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Rafael del Moral

17 Dic 2019
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Firmas

El español escrito y otras formas de escritura

La humanidad ha ignorado la escritura en la mayor parte de su trayectoria. Cuando la inventó, hace unos cinco mil años, quedó reservada a una élite. Solo hace unos trescientos inició su popularización, también de manera selecta porque la mayoría de las seis o siete mil lenguas actuales no se transmiten por escrito. Tampoco lo echan de menos sus usuarios porque utilizan otra de mayor tradición y arraigo. No debe sorprendernos. Mientras el íbero y el celtíbero se escribían, el vasco era lengua ágrafa, pero los vascos escribían en latín. E incluso cuando empezó a escribirse, y hasta épocas recientes, los vascos han escrito, y siguen haciéndolo, en castellano.

Tres fases pueden distinguirse en la historia de la escritura. La primera, la representación de la idea o escritura ideográfica (nos queda el chino); la segunda, la representación de la palabra o de la sílaba (nos queda el japonés); y en la tercera las vocales se independizan de las consonantes. Este gran paso se produjo cuando gente que hablaba griego se puso en contacto con poblaciones fenicias y adaptaron su sistema, un silabario, mediante la especialización de los signos para las consonantes y la adición de otros para las vocales. La primera letra del alfabeto griego, alfa, era en fenicio una consonante que se pronunciaba en la garganta, llamada aleph. Como ese sonido no existía en griego, quedaba el signo disponible para representar a la vocal ‘a’. La quinta grafía de la lista fenicia, la que produjo la épsilon, también pertenecía a una consonante innecesaria para los usos atenienses y sirvió para la vocal ‘e’. Cuando aquel alfabeto fue adaptado a la lengua latina, se abreviaron sus formas: a, be, ce, de… De ahí la nueva denominación: abecedario. Desde entonces, y han pasado muchos siglos, no se ha inventado nada mejor. Parecido procedimiento utilizó el arameo, sistema en el que se inspiran el hebreo y el árabe. La novedad con respecto a los sistemas de escritura anteriores consiste en limitar el número de signos, factor decisivo en la democratización de la lectura y de la escritura. Hoy nos parece tan evidente que cualquier otro estilo nos resulta anacrónico, o al menos contrario a las ideas prácticas de la comunicación escrita.

Sucedió por entonces que una lengua de pastores de la región itálica del Lacio (por la que nadie daba un duro allá por el año 753 a.C.) se sirvió del sistema inspirándose en el etrusco, que a su vez lo había copiado del griego, y llegó a ser primero la de Roma, luego la de la península Itálica, después la del Imperio, la del Mediterráneo y la de Europa. Desintegrado el latín, continuó la expansión con las lenguas herederas, especialmente el español, el portugués, el francés y el italiano. Se sirvieron igualmente del sistema latino las lenguas germanas, las celtas y buena parte de las eslavas. Las nuevas escrituras, como el finés, adoptan los signos latinos, y otras, como el suajili, se escribieron con el alifato árabe antes de pasar, en busca de mejor acomodo, a los signos latinos. Y también lenguas asiáticas como el uzbeco, que empezó a escribirse en cirílico, o el vietnamita, que utilizó los ideogramas chinos. Hemos llegado a una situación en la que todo usuario está más o menos obligado a conocer el abecedario latino aunque su lengua se escriba con otros caracteres.

Pero el alfabeto o abecedario, que tan útil nos parece, es de por sí un instrumento imperfecto porque las cuerdas vocales y las cavidades bucales que lo inspiran, y que funcionan como cajas de resonancia, son distintas en los hablantes. Con diferencias tan marcadas se hace necesario abstraer, fijar por el uso la escritura de los distintos sonidos. Precisamente por eso las convenciones varían de una lengua a otra.

Más complicado resulta el sistema de transcripciones de sonidos y la artificialidad de los signos que los representan. El francés y el inglés, que son lenguas especialmente complejas en sus sistemas de escritura, necesitan para los estudiantes extranjeros una transcripción. La dificultad se agudiza en el proceso de adecuación de un préstamo. Para regularizar el universo de sonidos, los lingüistas crearon el Alfabeto Fonético Internacional (AFI) en busca de elementos gráficos que representen los sonidos de las lenguas del mundo. Parece claro que la escritura es un código secundario con respecto al habla y que acepta gran variedad de signos, y también que ningún sistema de escritura, que al fin y al cabo solo tiene valor simbólico, puede representar fielmente la libertad expresiva del habla oral.

Algo más de dos decenas de alfabetos son actualmente utilizados. Aunque en su aspecto externo parecen muy distintos, la mayoría respeta los principios establecidos por
primera y última vez por la escritura griega en el primer milenio a. C. Aquel ajuste conquistó la civilización. Desde entonces los principios no han sufrido reforma alguna.
¿Es normal que en treinta siglos no se haya inventado nada más eficaz?

El novelista colombiano Gabriel García Márquez inauguró el primer Congreso Internacional de la Lengua Española celebrado en Zacatecas (México) con un discurso dedicado al «dios de las palabras», en el que dijo: «Jubilemos la ortografía, terror del ser humano desde la cuna: enterremos las haches rupestres, firmemos un tratado de límites entre la ge y jota, y pongamos más uso de razón en los acentos escritos, que al fin y al cabo nadie ha de leer lagrima donde diga lágrima ni confundirá revólver con revolver. ¿Y qué de nuestra be de burro y nuestra ve de vaca, que los abuelos españoles nos trajeron como si fueran dos y siempre sobra una?». El mundo hispánico, enamorado de la estética de su escritura, se le echó encima. Esa simbiosis entre la imagen acústica y la gráfica se fija tanto que resulta imposible alterarla. Para muchos lingüistas la propuesta no era descabellada, pero silenciaron su opinión a favor del sentir popular. Más vale no recordar ahora que la Academia explica la Ortografía en «solo» 864 páginas.

La simplificación de la ortografía sería un bien para los que aprenden, y un sobresalto para quienes la conocen. Dos escrituras fueron alteradas, sin consultar a los usuarios, en el siglo XX y ambas reformas contribuyeron a facilitar el aprendizaje. Una la llevó a cabo Mao Zedong en 1956. Consistió en simplificar los ideogramas chinos porque algunos necesitaban hasta 36 trazos. El allanamiento facilitó el acceso a la cultura, pero ni Taiwán ni Hong Kong ni Macao aceptaron la reforma, así que hoy necesitan añadir a sus caracteres tradicionales los modificados. La otra, también impuesta, la hizo Atatürk para el turco, que durante la época otomana se escribió con el alifato árabe. Desde el 1 de noviembre de 1928, como paso vital en el programa de reformas de integración social, fue sustituido por el alfabeto latino.

Algunos lingüistas acariciaron la idea de dotar a la humanidad de sistemas de escritura eficaces, de formas ideológicas fáciles de aprender para que cualquier hablante pudiera entenderse con otro por escrito, como sucede ahora con los distintos dialectos chinos. También las modernas colecciones de emoticonos podrían servir, con una gramática sencilla, para comunicar cualquier idea. La escritura de los números, que bien pueden servir de ejemplo, coincide en todas las lenguas, aunque algunas de ellas como el chino y el hindi dispongan también de sus propios caracteres.

Lo que resulta evidente es que no hacemos todo lo que podríamos hacer para facilitar la escritura. Las lenguas con normas antiguas disponen de sistemas complejos. El más reconocido dramaturgo inglés después de Shakespeare, George Bernard Shaw, fue gran defensor de la simplificación de la ortografía inglesa. Se le atribuye la invención de la palabra ghoti que habría que pronunciar fish porque gh es /f/ en laugh (reír); o suena /I/ en women (mujeres); y ti es /ʃ/ en nation, /ˈneɪʃən/ (nación). Bernard Shaw dejó su fortuna para contribuir a la racionalización de la ortografía inglesa. No hace falta añadir que no sirvió de nada. El lingüista francés André Martinet, por su parte, indicaba que los jóvenes estudiantes dedicaban unas seiscientas horas a estudiar ortografía, y nunca acababan de aprenderla. El estudio de otras materias más instructivas podría, según pensaba, beneficiar la formación. En 1988, en pleno debate sobre la ortografía, un sondeo mostraba que el noventa por ciento de los maestros franceses, encargados de enseñarla, se mostraban favorables a la reforma. ¡Voces aisladas en un universo complaciente con las enmarañadas grafías!

El español es una lengua bastante exacta desde el punto de vista fónico, y mucho más ajustada que la mayoría de las lenguas modernas en la relación acústico-gráfica. Sus 5 vocales y sus 17 o 19 consonantes garantizan una comprensión mucho más audible, más cómoda que la que ofrece el francés o el inglés. Sin embargo, las faltas de ortografía se incrustan como fantasmas en cualquier texto. Tampoco consigue resolver situaciones tan evidentes como la pronunciación de Saragosa, que es la más universal entre los hablantes, frente a la de Zaragoza que es la generalizada en la escritura. Cuando la Academia acordó suprimir la p de septiembre porque ya nadie la pronuncia, el pueblo de Madrid se alzó en cólera contra el Ayuntamiento tras aplicar la norma en el nombre de una calle, la avenida 25 de Setiembre. Hubo que cambiar los rótulos y añadir la p. El aprecio a nuestra lengua impedirá, parece claro, cualquier reforma.

 

Próxima entrega
Fundamentos históricos de dos lenguas universales: inglés y español
Las lenguas acompañan a sus hablantes. Se encargan estos, y sus obras, de transformarlas en más o menos universales. Las razones son tan difíciles de explicar como intrincadas. ¿Por qué el inglés y no el francés o el español o cualquier otra lengua se ha alzado como la más recurrente para la comunicación universal?

 

Este artículo de Rafael del Moral es uno de los contenidos del número 5 de la publicación trimestral impresa Archiletras / Revista de Lengua y Letras, disponible en kioscos y librerías.
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