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Carlos Mayoral

20 Ene 2020
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Machado, privilegios de la simplicidad

Corría 1939 como corren los años vacíos: el negro teñía los precedentes, el gris los venideros. La atemporalidad hace que duela tanto Machado ahora como dolía entonces. Ocho décadas más tarde cuesta imaginarse a ese hombre que en tres años había demacrado sus facciones asomado al balcón de la pensión de Colliure, observando la luz inimitable de la costa occitana, aquellos días azules de la infancia bien amarrados a sus últimos versos. Más ligero de equipaje que nunca, ese lejano febrero murió en el exilio, olvidado, derrotado. Apagada su voz por los gritos que le exigió la situación de un país oscurecido por la sombra cainita de siempre, directamente sepultada más tarde por las cuatro décadas de infame dictadura. Por suerte, el verso siempre se impone a la voluntad del hombre, y la poética machadiana es vista hoy como símbolo de claridad estilística, de transparencia temática. Pero suele olvidarse que estos rasgos nacen de un sustrato lingüístico absolutamente límpido; de la capacidad del poeta por encontrar siempre la palabra exacta, por llana que fuese; de mantener el equilibrio entre la precisión, la armonía y el ingenio. Equilibrio disfrazado de aparente e inalcanzable sencillez.

Pragmática popular

Machado tiene una obsesión: que el lenguaje poético y el lenguaje popular se mantengan lo más cerca posible uno del otro. Así lo refleja en su Juan de Mairena, personaje intelectual al que acudiremos varias veces a lo largo del texto: «Escribís en una lengua madura, repleta de folklore, de saber popular, y ése fue el barro santo de donde sacó Cervantes la creación literaria más original de todos los tiempos». Persiguiendo ese folklore elige como maestros a dos poetas extraordinariamente populares, cuyo verso huye de la métrica retorcida para clavarse en el entrecejo del imaginario de la plebe: por un lado, Jorge Manrique, quien en plena juventud del castellano elaboró unas coplas tan inteligibles ahora como entonces; y, por otro, Bécquer, que al romanticismo le arrebató la cadencia enrevesada para darle el toque popular que calase en el lector.

Decía Jakobson que un lingüista sin interés por la función poética del lenguaje y un poeta sin interés por el problema lingüístico son dos anacronismos flagrantes. A Machado, ese interés por el idioma le lleva incluso a idear el personaje del profesor de retórica. Es decir, en su estrofa hay una voluntad clara de dirigirse de una manera, si no didáctica, al menos comprensible, a una clase que habitualmente no consume poesía. Desde el punto de vista de la pragmática lingüística, esta sentencia marca toda su obra. Como bien indica Ohman, la poesía persigue actos de habla que no tienen otra forma de existencia que la propia poesía. Bien, Machado acerca ese mismo acto de habla al borde mismo del acto de habla habitual, pero lo mantiene en el punto exacto en el que aún permanece inalcanzable. Es la gran fuerza de su poética.

Estilo llano

Analizar el lenguaje machadiano solo certifica la impresión de sencillez. Se ayuda a menudo del tono narrativo, y además utilizando el pasado, lo que suele traducirse en un lector interesado por una historia, no solo por el sentimiento del poeta. Otra categoría que le interesa en exceso es el adverbio, más aún si estos son de tiempo («ayer es nunca jamás», «hoy es siempre todavía»), con la intención de mantener al lector entre varios planos temporales. Los nombres comunes más representativos del alma machadiana suelen identificarse con aspectos muy cotidianos de la realidad: fuente, agua, piedra, río, tierra, mar… Sin artificios, sin bisutería. En cuanto a los sustantivos propios, Machado también busca identificar al pueblo con la estrofa. Suelen aparecer personajes muy populares, desde Carancha o Frascuelo (toreros famosos de entonces) hasta Mañara (personaje seductor del ideario español), pasando por numerosos pueblos, valles, ríos y mares de la geografía española, o elementos religiosos como Caín, Abel, Jesús y María.

Por el párrafo anterior ya se intuye que abunda en su obra el sustantivo, algo poco habitual dentro del ars poetica, más acostumbrada al adjetivo, categoría afín a la descripción y al lirismo. Esta preferencia se debe al afán machadiano por acercar la esencia de la realidad al lector, alejarse de la retórica vacía, del barroquismo insulso. En esa persecución de la cercanía aparecen los sufijos, tanto aumentativos (pedantones) como diminutivos (españolito). Más allá del efecto morfológico, fíjese el lector en cómo introduce estos elementos, nada poéticos en principio, para intentar seducir a un receptor que nada tiene que ver con la anacreóntica clase académica del XIX.

Desde el punto de vista sintáctico, Antonio Machado es probablemente uno de los poetas que menos retuerce el sintagma dentro del olimpo de nuestras letras. Poco dado al hipérbaton, al anacoluto, al solecismo y, en general, a cualquier recurso estilístico que alborote la sintaxis en exceso. Sí aparece la parataxis de manera continua, y a la hora de coordinar estos elementos es más dado al asíndeton, es decir, a la ausencia de nexos, que al polisíndeton. Quizás su recurso sintáctico más utilizado sea la anadiplosis, véanse los versos «pero lo nuestro es pasar, / pasar haciendo caminos» o el ya reseñado «hoy dista mucho de ayer. / ¡Ayer es nunca jamás!».

El legado

Esta aparente accesibilidad no llega, sobra decirlo, por casualidad. El poeta persigue deliberadamente ese estilo, y uno descubre que esa sencillez resulta inalcanzable cuando se intenta imitar. Ver cómo uno de los grandes poetas de nuestras letras se presenta ante el lector como uno más, como un elegido que utiliza recursos populares, a veces incluso fábulas, refranes, parábolas, proverbios o cantares, para viajar de la mano del resto, provoca incluso más admiración si cabe.

Eso sí, su estilo, tan llano como dificultoso, fue elegido por las generaciones posteriores como faro a la hora de desplegar sus versos. Empezando por el 27, una generación muy ecléctica y, en sus inicios, gongorista, pero en cuya mezcla destaca la cadencia asonante de Machado. La generación del 50 es, directamente, hija de la lírica machadiana. Tomaron al sevillano como símbolo contra la represión de la dictadura, y de esa simbología se extrae la célebre foto del grupo en Colliure, donde arranca este texto, el lugar donde falleció, masacrado por los años y las muertes, don Antonio. Desde ellos hasta nuestros días, la influencia es constante: la poesía de la experiencia, la poesía del conocimiento, los novísimos… El verbo claro y límpido de Machado pervive ocho décadas después. Porque hoy sigue siendo siempre todavía.

 

Este artículo de Carlos Mayoral es uno de los contenidos del número 5 de la publicación trimestral impresa Archiletras / Revista de Lengua y Letras.
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