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Rafael del Moral

14 Mar 2019
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¿Por qué el español es la segunda lengua del mundo?

Más de seis mil lenguas se reparten por el mundo de manera tan irregular que unos hablantes se sirven solo del inglés, tal vez la más útil; otros de dos códigos al tiempo como los de bretón-francés o vasco-español; y otros de tres como los de tamazight-árabe-francés o hindi-boipurí-maratí. Cualquiera de ellos y su lengua o lenguas propias merecen la misma consideración porque hablante y código son uno, ordenan la identidad, dan forma al homo loquens. La abundancia de hablantes no encumbra a las lenguas, todas son igual de respetables. Las diferencias las marca la fortuna, los cambios históricos más o menos aventajados.

El español solo tenía, recién nacido, unos miles de hablantes. Hijo de la lengua latina maridada con la vasca, pasó su infancia recluido en un rincón del norte peninsular. Por entonces nadie daba un duro por él, ni por las otras lenguas resultado de la fragmentación de latín imperial instalado en la península ibérica en su versión coloquial.

El primer gran momento de su historia, que bien podía no haberlo tenido, la chispa que disparó al romance latino para ocupar los espacios de otras lenguas, se inició el 19 de octubre de 1469, con la boda clandestina de un príncipe aragonés y una princesa castellana. La estrategia fue tan afortunada que pronto se extendió por la península como lengua propia que se añadía a la de gallegos, astur-leoneses, vascos, aragoneses y catalanes.

Dos acontecimientos posteriores, tan azarosos como sorprendentes, contribuyeron a su difusión. Fue uno de ellos el viaje que llevó a un marinero al servicio de los Reyes Católicos a tropezar con un continente que hasta entonces parecía como si no existiera, y que desde entonces empezó a despuntar y expandir el legado occidental con un instrumento de comunicación: el castellano. El otro fue resultado de una combinación de sucesos, también afortunados, que sirvió para concentrar en el joven nieto las herencias de Isabel de Castilla, Fernando de Aragón, Maximiliano I de Habsburgo y María de Borgoña. El monarca hizo de Toledo capital y del castellano lengua imperial. Y llegó a ser tan grande su utilidad que tuvieron a bien añadirlo quienes hablaban otras lenguas, y transmitirla a la siguiente generación. Por parecidas razones había sido el griego lengua vehicular del Mediterráneo tras la campaña de Alejandro Magno, el latín por la política expansionista de Roma y el árabe por el impulso coránico del Islam.

América y el Imperio

El encuentro con el Nuevo Mundo y el prestigio europeo fueron resultado de coincidencias difíciles de controlar. La alteración de una de ellas bien hubiera podido propiciar la expansión de otra lengua. Que el portugués llegara a las colonias africanas o asiáticas y también a las Azores y a Brasil, o que el catalán se instalara en las islas Baleares o en Cerdeña fue también resultado de parecidas políticas expansionistas.

No parece probado que el español se impusiera en la América de los conquistadores, como tampoco se obligaron otras lenguas europeas llevadas por los colonizadores. Los horrores de la conquista, absolutamente criticables, deben ser comparados con otros que no siendo menos feroces apenas dejaron huella positiva. Y si las conquistas de Alejandro o César fueron contadas con parcialidad por sus propios cronistas, España fue el único imperio de su tiempo que permitió, y no censuró, las más feroces críticas desde dentro, en la diestra pluma del fraile dominico Bartolomé de las Casas, obispo de Chiapas; y tampoco evitó suscitar un debate sobre el derecho de imposición sobre quienes ya estaban allí.

Una mirada rigurosa conduce a deducir que las lenguas se instalan sin esfuerzo, ya sea por herencia familiar o mediante un aprendizaje semiautomático determinado por la necesidad de usarlas. Si gallegos, asturianos, vascos y catalanes se adueñaron del español, lo hicieron por la misma razón que ahora nos acercamos al inglés y no al polaco o al tagalo.

El arraigo del español tras la independencia de los países americanos

Algunas lenguas precolombinas como el náhuatl o el quechua siguieron creciendo en la época de los conquistadores tras alzarse como lenguas generales o vehiculares. Las primeras universidades no eligieron el castellano en la enseñanza, sino el latín, que es lo que también sucedía en Castilla.

El gran momento de la expansión del español en América llegó en el siglo XIX, cuando los nuevos países, resultado de la independencia, necesitados de una lengua unificadora, eligieron como oficial la más útil, el español o castellano, sin humillar ni despreciar a las otras. Su patrimonio de usuarios desde entonces se multiplica. Náhuatl, quechua y guaraní, importantes antes de Colón, siguen siendo hoy lenguas vivas, pero sus hablantes añaden, sin esfuerzo, también como lengua propia, el español. Algo parecido sucede entre hablantes de sueco o de holandés cuando adoptan el inglés como lengua de desarrollo cultural.

No pasaremos por alto la situación de los indígenas y el trato que recibieron de los gobiernos independientes, tan ajenos a la integración y mucho más proclives a la explotación y servidumbre. Recordaremos que los historiadores fechan después de la independencia las peores matanzas de indígenas en países como Chile o Argentina. También en América del Norte pensaron que los primeros pobladores eran un verdadero obstáculo para la modernización y prosperidad. En la actualidad el porcentaje de población precolombina o mestiza en Estados Unidos apenas supera el uno por ciento de la población, mientras que en muchos de los países latinos son mayoría.

Heredar una lengua como el español en Europa o América garantiza formar parte de valores encarnados en figuras como Cervantes y Quevedo, pero también el colombiano García Márquez o el peruano Vargas Llosa, además de Velázquez, Goya y Picasso, por no hablar de otros líderes de las artes o el deporte.

El impulso de los siglos XX y XXI

Muchos lectores recordarán que hubo un programa de televisión dedicado al mundo del español que se llamaba, en ambiciosa cifra, Trescientos millones. Han pasado unos cuarenta años, tal vez algo más, y esa comunidad de hablantes está a punto de duplicarse. La gran diferencia entre los beneficiarios del español y los de otras lenguas muy numerosas es que a pesar de las especificidades léxicas (tal vez mucho más acentuadas entre el español de Asturias y el de Cádiz que entre el de México y el de Argentina) se mantiene armoniosa la comprensión, algo que no puede decirse de lenguas tan relevantes como el hindi o el árabe.

Conviene ahora recordar cómo la expansión del inglés se sirvió de situaciones muy diversas y difíciles de explicar como la decadencia del francés y del alemán, el éxito de la música y el cine o el liderazgo en la investigación y el desarrollo tecnológico, e incluso la desaparición de la Unión Soviética. Se fue adueñando, sin imposición alguna, de los espacios necesitados de una lengua de divulgación cultural. ¿Quién recuerda ahora que el inglés tuvo su cuna en un primitivo y minúsculo pueblo germano, los anglo-sajones?

El español se instala hoy en la herencia del ocho por ciento de la población mundial. La llamada para su aprendizaje incide tanto en su arraigo europeo como en el americano, y eso a pesar de que los modelos lingüísticos se inspiren mucho más en el español de Castilla que en cualquier otra variedad.

¿Por qué atrae tanto? La cuestión es tan difícil de evaluar como evidente. Podemos decir que es una lengua con clase, propia de un país europeo de altas cotas de bienestar, y de muchos países americanos con gran atractivo. Puntero en deporte, en ocio vacacional y cultural, y en infraestructuras. Atractivo para el turismo, de fácil acceso, de gente con trato esmerado. Tercera lengua en internet, y segunda en Facebook y Twitter. Habilitada para el desarrollo comercial, industrial, cultural y de innovación. Una lengua, en definitiva, que resulta eficaz para el estudiante desde los primeros pasos.

Según The Economist, el país que dio cuna al español es líder mundial en donación y trasplantes de órganos, en fecundación asistida, en sistemas de detección precoz del cáncer, en protección sanitaria universal gratuita, en esperanza de vida (tras Japón), en energía eólica, en producción editorial, en conservación marítima, en tratamiento de aguas, en energías limpias, en playas con bandera azul, en construcción de grandes infraestructuras ferroviarias y tal vez la segunda mejor cocina del mundo.

Ninguna lengua viva actual supera los tres mil años de vida. El español es, en este sentido, joven, pues solo ha cumplido los mil, y tiene garantizados, si consideramos el arraigo actual, al menos otros tantos. Aunque como segundo idioma de la globalización mantiene un gran atractivo, por detrás del inglés, ni en el ámbito de las empresas ni en el de las industrias culturales y educativas ha desarrollado todo su potencial. La invasión de anglicismos, tantas veces innecesarios, muestra cierta dependencia de la lengua vehicular universal, pero eso ha sucedido siempre en la historia. También el inglés está invadido de helenismos y latinismos que ahora no se notan.

El español está donde la historia lo ha llevado. Cualquier alteración de los próximos años bien podría servir para incrementar su difusión como para confinar su uso. Las lenguas son un bien social con vida propia. Nacen, crecen, evolucionan y mueren ajenas a la voluntad individual de sus hablantes.

 

Este artículo de Rafael del Moral es uno de los contenidos del número 2 de la publicación trimestral impresa Archiletras / Revista de Lengua y Letras.
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