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Concepción Maldonado

03 Abr 2019
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Firmas

Batallitas de la abuela…

Mi nieta aún es pequeña, pero ya sabe ponerme ojos de asombro. Y esos son los ojos con los que me mira, cada vez con más frecuencia, a medida que crece.

No deja de sorprenderme, tan pequeña aún, con ese criterio propio que ya se gasta cuando me pregunta, con pasmo, todo lo que no entiende de lo que los mayores hacemos o decimos.

La primera vez que no quiso dormir la siesta, decidí jugar con ella al trenecito. Pues bien, iba yo por el pasillo, a toda velocidad, con ella detrás agarrada a mi cintura, cuando frenó en seco y me espetó: «Abuela, ¿por qué doblas así el brazo y mueves el codo delante y atrás? ¿Y por qué chillas tanto? ¡Que se va a despertar el abuelo!». (Mi nieta vive en Sevilla y, claro, jamás había el AVE salido de Santa Justa con tanto estruendo: «¡Piiiiiiii!, ¡chucu, chucu, chucu, chucu, chucu ,chu!, ¡piiiiii, piiiiii!»).

Un día fuimos al zoo. Y cuando fui a hacerle una foto y le dije que sonriera, que ya iba a salir el pajarito, la foto salió movida porque se volvió, nerviosa, buscando por todos lados el guacamayo que acabábamos de ver en una exhibición, y que, por supuesto, no apareció por ningún sitio.

Otro día su padre me quiso contar lo lista que era su hija, estando ella delante. Así que yo, en un intento de evitar que a mi nieta se le subiesen los humos, le corté con un «Luego me cuentas, hijo, que ahora hay ropa tendida». Estábamos en el pueblo y mi nieta, ni corta ni perezosa, salió corriendo al patio para ayudar a destender la colada, sin que le importara mojarse con una lluvia que, para su sorpresa, ni estaba cayendo ni amenazaba con caer…

Mi nieta es pequeña, pero ya usa la lógica. Y por eso, en Navidades, cuando ella canta «Hacia Belén va una burra cargada de chocolate», lo que lleva el animalillo a cuestas es «su chocolatera, su molinillo y su gofre» (y no su anafre, como dice la letra). Porque mi nieta ni ha visto nunca un anafre ni sabe que ese es el nombre del horno portátil que usaban los pastores para calentar los alimentos en el campo; y porque en su experiencia gastronómica, y por similitud fonética, es el gofre, calentito y bien bañado con chocolate, lo que parece que pide la canción. (Por supuesto, para mi nieta el molinillo es una flor de colores brillantes que gira con el viento, y no ese utensilio de madera que yo heredé de mi madre y con el que remuevo el chocolate que aún hoy hago de forma artesana para acompañar el roscón cuando todos vienen a casa la noche de Reyes.)

Mi nieta es aún pequeña y todavía no sabe poner ojos de «¡Ay, señor, qué paciencia hay que tener con los mayores!», pero estoy convencida de que a veces lo piensa cuando está conmigo.

Recuerdo aquella vez que me oyó salir por peteneras: «¿De dónde vienes? Manzanas traigo». Mi nieta, preocupada por si me había quedado sorda o, lo que era aún peor, por si estaba empezando ya a perder la chaveta, se lo contó a su padre nada más verle: «Papá, que la abuela ya no oye bien; que yo estaba venga a pedirle que me comprara chuches y ella solo decía que no, porque ya había comprado manzanas…».

O el día que hojeando juntas una revista en el sofá, un sábado por la tarde, se me escapó un «¿Pero quién será este pollo tan elegante? ¿Le conoces?», y la pobrecita mía me miró, suspiró, y estoy segura de que pensó que yo era más de pueblo que las amapolas, porque solo a mí se me ocurriría ver como aves de corral a esos pedazo de actores que posaban de smoking en plena alfombra roja de Los Ángeles…

Lo que mi nieta no sabe es que yo también fui nieta. Y que cuando mi abuela a veces se despistaba y nos mandaba a por una perra chica o una perra gorda de churros, nosotros la mirábamos sin entender por qué no nos hablaba en pesetas, igual que ahora mi nieta me mira extrañada cuando le digo que no me queda ni un duro en el monedero («¿Y un euro, abuela? Un euro sí te quedará, ¿no?»).

Ahora yo soy la abuela, y mi nieta me mira… Y no comprende la mitad de lo que digo, con tantas expresiones hechas con palabras que hablan de realidades para ella tan desconocidas como inimaginables. Mirándola, me veo yo, de niña… Y recuerdo a mi abuela diciéndonos que teníamos más cuento que Calleja cuando mis hermanos o yo alegábamos dolor de tripa para no comernos el filete de hígado; y todos nos preguntábamos quién era el tal Calleja (aunque sus libros estuvieran en casa, ya viejos y desencuadernados, heredados de la biblioteca infantil de mi madre…).

Cuando mi nieta se me queja de que el Capitán Trueno, Goliath y Crispín hablan muy raro («Abuela, ¿quién llama hoy bellaco y malandrín al enemigo?»), y cuando me dice que los superhéroes de ahora sí que molan y lo que flipan con tanto rayo gamma y tanta gaita, yo me acuerdo de mi padre, cuando nos leía en voz alta sus historias de Roberto Alcázar y Pedrín, y nosotros no podíamos creernos, tampoco, que los enfrentamientos con los villanos fueran salpicados de expresiones como ¡Carape!, ¡Carraspeta! o ¡Recastaña!, que nunca habíamos oído.

Mi abuela nunca supo idiomas. Y hasta que no fui mayor no descubrí que el cuento de Juanito y Margarita que ella nos contaba era el cuento de Hansel y Gretel…, dos nombres extraños que ella no necesitaba para nada a la hora de contarnos lo listos que eran esos dos hermanos, capaces de engañar a la bruja con una pata de pollo… También nos hablaba mucho de cine, y nos contaba lo que le gustaban al abuelo las películas de Jon Baine (John Waine) y a ella, las de Clar Gable (Clark Gable) y Bete Davis (Bette Davis), así pronunciados, tal cual se leían. Sin complejos.

Mis hermanos y yo nos reíamos de la pronunciación de mi abuela. Hoy mi nieta se ríe de la mía cuando digo guachás o Yutube, o cuando pronuncio influencer así, tal cual lo leo, como palabra llana… Y me intenta corregir («Abuela, así no, que se van a reír de ti…»). Y me acaba dejando por imposible.

Mi nieta aún es pequeña, sí. Pero, dada esa capacidad suya de preguntarse de forma analítica por la esencia del lenguaje, ya sabe ponerme ojos de asombro. Y esos son los ojos con los que yo también la miro. Y, al mirarla, veo en ella mi pasado y su presente, tan cambiante, a medida que crece.

 

Este artículo de Concepción Maldonado, Lexicógrafa, editora y profesora de Lengua, es uno de los contenidos del número 2 de la publicación trimestral impresa Archiletras / Revista de Lengua y Letras.
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