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Mar Abad

25 Nov 2019
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Firmas

El lenguaje impaciente: cada vez más corto, cada vez más rápido

El pulso de la mano arrastrada sobre el papel escribió durante mucho tiempo frases larguísimas, párrafos inacabables, ideas estiradas hasta la extenuación antes de que el lector, medio asfixiado, pudiera llegar a un punto. Hace algo más de un siglo, cuando los periodistas trabajaban sobre cuartillas, el lenguaje era ampuloso: usaban palabras grandilocuentes, pomposas; eternizaban las oraciones con una subordinada tras otra y cosían las ideas con decenas de signos de puntuación hasta llegar al remoto punto final.

Escribió así Emilia Pardo Bazán, en 1889, cuando, enojada, agarró su estilográfica para echar un rapapolvos a los que le habían negado su entrada en la Academia: «Si hoy, por permisión divina, resucitase nuestra santa patrona Teresa de Jesús, y con la contera del báculo abacial que he venerado en Ávila llamase a las puertas de la Academia Española, supongo que algún vozarrón estentóreo le contestaría desde dentro: “Señora Cepeda, su pretensión de usted es inaudita”».

A ojos de hoy, más que leer, habría que surfear las frases. Eran tan extensas, tan enrevesadas, que el lector actual puede acabar ahogado en ese oleaje de subordinadas, y con un punto y coma clavado en la espalda. En aquel fin del XIX, leían en papel, en tinta. El tiempo iba más despacio. La lectura del libro y del periódico ocurría en la tranquilidad de una silla o un butacón.

Pero en 1917 ocurrió un hecho asombroso: en las primeras pruebas de radio en España asomó la voz. El progreso tenía prisa por crear un mundo de inmediatez. Todo iba más rápido que nunca. Esa era la sensación de entonces: desde la ciencia hasta el vocabulario. «La gente —esa gente que habla, canta o escribe por ahí— ha acelerado el ritmo de la vida y del idioma, y el lexicón de la Academia con quince años de fecha estaría tan lejos del lenguaje palpitante del pueblo que corrían ambos el riesgo de no reconocerse mutuamente», escribió en 1924 el periodista Manuel Chaves Nogales.

Hasta el cielo se modernizó. Habían conseguido el más alto de los anhelos humanos: volar. Las palabras no podían permanecer agarradas al suelo como si no pasara nada. «La prensa debe aprovechar cuantas facilidades informativas le proporcionan los adelantos modernos. El periódico actual no puede tener la fisonomía sedentaria de las hojas que leían nuestros padres», decía el Heraldo de Madrid, en 1928, hablando de la aviación.

La rapidez de estos tiempos dio presteza a las manos de los periodistas. Atrás quedaron las estilográficas; ahora redactaban en máquinas de escribir. Los textos, a golpe de tecla, se aligeraron, echaron a volar. Empezó a verse «una escritura que denota la narrativa febril de la radio, la velocidad de los raids aéreos y las conversaciones de un guion cinematográfico», cuenta Sergi Doria en su libro Un país en crisis. Crónicas españolas de los años 30. Aparecieron artículos en lenguaje telegráfico. Las frases se hicieron concisas. Prescindieron de las florituras con las que gustaban enredar al lector. En 1931, Francisco Coves escribía así en el Ahora:«Es poco más de la una de la noche. La plaza de Villasis está en el centro de la población. La calle Sierpes desemboca cerca de ella. Hay mucha gente, en cuya actitud y en cuya oscilación inquieta de grupos no se podría adivinar al pronto lo levantisco. Todo el mundo deambula, todo el mundo comenta y todo el mundo espera algo».

La radio aceleró y simplificó el lenguaje a partir de los años treinta. La televisión lo hizo a partir de los sesenta. No había locutor con pulmones que soportaran las frases kilométricas de doña Emilia, ni receptor que no se perdiera en un discurso plagado de subordinadas.

Llegaron los noventa y el planeta dio una de sus vueltas más apoteósicas. A la técnica no le bastaba con haber reemplazado el silencio y el tacto de la naturaleza muerta del papel por la furia de la máquina de escribir, de la radio, de la tele, del ordenador. No; eso era solo la antesala de lo que estaba por llegar: Internet, el teléfono móvil, el lenguaje instantáneo a millones de leguas.

El comienzo de la era digital dio una buena sacudida a la escritura. El lenguaje pasó a las pantallas. A veces eran grandes (en los ordenadores), pero a menudo eran pequeñas (en los móviles). Los SMS de los primeros celulares redujeron la expresión a su más ínfimo esqueleto. En un mensaje cabían 160 caracteres y escribir uno más hacía que la operadora facturara otro SMS. Los jóvenes recurrieron a un lenguaje barato: el de las abreviaturas. El porque se convirtió en xq; el además en ade+; el «te quiero» en tq.

Los custodios de la norma se echaron las manos a la cabeza: «¡Estos jóvenes van a destruir el lenguaje!». Olvidaban que esos jóvenes no hacían nada que no se llevara haciendo desde los tiempos de los faraones: usar abreviaturas y aplicar la economía del lenguaje.

Tampoco el idioma hacía algo novedoso: solo mostrar su plasticidad. Tan receptivo como siempre, se iba adaptando a los nuevos
formatos que traían los dispositivos digitales. En el e-mail, era más reposado (los textos, al fin y al cabo, tenían como destino un buzón). En los foros y los chats, resultaba más impaciente (eran conversaciones en tiempo real). Y ya en el XXI, las redes sociales obligaron a concentrar las ideas en pocas palabras: Twitter enseñó a escribir en titulares.

La escritura se ha ido ajustando a las pantallas pequeñas y a la rapidez de un lector apresurado que mira el móvil mientras camina, que lee en diagonal, que vive en un bombardeo de información.

La incomodidad de escribir con dos pulgares y el acelero digital están convirtiendo los signos de puntuación en una rémora para las conversaciones de móvil. En muchos teclados, ni siquiera están a mano. Por eso los textos de hoy vienen ligeros de puntuación y es habitual eliminar los que no resultan imprescindibles. Muchos se preguntan: ¿para qué usar el signo de apertura de la interrogación en un chat si retrasa la conversación instantánea en dos segundos?, ¿para qué usar un punto y coma, un signo de matiz, si requiere el esfuerzo de entrar a un submenú?

Ya lo avisó el filósofo Theodor Adorno: «La esencia histórica de los signos de puntuación se manifiesta en el hecho de que en ellos queda anticuado precisamente aquello que en otro tiempo fue moderno».

Las palabras van también a matacaballo. En las últimas décadas muchas han empezado a contraerse, como el finde, o a dejar la última sílaba por el camino, como insta en vez de Instagram. Da rapidez, familiaridad. Y hasta algunas empresas y administraciones se han dado cuenta de que hay que dejarse de rodeos y pamplinas. De los anglosajones han aprendido la «comunicación clara»: es mejor una frase sencilla, armada de sujeto, verbo y complemento, que una sentencia atiborrada de locuciones del pelaje de «habida cuenta de que».

Esto de ir por la vida a calzón quitado no deja tiempo para la cortesía. A principios del XX, la galantería, esa «expresión obsequiosa, cortesana o de urbanidad», era el tono común que se esperaba en las conversaciones. «Más de 75 proyecciones ofreció el culto ingeniero Sr. Navarro a la consideración del selecto y numeroso público que le escuchaba, y en el que figuraban muchas señoras, para las cuales tuvo frases de exquisita galantería», relataba el 4 de mayo de 1910 el Heraldo de Madrid.

El trato no se relajó un pelo después, en la dictadura de Franco. Había demasiado miedo para chulerías; demasiado temor escondido en lo que parecían modales de respeto. Pero en los años setenta, con el dictador en la cama y la democracia asomando, la lengua se soltó. Apareció una jerga canalla y descarnada: el cheli. Francisco Umbral la definió como «una rebelión léxica» que vino de los taberneros, los buscavidas, la cárcel y la droga. Los amigos se trataban de tronco, macho, viejo: palabras macarras que abrieron camino al loco o el cabrón que tanto usan los chavales de hoy.

¿Y la galantería? Hasta la palabra se perdió.

Jesús Castañón Rodríguez, autor de varios libros sobre lenguaje periodístico, ha dedicado muchos años a observar la evolución de las narrativas y las palabras del español. «Durante gran parte del siglo XIX, el lenguaje de los medios de comunicación era reflexivo, reposado, político, cultural y de tertulia. La oratoria y los párrafos extensos tenían un gran peso. A finales de siglo se buscó una expresión moderna, que Miguel de Unamuno caracterizaba como pasar de contadores de acusativos a una expresión a taquígrafo, para tender a la oralización y una notación más ligera. Predominaba la comunicación lógica de ideas mediante palabras», explica el periodista. En cambio, «en el siglo XXI destaca la comunicación emocional, la brevedad, las abreviaturas, los extranjerismos, la oralización, la rapidez en la lectura del mensaje y la traducción. El poder de comunicación lo tienen los géneros iconográficos y los sonidos que acompañan a las palabras».

El lenguaje evoluciona por el repiqueteo de los pulgares en los móviles; por las prisas que hoy nos infartan y mañana parecerán el paso de una tortuga. Dice Castañón que la autoridad de la comunicación no estará tanto en las palabras rasas como en las relaciones que se formen entre ellas y los formatos audiovisuales y tecnológicos. Entre los vínculos que afloren de las palabras, la música y las redes sociales «para destacar mundos envolventes, experiencias y vivencias compartidas». Y esto llevará —ya está llevando— a una «mirada global y emocional en la que cuentan más los sentimientos que el pensamiento lógico o racional». Allí, al fondo, en las tecnologías venideras, están las respuestas al futuro del lenguaje.

 

Este artículo de Mar Abad es uno de los contenidos del número 5 de la publicación trimestral impresa Archiletras / Revista de Lengua y Letras, disponible en kioscos y librerías.
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