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Rafael del Moral

04 Ene 2019
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Hispanohablantes monolingües, ambilingües y bilingües

Un famoso jugador de fútbol británico, que había pasado cuatro años como ídolo de masas en el club deportivo Real Madrid y que oía hablar español todos los días y a todas horas, se despidió de sus compañeros y de la afición con cuatro generosas palabras en castellano, dos de las cuales fueron: muchos gracias (con el error de concordancia de género). Tan listo para los goles, tan torpe para las lenguas. Solo podemos excusarlo si decimos que no precisaba aprender español.

Los anglófonos nativos no suelen hablar lenguas extranjeras, no se interesan por conocerlas. Y no por eso se sienten inferiores; al contrario, no experimentan complejo alguno. Consideran que no necesitan saber más, pues, instalado el inglés en el mundo, borran de su horizonte cualquier aprendizaje de lenguas, salvo las excepciones pertinentes, claro. Son hablantes monolingües, podemos decir, orgullosos de ser monolingües.

Si los hablantes nativos de inglés son los menos condicionados por el aprendizaje de otros idiomas es porque su lengua abarca el mayor ámbito comunicacional. Como los otros no tienen posibilidad de elegir lengua heredada se hace necesario, según los casos, añadir el inglés. Las lenguas que han llegado al siglo XXI con capacidad para cubrir en solitario cualquier situación comunicativa son, además del inglés, el español, el francés, el alemán, el portugués, el italiano, el ruso, el chino y algunas más, pero no muchas más. Son únicas estas lenguas para quienes las heredan porque cubren la comunicación familiar, social, cultural, intelectual y de ocio. Llegan ahí como resultado de los cambios históricos, políticos y sociales, y de la elección de los hablantes en busca del código más útil.

Gente que hereda, ambilingüismo

La mayoría de las seis o siete mil lenguas del mundo carecen de hablantes monolingües, de vida independiente, es decir, comparten espacios de comunicación con otra. Son cientos de millones de usuarios los que reciben dos idiomas en el legado familiar y social. El náhuatl, el quechua, el guaraní, el bretón, el euskera y el catalán no tienen hoy vida autónoma o total como el inglés o el español porque se vienen acomodando en sus hablantes al mismo tiempo, desde hace siglos, con el español o con el francés. Carecen estas lenguas citadas de locutores monolingües y, si los tienen, se trata de individuos socialmente aislados. Nadie habla solo guaraní o náhuatl o catalán, necesita el español. Ni solo bretón, necesita el francés. El bretón y el francés son códigos de la primera etapa receptora de los hablantes de bretón, que no son todos los bretones y, por tanto, dan forma, al mismo tiempo, a la identidad del hablante. Tampoco existen hablantes monolingües de tártaro, necesitan el ruso. Tártaro y ruso se reparten los contextos de comunicación: en familia, tártaro; en la calle, ruso; en las universidades, ruso. Estos hablantes reciben dos lenguas, la familiar y la social, ambas se instalan como propias y las hablan con similar destreza. Para no confundir, mejor llamarlos ambilingües, es decir propietarios de dos códigos, de dos lenguas.

Unas cuarenta lenguas europeas necesitan de otra para no ver limitada su capacidad de comunicación en diversas situaciones cotidianas. El galés y el irlandés, del inglés; el occitano y el alsaciano, del francés. Quienes heredan en familia al casubio, han de añadir el polaco. El patrimonio lingüístico de un hablante de galés, alsaciano o casubio exige el ambilingüismo, una situación frecuente en todo el planeta.

Las lenguas se instalan en los primeros años de vida, que es cuando el oído, la agudeza auditiva, es fina y delicada. Por entonces se acomoda como flamante esponja capaz de registrar las más sutiles variaciones. Ese aprendizaje preciso en la mocedad se mantiene permisivo hasta los quince o veinte años, y se torna más tarde indócil y casquivano, torpe para añadir novedades, para distinguir más allá de los matices adquiridos y ya cristalizados, únicos que han de hacerse perdurables. La capacidad articulatoria y memoria retentiva, también frescas y exuberantes en la juventud, cristalizan en la madurez. Es verdad que la habilidad no es solo cuestión de oído, pero el oído, los sonidos que un hablante se muestra capaz de distinguir, son factor determinante para asimilar las nuevas lenguas.

Gente que aprende, bilingüismo

Los hablantes ambilingües no están exentos de la necesidad de añadir otra lengua que, ahora sí, se instala como extranjera. Poseer dos lenguas, valenciano y español, pongamos por caso, no exime de la conveniencia de estudiar inglés para mejorar la comunicación internacional. A la condición primera de ambilingüe se añade la relación bilingüe entre las dos lenguas heredadas, que cuentan como una a efectos de uso cotidiano, y el inglés.

Este posible tercer estado del hablante, el de bilingüe (tras el monolingüismo y el ambilingüismo), no pertenece a la adquisición natural de las lenguas, sino a la artificiosidad de hacerse con ellas mediante el estudio, mediante el esfuerzo. El código complemento no forma parte de la identidad del individuo ni de los hábitos articulatorios. Se suele usar la lengua adquirida en distintos grados de destreza y siempre con menos habilidad que las patrimoniales, es decir, las ya instaladas.

La fiebre por el aprendizaje de lenguas extranjeras va de la mano de la bonanza económica, del ingenio y voluntad de las autoridades académicas, de las estancias pedagógicas en el extranjero y también de la necesidad de llenar huecos en el ocio. Las clases acomodadas europeas, obedientes a los retos modernos, se complacen en enviar a sus hijos a países anglófonos para que hablen inglés. También se acostumbraron a veranear en la playa, a hacer un crucero o a vivir en chalet adosado. Son los retos de las sociedades. Pero las lenguas no se aprenden con modas y propuestas sino cuando la necesidad de servirse de ellas se muestra como ineludible, como inexcusable.

El hecho es que cuando la necesidad lo impone y si así se exige, las aprendemos. Pero es cada vez más frecuente estudiar una lengua porque sí, por si acaso, porque es bueno, porque en el futuro tal vez y porque forma parte del currículo escolar. Sin embargo, el pedagogo sabe que memorizamos lo que practicamos, lo que se frecuenta, lo que se precisa, pero no podemos almacenar voces y frases como el disco duro de un ordenador y activarlo a voluntad. Sin necesidad, sin uso, sin práctica continuada, las lenguas no se acoplan. Y si se aprenden, se olvidan. Solo permanece lo que se usa.

Buena parte de los habitantes del planeta eligen el inglés si han de añadir un idioma a su patrimonio de una o dos lenguas nativas. Le sigue, y va en ascenso, el español. El francés, el alemán, el italiano y el chino mandarín vienen a continuación. El resto de las lenguas, digamos hasta el medio centenar que se enseñan como extranjeras en el mundo, no muchas más, se reparten porcentajes inferiores si contamos a quienes las eligen libremente y omitimos a los estudiantes obligados por las autoridades académicas. El español como lengua extranjera es estudiado, en cifras del Instituto Cervantes, por más de veintiún millones de individuos.

Deben saber esos veintiún millones de aspirantes a hispanófonos, o hispanófonos en ciernes, que encontrarán a más de quinientos setenta millones de personas repartidas por el mundo que disponen del mismo código, aunque asentados, fundamentalmente, en América.
Deben saber estos candidatos a bilingües de buen nivel que el español ocupa, tras el inglés, el segundo puesto como lengua de comunicación internacional y que en los últimos años se extiende como la espuma.

Deben saber también que la imagen de la lengua española está asociada a la difusión de una cultura universal de excelencia, y que la literatura española se ubica en los primeros puestos de la universal, podio que comparte con algunas más, entre ellas la italiana, la inglesa, la francesa y la rusa, pero no muchas más. Este bagaje cultural da cuenta del índice de desarrollo humano de sus hablantes.

Deben saber igualmente que, desde una perspectiva económica, tres son, según los entendidos, los factores que determinan la potencia mercantil de un idioma: el contingente humano, su capacidad de compra y el carácter internacional. La extensión y uniformidad de su dominio lingüístico, los veintiún países en los que tiene rango oficial, su importancia en los foros económicos internacionales, la esperanza de vida y la renta per cápita condicionan los movimientos económicos. Y el español se encuentra entre los primeros puestos en todas esas variantes.
Deben saber, por último, que no es el castellano mala elección en el elenco de las lenguas ofertadas en el mundo para su estudio. Enorme como lengua materna, codiciada como adquirida, útil para la comunicación internacional, brillante y atractiva desde los primeros pasos, dialectalmente homogénea a pesar de las singularidades, geográficamente compacta, económicamente enérgica, literariamente egregia, culturalmente dinámica, universalmente amplia y emocionalmente amada. Una lengua loada y admirada por todos los rincones.
Si tuviera ocasión se lo recordaría a David Beckham, el jugador de fútbol que se despidió con un muchos gracias sin concordancia después de cuatro años con la oreja, que no el oído, pegado al español de Madrid. Y le recordaría de paso que sus compatriotas ingleses y hermanos norteamericanos han puesto de moda estudiar español para engrandecer con orgullo el pedigrí.

Este artículo de Rafael del Moral es uno de los contenidos del número 1 de la publicación trimestral impresa Archiletras / Revista de Lengua y Letras, disponible en quioscos y librerías.
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Próxima entrega:

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