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Francisco M. Carriscondo

26 May 2021
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Firmas

La noble afición de atesorar palabras en cajas de zapatos

Recuerdo las zapaterías de antaño. Entrábamos en ellas y no veíamos zapatos sino enormes pilas de cajas blancas, perfectamente ordenadas, unas sobre otras. El dependiente sabía dónde estaba el modelo, con su color y número precisos. Y sin titubear a por él iba, al embalaje reclamado. Lo extraía con firmeza, con la tracción justa, no fuera que se desestabilizara el cúmulo. Retiraba la goma elástica que sin excepción servía para reforzar el frágil cierre del receptáculo. Apartaba el papel de seda que protegía la piel o el charol. El final del rito era su leve genuflexión con el propósito de postrarse ante el pequeño trono de nuestro probador y brindarnos así el ejemplar deseado. Nadie conocía su criterio de ordenación. Quizás nos estuviera vedado saberlo, pero daba exactamente lo mismo, porque ahí estaba el par, dispuesto para ser probado.

Si había suerte, nos llevábamos un par de zapatos nuevos y nos sentíamos como chicos con tales. Ya en casa, ansiábamos el momento de estrenarlos. Al principio teníamos muy claro que la caja conservaría su función primigenia y seguiría protegiendo el calzado, pero luego la pereza ejercía su dictadura inapetente y la emoción se desvanecía. Tampoco valía la excusa de servirles de refugio para la siguiente temporada, porque de jóvenes los zapatos no llegan al otro verano o al próximo invierno. Quedaba entonces la alternativa de qué hacer con la caja, si tirarla o emplearla para otros menesteres distintos para los que fue en un primer momento concebida. Y optábamos siempre por lo segundo, porque el tiempo de la sostenibilidad no es por desgracia el presente, o al menos no lo es tanto como antes.

Guardar, sí, pero qué aparte de calzado. Unos, las cartas de la persona amada. Otros criaban en ellas gusanos de seda. Canicas, cromos, peonzas… cofres de tesoros. En mi caso, arcas de palabras. Las cajas de zapatos las reciclaba como ficheros. O visto desde otra perspectiva, las gavetas al uso las concebía como cajas de zapatos con tirador. Mi yo más cartesiano sabe que en un embalaje convencional —mi número es el cuarenta y uno— caben perfectamente mil setecientas fichas de diez por quince centímetros. Prefiero las pautadas, de cartulina. Hay quienes en cambio optan por la romántica costumbre de anotar sus inquietudes léxicas en papel de variopintos gramajes y texturas (servilletas, sobres, pósits…) para luego meterlas en la caja, en un desorden nutricio abierto a la sorpresa diaria, al hallazgo propuesto por el azar.

Es lo que hacía, por ejemplo, el vitalista José Ortega y Gasset, convirtiendo la caja en cajón de sastre. Los lexicógrafos, sin embargo, somos más cuadriculados. El Diccionario del español actual (1999) de Manuel Seco cabe en ciento diecisiete cajas como la que he descrito. A María Moliner se la ve con frecuencia fotografiada con fajos de fichas —las de su Diccionario de uso del español (1966-67)— muy apretadas entre sí gracias a elásticos parecidos a los que servían para cerrar las cajas de marras. El historiador del arte José María de Azcárate guardaba en casa unas veinte de ellas, impolutamente blancas, con todo el vocabulario artístico que consiguió recopilar en su productiva carrera: cincuenta mil fichas, ahora custodiadas por la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando.

Para que se obrara el milagro de la conversión de las cajas en gavetas tuvo que desatarse antes una revolución tecnológica: el cambio de formato del pliego al menor y más manejable de la cédula. Antes los legajos estaban plagados de banderillas, trocitos de papel que se pegaban a las páginas del mamotreto para añadir o corregir la información que bien podría haberse incorporado en una simple ficha colocada, junto a las demás, en el lugar que le correspondía. Pero pasamos de la hoja plegada a la papeleta sin pliegues. Es entonces cuando puede asignarse una correspondencia unívoca y versátil entre el vocabulario implicado y el soporte donde descansa. A cada unidad léxica una ficha, cómoda para la ordenación alfabética, fácilmente desplazable por entre la masa ingente de sus compañeras.

El Fichero General de la Real Academia Española consta de más de diez millones de fichas. Cada una de sus gavetas encierra unas dos mil. Una zapatería de cinco mil ochocientas ochenta y dos cajas. Da gusto hojear las cédulas y percatarse de las grafías de quienes las redactaron, algunas de ellas fácilmente reconocibles. Sorprende también el soporte en que los lexicógrafos volcaron la información: hojitas sueltas, expedientes léxicos sobre recortes de cartón, restos de sobretiros, cubiertas fatigadas… Está claro que nuestra lengua no tiene diez millones de palabras. Hay voces a las que les corresponden numerosísimas fichas (solo para ser, trece mil seiscientas veintidós). Por contra hay otras que requieren de mayores pesquisas filológicas para formar parte de este concurrido, por democrático, vecindario.

Así se elaboran los repertorios léxicos. Los editores del Diccionario castellano (1786-93) de Esteban de Terreros dicen en su preámbulo que encontraron, sepultadas entre un enorme cúmulo de papeles, las «cedulitas» que componen la obra, numeradas y ordenadas, y puestas en paquetes con la mayor exactitud y prolijidad. En cambio, una parte de ellas se extravió, «siendo como son muy pequeñas». Lo que daría por encontrar esas fichas. Serviría para comprobar la manera como el lexicógrafo redactó su obra, la caligrafía, los recortes de libros y revistas de que se valió, las notas de llamada a otros diccionarios… Uno se puede hacer una idea de cómo sería el escritorio del lexicógrafo, muy
parecido al de otros muchos. Y me pregunto qué le serviría de contenedor para tantas papeletas, en meticuloso orden, a fin de no perderse en el dédalo de las palabras.

Las estaciones de trabajo lexicográfico ya no las ocupan papeles sino ordenadores. Las fichas son sustituidas por campos de una base de datos. Los ficheros quedan por consiguiente obsoletos. Queda como homenaje el programa ShoeBox (Caja de Zapatos) con que el Summer Institute of Linguistics elabora sus diccionarios. Las zapaterías también han cambiado. Las cajas se quedan en la trastienda, como los ficheros que ocupaban amplias salas, destinadas ahora a otros propósitos (poner más ordenadores). Sin embargo, mientras pido unos zapatos de la talla cuarenta y uno y el dependiente los busca, hay un tiempo de espera para imaginar aquellos antiguos bloques de cartón como ficheros léxicos, o los diccionarios que podrían custodiarse en ellos… La lexicografía es el arte de atesorar palabras en cajas de zapatos.

 

Este artículo de Francisco M. Carriscondo es uno de los contenidos del número 10 de la publicación trimestral impresa Archiletras / Revista de Lengua y Letras.
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