadas por el excesivo trabajo. Son estos aspectos inherentes a toda elaboración lexicográfica, pero también materia literaria o fílmica, como ha demostrado el mundo cultural anglosajón, que por desgracia ha merecido poca atención en el ámbito hispánico. Quizás la excepción más honrosa sea El diccionario (2013), pieza teatral de Manuel Calzada Pérez basada en la figura de María Moliner y su Diccionario de uso del español (1966-67). Pero hay más ejemplos de relaciones dramáticas entre vidas y diccionarios que podrían servir de argumento para producciones nacionales. La enfermedad, aparte de ser secuela, no es óbice para abandonar la obra. Todo lo contrario: es un acicate para continuar con ella a un ritmo mayor si cabe, antes de que lleguen las fatales consecuencias. Así lo entendió, por ejemplo, Joan Coromines (aquejado de varias enfermedades, entre ellas una encorvadura progresiva y unas hemorroides por culpa de las largas sesiones de trabajo sentado) para la elaboración de su Onomasticon Cataloniæ (1989-97). Inficiones como la adicción al trabajo (workaholism en inglés y en español ergomanía) es la que parece padecer Manuel Seco cuando afirma su incapacidad de leer un libro o un periódico sin tomar notas, a pesar de haber acabado su Diccionario del español actual (1999). E incluso durante su elaboración en ningún momento dejó de pensar en él. Y podríamos poner más ejemplos: Rufino José Cuervo, Luis Fernando Lara, Esteban de Terreros, Vincencio Squarzafigo… Decisión arriesgada, pero… ¿quién de nuestros directores de cine se atreve a ponerle el cascabel de su arte al gato de este extraño oficio que es el de lexicógrafo?

 

Este artículo de Francisco M. Carriscondo es uno de los contenidos del número 5 de la publicación trimestral impresa Archiletras / Revista de Lengua y Letras.
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