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Carlos Mayoral

21 Oct 2019
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Firmas

El ‘hashtag’: la revolución gramatical del siglo XXI

Apenas había despertado el siglo que nos ve respirar actualmente cuando aparecieron casi de la nada, herencia de un lenguaje de programación basado en chats ochenteros, azuzados por el traqueteo cibernético que nos atropella. Se trata de los hashtags, esa revolución gramatical que ahora vemos aparecer por cualquier parte: desde los lemas políticos hasta la esquina publicitaria de la televisión, pasando por campañas solidarias o reclamos de audiencia. Frente a este auge, más aún en plena campaña, cupo preguntarme: ¿Qué demonios le aporta el hashtag al discurso para monopolizar así ciertos espacios? Me gustaría entrar, si tiene a bien usted cambiar de párrafo, primero en algunos matices lingüísticos que han servido para que los hablantes de hoy vean en esta herramienta una practicidad inusual, y después en lo que la etiqueta ha supuesto desde el punto de vista discursivo para cualquier enunciado.

Una de las mayores contribuciones que aporta el hashtag radica en que la idea, digamos, el concepto semántico se puede interpretar de una manera unificada. Es decir, de un solo vistazo el emisor puede etiquetar la ironía, la melancolía, la tristeza, la carcajada y, en fin, cualquier emoción en una sola unidad léxica. Precisamente vivimos en una sociedad que aplaude esta capacidad de síntesis, donde los mensajes se limitan a 280 caracteres, los poemas han de contenerse en una sola página, los titulares de las noticias son más importantes que el cuerpo, etc. En este contexto, la visión unitaria del hashtag le otorga a la red social de turno, herramienta indispensable para entender el mundo actual, esa cualidad tan apreciada: una síntesis a menudo ingeniosa de lo que se pretende transmitir; es
decir, que una ojeada valga por todas las palabras.

Pero entrando ya de lleno en el barro de sus matices gramaticales, el corpus al que uno se enfrenta cuando recoge una muestra de cualquier red social deja bastante claro que el proceso de formación del hashtag es aún bastante arbitrario, y sus pautas (de momento intuitivas) son bastante laxas. Suelen ser construcciones formadas por sintagmas nominales, si bien en algunos casos se utiliza también el verbo. Incluso algunas dejan para la imaginación la tarea de completar el mensaje, dejando suelta la conjunción (#noquierosercruelpero), o sugiriendo el adjetivo que acompaña al nombre (#quéMujerTan). Es parte del ingenio que de por sí exige esta construcción, y que como ya vemos es capaz de incluir una contraposición o una sugerencia con etiquetas más o menos reconocibles. Algunas veces se inserta dentro de la organización sintáctica del mensaje, como proposición subordinada mayoritariamente; otras veces se coloca al final de dicho mensaje, aislado, para buscar mayor visibilidad o por resumir todo el texto de un solo golpe. El proceso morfológico es todavía más arbitrario si cabe: hay quien utiliza la mayúscula para delimitar la etiqueta (#debateElecciones), hay quien se decanta por dejar toda la secuencia en minúsculas o incluso en mayúsculas; hay quien sigue las reglas de tildado, hay quien no. Es de suponer que, a medida que vayan formando parte del texto de una manera más inconsciente y su uso se normalice, estas etiquetas se vayan adaptando a las reglas gramaticales propias del idioma.

Entremos ahora en un concepto que ya ha aparecido renglones atrás y que es clave para comprender la finalidad del hashtag: el etiquetado. Al clasificar de esta manera el discurso, el hablante cubre la necesidad de reunirse alrededor de ideas, nociones, espacios gramaticales. Para argumentar esta función discursiva del lenguaje pongamos como ejemplo el primer hashtag conocido en Twitter: #sandiegofire. Fue utilizado de manera espontánea por un usuario cualquiera, buscando que aquellos que merodearan alrededor de los incendios que asolaban California en 2007 tuvieran información de primera mano sobre el desarrollo de la catástrofe, pudiendo buscar ayuda si así lo necesitaban. O veamos el ejemplo del hashtag #MeToo, simbólicamente el más reseñable, que buscaba más que ningún otro el cobijo del mensaje tras el léxico: miles de mujeres encontraron en esta etiqueta un refugio desde el que poder liberar todos los miedos y frustraciones que les habían provocado determinadas actitudes machistas. Y desde ahí, desde esa pequeña referencia textual, se descubrió a nivel global un mal que hasta entonces permanecía escondido bajo la complacencia de una sociedad muda. Porque más allá del poder de convocatoria, ese es su otro gran punto: la difusión. Al convertirse en un metadato, la capacidad para que un mensaje llegue lejos gracias a esta estructura se multiplica exponencialmente cuanto más se utiliza. Por volver al ejemplo de #MeToo, según Brandwatch, empresa que estudia el impacto de las marcas en redes sociales, los tuits con este hashtag
fueron vistos la friolera de 5.000 millones de veces.

Si uno repasa los hashtags más conocidos, algunos como #JeSuisCharlie, #welcomeRefugees o #tomalaplaza, pronto comprende que todos basan su criterio en los dos objetivos ya reseñados: convocatoria y difusión. Por todo podemos concluir que, desde el punto de vista pragmático, los actos de habla se enriquecen también con el uso de esta herramienta lingüística. Por ejemplo, si uno recurre a un acto de habla expresivo como es el agradecimiento, este se ve potenciado por el hecho de aumentar la difusión y la capacidad de convocatoria en torno a él. Por ejemplo, tras el reciente infarto sufrido por Íker Casillas, las redes sociales buscaron impulsar el acto perlocutivo detrás del mensaje (agradecimiento, apoyo, fuerza, etc.) con el hashtag #ikerTodosContigo. O fíjese el lector en cómo utiliza Pablo Iglesias, líder de Podemos, el acto de habla interrogativo en este hashtag: #quéTenéisQueEsconder? Con un clic rápido en el buscador de Twitter se puede comprobar que Iglesias utiliza esta etiqueta para dirigirse de manera directa a varios políticos contrarios, exigiéndoles transparencia, y potenciando la difusión y la convocatoria de dicha exigencia en torno a este elemento lingüístico.

Por todo ello el hashtag se ha convertido en uno de los grandes potenciadores discursivos del lenguaje humano, cuya inclusión en el texto ha cambiado, para siempre, la comunicación del siglo XXI.

 

Este artículo de Carlos Mayoral es uno de los contenidos del número 4 de la publicación trimestral impresa Archiletras / Revista de Lengua y Letras.
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