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Concepción Maldonado

11 Feb 2021
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Firmas

«¿Bien o en familia?»

Estábamos recién casados. Nuestras primeras vacaciones con ese libro de familia azul que ahora tiene rellenas cuatro páginas más habían transcurrido en Galicia, entre bosques, playas y buena comida. La vuelta al trabajo, en septiembre, supuso la primera crisis en la hasta entonces casi idealizada visión que yo tenía de ese santo varón que aún hoy es mi marido. Una y otra vez, cuando quedábamos con nuestra gente (padres, hermanos, amigos; sobre todo, con sus amigos), a la pregunta esa de cortesía de «¿Qué tal las vacaciones?», le oía yo responder resumiendo nuestro mes de agosto con un «Ya sabes…Yo, en familia, como en el chiste». Y todo el mundo se reía. Menos yo, claro, que desconocía el chiste de marras… Así que pregunté. Y la respuesta («¿Qué tal las vacaciones? ¿Bien o en familia?») no me gustó; me escoció, de hecho. Porque «la familia» ahora era yo, y maldita la gracia que me hacía una broma basada en el valor de exclusión de esa «o».

¿Que qué poco sentido del humor tenía yo entonces? («¿Solo entonces?», protestarían en mi casa). No diré que no… Pero añadiré en mi descargo que soy profesora de Lengua y, me temo, llevo en el ADN el análisis de la realidad a partir del análisis de nuestros usos lingüísticos. Y por eso sé del daño que una conjunción copulativa disyuntiva puede hacer cuando es utilizada en el discurso para eliminar cualquier rastro de las opciones que no nos interese contemplar. Es ese el caso de todas las veces que queremos hacer creer que en la vida las cosas son «o de color blanco o de color negro», y procuramos así ignorar toda esa gama de grises que definen nuestra realidad cotidiana; o como cuando gritamos con orgullo que nuestra única opción es «vencer o morir», y despreciamos así a tantos supuestos perdedores que nos derrotan con sus vidas. Y, sin ponernos tan profundos, recordemos juntos cómo, en mis años mozos, que te preguntaran «¿Estudias o trabajas?» era la forma torpe y zafia con que en las discotecas se te acercaban aquellos seres a los que, después de haber dicho eso, tú no volvías a mirar en toda la noche. Hoy, unos cuantos años más tarde, las estadísticas demuestran que entre los alumnos universitarios esa pregunta no sería en absoluto pertinente, dado que ya en 2014 el 67 % de los matriculados compatibilizaba ambas actividades (hoy, seis años más tarde, ¿habremos alcanzado ya el 90 %?). Y es que las partículas con que engarzamos las partes de nuestro discurso dicen mucho de nosotros mismos y de nuestra visión del mundo. Aquel «pobre, pero honrado» que tan halagador pretendía ser hace años hacia la persona así calificada no era sino una estigmatización y una valoración negativa para todas las personas sin recursos económicos suficientes. De hecho, si queremos conocer qué estereotipos caricaturescos definen los distintos perfiles sociales en nuestra sociedad, nada mejor que buscar expresiones que incluyan un «pero» con el que, se supone, intentamos describir una excepción; encontraremos todo tipo de clichés demoledores y, por supuesto, peyorativos y políticamente incorrectos, esos que dan origen a los chistes sobre rubias que no piensan, o sobre cuerpos atléticos sin cerebro alguno… (Miedo me da haber escrito aquí esos ejemplos, aunque espero que en este contexto sepan disculparlos. De todas formas, y por eso de no herir susceptibilidades, vaya por delante que casi cumplo los dos requisitos anteriores: fui casi rubia, y mi cuerpo es casi atlético; lo que ya no me atrevo a decir yo es si al describirme la gente añadiría un «pero casi sabe pensar»).

De hecho, y si dejamos los chistes aparte, resulta evidente que esa conjunción adversativa «pero» contiene tal carga de profundidad que cualquier hablante nativo de español espera con terror las palabras que la siguen, ante oraciones del tipo «No, si yo no digo que no sea bueno, pero…», o «No te lo tomes a mal, pero…»; e, incluso, temblamos cuando aparece con su efecto destructor y, a menudo, devastador («Te quiero muchísimo, pero…»).

¿Y qué decir de ese «que» completivo que, antepuesto a cualquier palabra, la convierte en respuesta repetida (a veces, impertinente) ante preguntas quizá demasiado repetidas? Comparen, si no, la distinta situación comunicativa que nos imaginamos ante estos dos diálogos aparentemente tan parecidos: «¿Te gustó mi regalo?». «¡¡Sí!!». / «¿Te gustó mi regalo?». «¡¡Que sí!!». A pocos hablantes nativos de español se les ocurriría imaginar el segundo caso como una respuesta ilusionada y agradecida; casi todos completaríamos con naturalidad el diálogo con un «¡¡Que sí, pesado!!». Y es que no es lo mismo un «Sí, cariño» que un «¡Que sí, cariño»; ni nuestros nietos se sientan a la mesa con la misma actitud (ni con la misma rapidez) cuando desde la cocina decimos «¡Ya está la cena!» que cuando avisamos «¡Que ya está la cena!».

Pensemos también en aquellas partículas que sirven para reforzar o aumentar el carácter negativo o positivo de los argumentos con que llegamos a una conclusión a partir de otros argumentos anteriores, como sería el caso de «aún peor» o de «aún mejor». Nadie se extrañará de su uso si nuestra visión del mundo coincide con la visión del mundo de quien está enumerando su particular lista de desgracias o de sucesos afortunados. Veamos, de nuevo, un ejemplo casi autobiográfico: «Nunca estuve en Hollywood, nunca me presentaron a Harrison Ford; aún peor, nunca nadie me lo va a presentar». O, desde otro punto de vista, «He visto todas las películas de Indiana Jones y me sé todos sus diálogos de memoria; aún mejor, conozco y sé interpretar todos sus gestos». Entiendo que todos los lectores habrán captado la escala gradual que he dado a mis argumentos, con independencia de si la comparten o no. Comparen, en cambio, con estos otros enunciados que, si ya me van conociendo un poco, jamás imaginarían saliendo de mi boca: «¡¡Me llamó Indi!! Viene a Madrid y quiere verme. Me ha leído en Archiletras y está deseando conocerme en persona; aún peor, me ha pedido que sea su cicerone en Madrid toda la semana». Estas frases son perfectamente válidas, están bien redactadas y no contienen un solo error gramatical; y, sin embargo, el uso de ese «aún peor» convierte todo lo enunciado en un cúmulo de sucesos desafortunados que yo percibo como una desgracia. Craso error el mío si realmente elegí ese conector discursivo…

Preposiciones, conjunciones y otras partículas discursivas son palabras en las que un hablante nativo apenas repara porque su función es hacer de ese cemento poco visible que une en nuestros mensajes los ladrillos visibles (las unidades léxicas, las palabras). No seamos ingenuos. Las casas se caen si el cemento utilizado no se elaboró con los materiales adecuados; del mismo modo, nuestro discurso se derrumba, o se mantiene firme, o crea muros insalvables, en función de la solidez de nuestra construcción discursiva.

Hoy, casi treinta años después de aquel verano en Galicia, ya con hijos, nietos y canas a las espaldas, soy yo la que, con una enorme sonrisa que nace de dentro, resume cómo han ido sus días de asueto con un cariñoso «En familia».

 

Este artículo de Concepción Maldonado es uno de los contenidos del número 9 de la publicación trimestral impresa Archiletras / Revista de Lengua y Letras.
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