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Rafael del Moral

19 Oct 2020
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Firmas

Inconveniencias ocultas en el aprendizaje de lenguas extranjeras

Las lenguas se instalan si se necesitan. Se acomodan mansamente en los primeros años de vida; con dedicación y cierto esfuerzo en la enseñanza programada; con mayor dificultad en la madurez, y ya en la edad adulta, en el caso de que se consigan aprender, con serios esfuerzos. Podríamos decir que se ajustan con mayor o menor arraigo según la necesidad, y que se oxidan o languidecen si no se usan. Solo si se cultivan permanecen vivas.

Hablar idiomas y justificarlo

Para muchos hablantes de alemán, de francés, de español o de ruso, incluso de chino, no hay más lengua propia que la materna. Todas las demás sobran. Eso no impide que el inglés sea ineludible, conscientes de que antes o después será útil. Y no les falta razón, mas les sobra impulso. Claro que viene bien conocer lenguas, siempre que las aprendamos para servirnos de ellas. Si no las usamos o las usamos poco, quedan rebajadas a la medida de nuestras exigencias.

Lo que entendemos como hablar idiomas es un concepto abstracto que enumera las lenguas que un individuo conoce o dice conocer, sin que lleguemos a saber, y mucho menos a evaluar, lo que uno es capaz de comunicar o entender en cada uno de los idiomas que cita. Hay un gusanillo que, en situaciones propicias, aconseja decir que uno sabe lo que apenas balbucea.

Cuando Bruselas legisló, hace solo unos años, sobre el conocimiento de lenguas en el Marco Común Europeo (MCE), quiso afinar la evaluación mediante seis niveles. Por eso es ahora frecuente oír que un joven tiene el (diploma) B2 en inglés, que quiere decir que en una valoración A1, A2, B1, B2, C1, C2 tiene un nivel cuatro sobre seis, siendo A1 el básico, el de principiante, y C2 el de dominio como lengua nativa. El mismo baremo sirve para otras lenguas europeas. En muchas de ellas no se hacen exámenes porque apenas hay candidatos que los soliciten ni organismos que lo exijan.

He asistido a situaciones en las que el estudiante que ha obtenido el nivel B2 carece de habilidad para entender y expresarse. Tendría que interactuar en diversas situaciones que no domina porque no las ha experimentado. Y puede darse la situación contraria, es decir, hablantes hábiles para mantener una conversación incapaces de superar las pruebas del MCE.

Para evaluar las habilidades de quienes son diestros en conversación y menos en composición escrita nació SIELE, Servicio Internacional de Evaluación de la Lengua Española, encargado de calificar conocimientos concretos para quienes no superan las pruebas del MCE. Un buen nivel de comprensión escrita no garantiza la expresión oral, pero el estudiante puede obtener un diploma parcial y temporal (dos años) y mostrarlo en su currículo para solicitar un puesto de trabajo.

Competencias lingüísticas

Necesitamos comunicarnos, de manera general, en tres entornos: el familiar, el social y el cultural, aunque no siempre se presenten diferenciados.

Un bereber de Marruecos hereda el tamazight de sus progenitores, el árabe del entorno social y el francés como código para el desarrollo cultural. Las tres lenguas constituyen su patrimonio y forman parte, día a día, de sus necesidades de comunicación.

Un español de Gerona hereda el catalán en familia, y de la misma lengua se sirve en las relaciones sociales y culturales compartidas con el castellano. El monolingüismo en catalán no se contempla. El ambilingüismo o dominio y uso cotidiano de dos lenguas pertenece a la mayor parte de la población gerundense. El monolingüismo pertenece en exclusiva al castellano.

Un inglés de Cardiff que tiene el galés como lengua materna vive la misma situación que el gerundense. Un inglés de Birmingham, sin embargo, cubre con su lengua materna la comunicación familiar, social y cultural.

Este esquema que parece sencillo se complica con los miles de lenguas del mundo que no son el inglés, ninguna de ellas capaz de conceder a sus hablantes la posibilidad de cubrir la comunicación en su globalidad.

Lourdes heredó el español de Uruguay. Con 33 años se trasladó a España y en Madrid se casó con un extremeño. Su patrimonio lingüístico está formado por el español en dos variantes, la que usa para hablar con su familia y amigos uruguayos y la que comparte con su marido; más un modesto vocabulario de inglés para moverse por Internet. Su comunicación queda cubierta con el dominio de una sola lengua, el español, en dos variantes. Si Lourdes hubiera heredado el araucano, el guaraní, el quechua o el náhuatl, sus modos de hablar serían dos lenguas, una de ellas en dos variantes, pero no por eso verían sus empleadores enriquecido el pedigrí.

Su marido, Manuel, usa habitualmente el español de Madrid y también el de Extremadura, su patria chica, con amigos y familiares con los que coincide en fines de semana y vacaciones. Podría saber mucho más inglés, porque es listo y diestro, pero no ha encontrado razones para mejorar el que aprendió en el instituto desde su puesto de director de una clínica veterinaria. Lourdes y su marido se entienden en una lengua que no heredaron en familia, sino que aprendieron en el ambiente social de Madrid. Y no por ello se quejan.

La gente, digámoslo sin ambages, habla las lenguas que son necesarias, las que están vivas en su entorno, y un poco de alguna más en el caso de que haga falta.

Se ha puesto de moda estudiar chino, la lengua más hablada. Lo añaden algunos colegios privados en sus asignaturas optativas para inflar el prestigio del centro. Es difícil criticar la iniciativa porque no viene mal conocer una de las lenguas más antiguas del mundo y más originales de la humanidad. No debe servir de excusa que aunque sea la más hablada no ocupe espacios en la comunicación globalizada.

Ahora queda más claro explicar la dificultad de los hispanohablantes para alcanzar altos niveles de inglés. No nos hace falta. Lo que sí parece necesario es asimilar cierto vocabulario que facilita la navegación por Internet y algunas cosas más, y ese nivel se suele alcanzar en el instituto o mediante alguna estancia en ambientes anglófonos. Cuando los hispanófonos queremos llegar a más, chocamos con el muro de la ineficacia.

Un amigo que trabaja en una multinacional me dijo hace poco con satisfacción que lo más importante que le iba a suceder en la jubilación iba a ser dejar por fin de estudiar inglés. No es que sea torpe, que no lo es, sino que una o dos reuniones anuales no justifican ni incentivan la necesidad de alcanzar un nivel alto.

Pepa, hija de padres emigrados, nació en Suiza, donde heredó el gallego en familia, el alemán de Basilea en la calle y el alemán normativo en el colegio. Cuando a los 17 años regresó a Vigo descubrió que resultaba imprescindible hablar español, y lo aprendió rápido, pues fue su lengua en la Universidad. Ahora, ya entrada en los cuarenta, con su marido y su hija habla español; con sus padres, gallego. El inglés, aprendido parcialmente en el colegio, le sirve para las escasas ocasiones que tiene de usarlo. El alemán languidece en su memoria. Ni siquiera un esporádico viaje a dominios germanófonos le sirve para alimentarlo suficientemente. Y me dijo que quiere aprender francés. No la desanimé, ni le argumenté que no merecía la pena el esfuerzo, pero queda claro que necesitaría una razón sólida para aprenderlo, y no la tiene. Es innegable, sin embargo, que estudiar lenguas es un placer en sí, es descubrir un mundo de magia y sensaciones.

Suecos y húngaros cursan en inglés en buena parte de sus carreras universitarias. Por eso lo hablan, y ni siquiera lo olvidan si se instalan en París o en Roma porque la lengua de los anglos bulle y hormiguea por todas partes.

Se aprenden las lenguas que necesitamos, y en la medida en que nos hacen falta, las otras, no. En esta época en la que la globalización y los viajes copan las actividades de ocio, la comunicación se ha convertido en una necesidad elemental, es verdad, pero ni siquiera esos desplazamientos, más o menos regulares, justifican un alto nivel de inglés para los hispanófonos. No es el mismo caso para rumanos o polacos, que siempre tuvieron una lengua de apoyo cultural añadida a la propia. Hasta la caída de la Unión Soviética fue el ruso y el francés; ahora, el inglés, que resulta más útil, gana espacios.

La mayor inconveniencia, y no es para preocuparse

Creo en la conveniencia de añadir a la tradicional escala de valoraciones sobre conocimientos de lenguas (monolingüe, bilingüe, políglota) la calidad de ambilingüe, y que sirva esta para designar a quienes necesitan a diario el uso de dos lenguas, y ambas con igual o muy parecida destreza, tipo galés-inglés o eusquera-castellano. Se distancia así al hablante del conocimiento bilingüe, propio de quien dispone de una lengua principal y otra que utiliza ocasionalmente. Propongo, por tanto, que hablemos del patrimonio lingüístico vivo del individuo. Descubriremos así que el aprendizaje es automático cuando hace falta, y también placentero en sí mismo. La mayor inconveniencia, sin embargo, para hacerse con las lenguas es carecer de la necesidad de conocerlas. Por eso los ingleses hablan solo una y los bereberes marroquíes tres.

 

Próxima entrega
Espacios y usos de la lengua española en el proceso de integración mundial o globalización
¿Qué lenguas necesita la humanidad? ¿Qué lugar ocupa el español? Conocer lenguas es un bien en el entorno de los procesos económicos, tecnológicos, políticos, sociales y culturales de los países, incluso por encima de disciplinas como la filosofía o la historia. La creciente comunicación internacional y la interdependencia así lo exige.

 

Este artículo de Rafael del Moral es uno de los contenidos del número 7 de la publicación trimestral impresa Archiletras / Revista de Lengua y Letras.
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