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Iraide Ibarretxe-Antuñano

19 Feb 2021
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Firmas

Empatía lingüística

No sé si solo es una apreciación mía, pero en los últimos tiempos estoy viendo más referencias a las lenguas, a su uso y a su «categoría» que de costumbre. Posiblemente, en parte, sea porque también últimamente me he vuelto algo «tuitera» y ya se sabe que las redes sociales suelen presentar una visión algo distorsionada de la realidad… o quizás, no.

El caso es que, para bien y para mal, recientemente he visto tuits, titulares, noticias y entrevistas en las que el centro era la lengua. En los últimos meses, he leído cómo menospreciaban a una ministra porque hacía declaraciones utilizando su variedad dialectal y cómo especialistas tenían que salir a la palestra a mostrar la gran falacia que es pensar que hay una única variedad «buena» y que una persona habla mal simplemente por utilizar rasgos de su variedad. He celebrado que ya se pueda utilizar como medio de expresión en la Junta General del Principado de Asturias el asturiano, una de las lenguas más vapuleadas de España, y me ha entristecido ver que en el Senado de este mismo país aún no esté «previsto» el uso de todas y cada una de las lenguas de sus habitantes. Y, bueno, la guinda ha sido leer declaraciones en las que se juzgaba a una lengua porque usaba palabras inventadas… Tengo que confesar que me he quedado con la boca abierta. La creatividad o, si se quiere, la habilidad de inventar palabras (y por ende, estructuras lingüísticas) es una de las propiedades más específicamente humanas del lenguaje; una propiedad que hace posible que las lenguas se adapten a las necesidades cognitivas y comunicativas de sus hablantes a lo largo del tiempo. No sé, me gustaría retar a los lectores a buscar lenguas en las que no haya palabras inventadas y, ya que estamos, tampoco palabras tomadas, prestadas, adaptadas de otras lenguas… Me aventuraría a decir que esto será una Misión Imposible.

Ahora bien, dos preguntas, posiblemente retóricas, rondan mi cabeza estos días. La primera, cuestión bien conocida y discutida: ¿cómo es posible que en pleno siglo XXI necesitemos justificar que no hay una lengua mejor que otra, ni un dialecto mejor que otro y que los aspectos normativos son solamente convenciones creadas para facilitar la transmisión principalmente escrita de la lengua? La segunda no suele plantearse tanto, pero es la que más me interesa en este artículo: ¿alguien se ha parado a pensar en los hablantes de esas variedades y de esas lenguas y en lo que sienten?

Tengo que confesar que no es casual que estas preguntas me ronden. Mi «pecado» es doble. No en vano soy lingüista y una de mis especialidades es la «tipología semántica»; es decir, comparo y contrasto las semejanzas y las diferencias que existen en relación con las palabras y sus significados en las lenguas del mundo (y recuerden que hay más de 6000…). Y, además, soy hablante de una lengua minoritaria, de esas que usan palabras inventadas y no se prevén en el Senado. Así que sí, soy sensible a este tipo de noticias y menciones tanto por profesión como por identidad y, por eso, mi visión no es neutra, sino experiencial.

Quizás los casos que he expuesto al principio son extremos; lo reconozco y, bueno, con ello demuestro que también he entrado en el bucle de «titular llamativo» para atraer al lector, tener likes y nuevos seguidores. En esos casos, desde luego que entran muchos factores totalmente ajenos a las lenguas; entre ellos, la política. Sin embargo, eso no quiere decir que incluso en los detalles y en las anécdotas que a veces nos sacan un carcajada (o, simplemente, decir que «chica, no es para tanto»), se muestra una falta total del concepto que quiero presentar aquí como el ingrediente principal para la transformación de la actitud actual hacia las lenguas: la empatía lingüística. Antes de explicarlo… unas cuantas anécdotas de primera mano de esas que nos hacen reír y que espero que luego, reflexionar.

Aquí va la primera. No sé si a mis colegas de profesión les pasa como a mí que, cuando, por ejemplo, enseñan los sonidos que podemos articular los seres humanos, al explicar en clase cómo se produce un chasquido consonántico, algunos de sus estudiantes se ríen porque piensan que ese tipo de «ruidos» son una «broma», ya que a nuestro oído suenan como un beso o el galopar del caballo. Nada más lejos de la realidad. Como ya reivindicaba Mirian Makeba, allá por la década de 1970, antes de interpretar una canción nupcial xhosa llamada Qongqothwane pero conocida como «La canción de los chasquidos» por los europeos, no son ruidos sino sonidos (fonemas, si se quiere), característicos de lenguas sudafricanas. De hecho, son sonidos muy complejos articulatoriamente porque utilizan el aire que queda atrapado entre dos cierres y que al abrirse crea como un efecto de succión que produce el sonido. En cualquier caso, para contrarrestar esta situación siempre les pido en clase que pronuncien «la jota», ese sonido velar tan característico del español, y les pregunto: ¿no os parece que suena como el «ruido» que se hace cuando alguien está preparándose para escupir? Y es que ningún sonido está libre de interpretación alternativa…

Aquí va la segunda. Casi desde el inicio de mi carrera investigadora, he hecho lo que se conoce como «trabajo de campo», es decir, recoger datos de hablantes en sus entornos habituales. Es una experiencia interesantísima porque, a la vez que uno aprende sobre sus lenguas, también se adentra en su entorno vital, lo que no solo es necesario para comprender el lenguaje —que no olvidemos es un fenómeno biocultural—, sino también porque es una oportunidad muy enriquecedora. El caso es que en algunas de estas «recogidas de datos» he tenido que trabajar con hablantes que tenían, o bien una lengua que yo no dominaba del todo, o bien una variedad dialectal muy diferente a la mía, lo que en algunos casos, es casi como hablar de lenguas diferentes. En todas estas ocasiones, siempre he sentido que tanto mis informantes como yo hacíamos un esfuerzo común para sentirnos bien. Quiero decir que mis informantes me felicitaban y se enorgullecían cuando intentaba hablar en su variedad, a pesar de mis errores y neologismos ad hoc, y yo les animaba a no hacer caso de la mía, a veces quizás demasiado de «libro». Sin embargo, últimamente, y especialmente en entornos con variedades que no tienen aún un estándar totalmente consolidado —estoy pensando, por ejemplo, en el aragonés—, estoy notando una gran aversión por parte de algunos hablantes «patrimoniales» hacia los «neohablantes». (He de reconocer que estos dos palabros no me gustan en absoluto, pero ese es un tema para otra ocasión). He leído cómo se mofan cuando cometen errores —a veces por usar una ortografía diferente—, cómo les dicen que tal palabra «nunca se ha dicho antes» o que es «un invento de los que aprenden la lengua en cursillos en la ciudad». Y es que, como ya mencionaba al principio, ¿acaso no avanza la sociedad con nuevos inventos y descubrimientos? Y, ¿acaso la lengua no es un ser vivo que ha de adaptarse para que los hablantes podamos codificar esas nuevas necesidades expresivas?

Aquí va la tercera. Esta tiene que ver con un comentario, siempre bien intencionado, con el que me he topado muchas veces a lo largo de mi vida… Mi nombre, Iraide, es poco frecuente y estoy acostumbrada a responder a cualquier intento que se le parezca en lo más mínimo (Ireider, Iride, Iraida, Iaride, Irahaide…). El comentario suele constar de dos partes; la introductoria suele ser algo como: «¡Qué nombre tienes! ¡No lo había oído nunca! ¡Qué bonito!» (por eso digo que suele ser bien intencionado), y lo que le sigue suele ser: «¡Ay, es que estos nombres vascos son de raros que no hay quien los pronuncie!». En estos momentos, yo suelo pensar en nombres como Hermenegildo, Oristila y Euquerio y me pregunto: «¿Qué dices que es raro?».

Podría seguir describiendo anécdotas, que tengo que admitir tienen su punto divertido y en muchos casos son inocentes y carecen de una mala intención, pero que esconden un lado oscuro al cual solo se puede vencer si nosotros, como hablantes de cualquier lengua o variedad, intentamos ponernos en el lugar del otro, es decir, si intentamos ser empáticos lingüísticos. La empatía la define el DLE como la «capacidad de identificarse con alguien y compartir sus sentimientos». Adaptándola a nuestro contexto, yo le añadiría «y comprobar que lo raro, lo malo y lo gracioso en las lenguas es una cuestión de perspectiva». Estoy segura de que si ante lo diferente, lingüísticamente hablando, le pusiéramos una gotita de empatía lingüística, acabaríamos no solo respetando la diversidad lingüística de nuestros iguales sino apreciándola como uno de los bienes inmateriales más importantes y ricos del ser humano.

 

Este artículo de Iraide Ibarretxe es uno de los contenidos del número 9 de la publicación trimestral impresa Archiletras / Revista de Lengua y Letras.
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