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Daniel Díaz

25 Nov 2021
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Firmas

Un árbol es un árbol

Quería pintar mi despacho de color azul, así que acudí a una tienda de pinturas. Buenos días, dije. Quiero un bote de pintura azul. El dependiente, muy amable, me preguntó qué tonalidad de azul había pensado. Azul, insistí. Ya entiendo, volvió él, veamos… azul marino, azul náutico, índigo, celeste, glacial, eléctrico, turquesa… Al ver que mi gesto de agobio iba en aumento, el tipo paró de enumerar y me sacó un muestrario inmenso con centenares de azules distintos. Pasé las páginas del muestrario igual que una vaca mira un tren, y señalé un color al azar: ¡Este!, dije. Excelente elección, añadió el dependiente con cierta sorna. ¿Desearía algo más?, me preguntó. Sí, añadí: una brocha. El hombre sonrió y volvió a la carga: Brocha grande, pequeña, redonda, ergonómica, plana, esquinera, de espuma… ¡Esa!, dije señalando una de las brochas del expositor.

De camino a casa, con mi bote de pintura azul petróleo y mi brocha mediana de cerdas naturales, me acordé de los inicios de Macondo, cuando «el mundo era tan reciente, que muchas cosas carecían de nombre, y para mencionarlas había que señalarlas con el dedo». Sin embargo hoy, aquí, en este viejo mundo, las cosas son tantas y tan variadas, que a menudo los nombres saturan el spam de la memoria hasta el punto de bloquearte el sistema. Al menos en mi caso, cuando escribo, sufro a veces de ansiedad debido al flujo excesivo de palabras que evoca mi mente, como si entre la cabeza y el texto mediara un embudo: la parte del cono demasiado ancho estaría en el lado del pensamiento, y el cilindro demasiado estrecho en los dedos que teclean. Y claro, cuando el embudo se obstruye, no consigo hilar dos frases de continuo. Algo que suelo hacer en estos casos es la llamada «escritura automática», técnica realmente efectiva para desatascar el embudo, aunque poco o nada práctica de cara al lector. La «escritura automática», también llamada «fluir de conciencia», es una técnica experimental vinculada, en sus inicios, al surrealismo (su máximo exponente fue el teórico y poeta francés André Breton). Básicamente consiste en volcar tus pensamientos sin filtros ni coherencia hasta conseguir vencer la censura que ejerces sobre tu inconsciente, transformando el embudo en un tubo de extremos igualmente gruesos.

A menudo el resultado causa sorpresa, libera e incluso asusta, pero carece, como digo, de efectos prácticos más allá del desatranque puntual propiamente dicho. De hecho, hoy existen más libros de técnicas para aprender a escribir en escritura automática que libros escritos en escritura automática. ¿Quién, en su sano juicio, mostraría interés por leer el inconsciente en bruto de nadie, ni siquiera el de uno mismo?

A fin de cuentas, escribir es elegir las palabras apropiadas. Y con independencia del número de términos que sobrevuelen tu cabeza, conviene aprender a domesticar los pensamientos y, en consecuencia, las palabras que los nombran. Cabe añadir que una buena idea mal expresada pierde su esencia y nace muerta a ojos del lector, por mucho y bien que viva en tu cabeza. Lo ideal sería pensar igual que escribes y no al contrario, pero a menudo el flujo de pensamientos excede los propios límites del papel. Si observamos, por ejemplo, nuestro entorno, evocamos palabras vinculadas con nuestra propia experiencia que solamente entenderíamos nosotros y nadie más. Trasladar ese entorno al lector, tal y como nosotros lo vemos, implica a su vez un esfuerzo añadido que pasa, como digo, por domesticarte. O por venderte al otro, si lo prefieres. Observas a un joven con su mascarilla quirúrgica bajada hasta la barbilla y fumando, y ese humo evoca palabras gruesas que no procederían ser escritas. Gris, palíndromo, baile, sacaleches, hubiera servido. Buscas extraer conciencia o belleza en esa imagen, pero el entorno te obliga a acatar el redil de la autocensura: fumar en la calle y en plena pandemia está feo. Luego piensas el porqué del recorrido de tus propios ojos. ¿Qué te llevó a fijar la vista precisamente en él, y por qué deberías escribir acerca de esto? ¿Hasta qué punto somos libres de decir lo que pensamos y escribir lo que el lector presupone que pensamos? ¿Habrán domesticado otros nuestro propio pensamiento y a pesar nuestro? ¿Qué palabras definen lo que intento decir? ¿Brecha, obsolescencia, lirio, casa?

El orden es lo adecuado. La empatía. La cordura. Cuando escribo cuentos para mi hija de seis años, pienso exclusivamente en ella. La palabra «psicoanálisis» no cabe en ese cuento; tampoco «enema». Escribir para otros implica infantilizar nuestras ideas hasta convertirlas en puré fácilmente digerible. Y esto, aunque sugiera lo contrario, supone una ventaja en ambas direcciones: ayuda a domar el caballo desbocado que llevamos dentro, y ayuda también a entretener al lector. Nos convertimos en espejo del mundo que nos tocó vivir, y ese espejo nos guía por el camino correcto de la cordura. La imaginación es un terreno poco o nada explorado; y las palabras que lo conforman, todavía menos. Se supone que vivimos de recuerdos y de traumas, pero nadie nos enseña a ordenar los pensamientos (aunque podemos aprender a «ordeñarlos», si me permites el juego). Un árbol es un árbol tanto dentro como fuera de nosotros, aunque sus ramas evoquen los brazos o los abrazos no consumados en tu infancia. Hay que escribir la palabra «árbol», no queda otra. Y que luego el lector evoque lo que le dé la gana.

Si algo aprendí de aquel Macondo fue a señalar lo importante con el dedo y a buscar después la palabra exacta capaz de definir la «cosa» en cuestión. A fin de cuentas, la principal responsabilidad de un escritor es hacer volar cabezas diferentes a la propia, y esto requiere de un esfuerzo añadido que pasa por amarrar bien fuerte tus ideas. Y acotarlas.

Y limar las asperezas, eliminar astillas, soplar las virutas y barnizar después. Igual que un ebanista. Por descontado, es mucho más tedioso y difícil corregir que escribir, del mismo modo que es más difícil criar a un hijo que hacerlo. Y aprovechando el símil, a veces suprimir palabras es como matar a un hijo. Pero una vez trasladas tus ideas al papel, esas ideas ya dejan de ser del todo tuyas, y esos hijos condenados a morir pasan a ser adoptados, o fruto de vientres de alquiler, o del vecino. Dan pena, sí, pero no tanta como daría matarlos en tu cabeza . Y añado, por si quedaba alguna duda: aquel azul petróleo que compré para pintar mi despacho, no llegué a utilizarlo. No es el azul que yo quería. Y en consecuencia, tampoco la brocha.

Este artículo de Daniel Díaz es uno de los contenidos del número 11 de la publicación trimestral impresa Archiletras / Revista de Lengua y Letras.
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