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Daniel Díaz

05 Abr 2021
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Breve biopsia del lenguaje interior

Cuando hablamos de tipos de lenguaje, nos vienen a la mente el oral, el escrito y el gestual, pero nunca pensamos en el lenguaje interior que motivó ese preciso pensamiento. La paradoja podría explicarse a través de la fábula que expuso David Foster Wallace en su discurso Esto es agua, cuando dos peces jóvenes se cruzaron con un pez mayor y este les dijo: «Buenos días, chicos. ¿Cómo está el agua?». Los peces jóvenes siguieron su camino hasta que uno de ellos miró al otro y le dijo: «¿Qué demonios es el agua?». Los pensamientos, los monólogos o los diálogos que mantenemos con nosotros mismos serían para el lenguaje lo que el agua es para un pez joven: no existen desde un punto de vista lingüístico porque forman parte sustancial de nuestro propio ser. No pertenecen al lenguaje porque no concebimos que el emisor y el receptor se reduzcan a una sola persona.

Aunque no siempre es fácil materializar nuestra voz intramuros. Los pensamientos no controlados serían la variante gaseosa y volátil del lenguaje interior. Discurren en una suerte de limbo lingüístico porque las palabras bailan, o se presentan borrosas, o desordenadas, o adjuntan imágenes, o música incluso. En ocasiones guardan cierta estructura de relato cuando derivan en recuerdos concretos o en la recreación de fantasías, aunque en ambos casos las palabras no sacien lo suficiente y su formato tienda más a lo visual. La intuición, por su parte, podría ser considerada el hermano díscolo del pensamiento en lo que al lenguaje se refiere: no es posible traducir un impulso intuitivo al lenguaje común, ni conozco forma humana de expresarlo con palabras.

El monólogo interior, sin embargo, contiene los mismos matices que cualquier discurso convencional, aunque con la salvedad de no disponer de un receptor real que interactúe. O si bien el emisor o el receptor es alguien concreto evocado en tu imaginación, nunca saldrá de los muros de su propio pensamiento. El monólogo puede tomar la forma de reproche, o de consejo hacia uno mismo, o incluso de ensayo de discurso hacia otros, en cuyo caso tendemos a imaginar sus reacciones. Y a menudo fantaseamos con la réplica del interlocutor a nuestro propio discurso, estableciendo un diálogo figurado muy cercano al literario. Dotamos al receptor de sus mismas expresiones, reacciones, gestos, tono de voz, etcétera, igual que en la vida real, recreando un flujo de pensamientos prácticamente palpable. Yo, por mi parte, soy muy dado a este tipo de ejercicios y tiendo con frecuencia a visualizar futuras conversaciones con citas inminentes. Aunque nunca, sin excepción, terminan transcurriendo igual que en mi propia cabeza. En este apartado podría incluir encuentros con proyectos de novias, discursos de ruptura con futuras ex, o incluso entrevistas de trabajo. Normalmente no falla tanto el interlocutor como mi propia reacción a su presencia: en mi cabeza siempre funciona mejor. Es difícil, por no decir imposible, reproducir mentalmente los efectos de la presencia física del otro. Hay una brecha insalvable entre el mundo interior y la realidad de las cosas que tampoco mejora con la edad y la experiencia.

Pero en el ámbito de los diálogos interiores, cabría incluir los mantenidos entre dos variantes de uno mismo (tu ángel y tu demonio), de cara a sopesar los pros y los contras de cualquier dilema. Descartando conductas bipolares, este supuesto no presenta líneas de diálogo diferenciadas entre una postura y la contraria, ni voces distintas, sino diluidas dentro de un mismo discurso. Un ejemplo: «Mañana tengo que ir al dentista aunque odio el dentista me supera no puedo con el sonido del torno ñiii ñiii ñiii percutiendo en los dientes y tengo las encías demasiado sensibles pero es mejor quitármelo de encima lo antes posible o acabaré lamentándolo anda venga no me seas cobarde tío que ya tienes cuarenta y dos años». La falta de signos de puntuación no es casual: El lenguaje interior no respeta las normas ortográficas. Se piensa de seguido, como un torrente. Por otra parte, el ángel y el demonio se distinguen porque defienden posturas totalmente opuestas. Son dos voces dentro de una misma voz, que podrían diferenciarse diseccionando el pensamiento y adjuntando guiones y funcionaría como cualquier diálogo convencional. Pero existe un modo más fácil de diferenciarlos. Al menos en mi caso, tiendo inconscientemente a alternar la primera y la segunda persona. Paso del «yo» al «tú» sin darme cuenta, aunque la elección sugiera pistas reveladoras. «No puedes pensar en ella tío estás casado quítate esa idea de la cabeza aunque creo que pensar no hace mal a nadie no sé no estoy haciendo nada malo y jamás sucumbiría a una tentación así lo tienes claro ¿no?». La segunda persona, en este caso, sería el ángel.

Y no hay silencios. En los pensamientos el silencio no existe. Puede atenuarse la voz hasta casi resultar imperceptible, o puedes forzarte a pasar de un tema espinoso a otro más liviano, pero el lenguaje intramuros tiende a la hiperactividad, máxime si te sobrevuelan preocupaciones u obsesiones temporales. Los pensamientos insistentes equivalen a la negrita en los textos, a las mayúsculas, al subrayado. En esos casos te presentas como un lector maniatado a una silla, delante de un libro que no elegiste y sin poder pasar página. De nada vale cerrar los ojos: no hay párpados para el pensamiento. Sucede también cuando una canción, un estribillo, te martillea la cabeza convirtiéndose en tu banda sonora por defecto. Surge incluso cuando hablas con alguien y te cuesta prestarle atención. Es más difícil quitarte de encima una canción que cualquier otro pensamiento, imagen o sensación. Aunque, en honor a la verdad, todo lo aquí expuesto no es más que una apreciación personal. Me centro en mi propia experiencia con el lenguaje interior porque no encuentro el modo de cotejarla con otros. No hay literatura interior en bruto que ofrezca luz sobre esto. Cualquier mínimo intento se presenta edulcorado y adaptado al lector medio. Sospecho que la clave se encuentra en el siguiente fragmento de Trópico de Cáncer de Henry Miller: «Si algún hombre se atreviera a expresar todo lo que lleva en el corazón, a consignar lo que es realmente su experiencia, lo que es verdaderamente su verdad, creo que entonces el mundo se haría añicos, que volaría en pedazos, y ningún dios, ningún accidente, ninguna voluntad podría volver a juntar los trozos, los átomos, los elementos indestructibles que han intervenido en la construcción del mundo».

 

Este artículo de Daniel Díaz es uno de los contenidos del número 9 de la publicación trimestral impresa Archiletras / Revista de Lengua y Letras.
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