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Marta Robles

14 Abr 2021
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Firmas

¡BANG! O el lenguaje en el género negro

¡BANG! Así, con la onomatopeya de un disparo, comienza mi última novela negra, La chica a la que no supiste amar. El lenguaje a bocajarro, sin concesiones, es más eficaz incluso que los propios disparos, en este género que requiere liberarse de adjetivaciones superfluas y quedarse desnudo y a solas con las palabras indispensables.

Si en la novela policiaca el arte de la deducción se comparte con el lector, que siempre desea medirse con el escritor y averiguar, antes de tiempo si es posible, quién es el asesino, en la negra lo importante es acceder a los resortes de una sociedad podrida, que reporta individuos capaces de hacer el mal.

Allá por los años treinta, cuando en Chicago el pan nuestro de cada día era que los arruinados se arrojasen por las ventanas y todo era pura corrupción, comenzó a «cocerse el huevo» (el hard-boiled, Chandler dixit).

A partir de unos cuantos robos, asesinatos y extorsiones y de la imposibilidad de encontrar a los buenos entre los representantes de las instituciones públicas, surge la figura del detective. El antihéroe. El hombre con pesada mochila cargada de arrepentimientos, que mastica desencanto en cada media sonrisa. Un personaje con lenguaje propio, tamizado por el humo del tabaco, que bebe bourbon en las barras de los bares junto a rubias que siempre acaban siendo malvadas y con las que, algunas veces, comparte una cama que no le corresponde.

La relación entre Eros y Tánatos, más presente en el género que en ninguna otra parte, permite escribir y describir, con absoluta crudeza, la muerte y el sexo. Es más, lo exige. Adiós a la cortesía de los caballeros y a la delicadeza de las damas. Se trata de llamar a las cosas por su nombre. Y de pegarle fuerte y en la tripa con cada expresión, a un lector que se cree a prueba de balas y de sangre.

Hacer bailar a las palabras al son de una calavera omnipotente —la sombra de Hades siempre anda rondando y Caronte tiene también siempre la barca preparada— solo se consigue si la estructura que las ampara es tan precisa como un mecanismo suizo. El que viaja en el interior de los relojes perfectos e imperfectos, que incluso parados dan dos veces al día la hora exacta. Solo si el equilibrio entre cada término y la emoción que ha de producir en el lector comulgan en una trama verosímil, que no abusa de trucos absurdos, ni intenta desmenuzar el misterio como si fuera la tripa de una rana, el efecto de la novela negra está asegurado. Es entonces cuando esta se vuelve tan ágil, entretenida y visual como poderosa y capaz para la denuncia y el compromiso. Aunque este último es opcional. ¿Acaso ha de juzgarlo alguien? Solo habrá de determinarse si, más allá de la ácida crítica social, la historia conmovió y si divirtió.

Porque, ya lo decía Borges, genio indiscutible y, además, autor de policiales junto a Bioy Casares y con él, creador del detective Isidro Parodi: «El género negro nunca le interesó a los académicos porque no es lo suficientemente aburrido». Y tampoco quiere serlo. Ni menos aún matar con palabras innecesarias y rebuscadas que solo pretendan demostrar la supuesta cultura de algún escritor incapaz de provocar otra cosa que no sea un bostezo.

Durante mucho tiempo, algunos intelectuales acomplejados, temerosos de no poder competir con este género explosivo, que cada vez contaba con más adeptos, decidieron considerar a las novelas policiacas y más aún a las negras, literatura de segunda categoría. Las primeras les resultaban algo más difíciles de censurar, por ese juego de cubo de Rubik que proponían al lector. Gracias a él —explicaban los popes de la cultura— los novelistas hacían utilizar su inteligencia a los lectores, a partir de un lenguaje escogido con esmero, desde el que les proporcionaban las pistas adecuadas, envueltas en curiosos acertijos. Perdonaban las historias de Poirot y de Sherlock Holmes y hasta admitían a sus creadores como colegas dignos de respeto, aunque fuera con cierta condescendencia. Pero ¿las segundas? Imposible considerar la belleza o el interés de unos textos plagados de frases duras y básicas, a veces tan malsonantes como para dañar la sensibilidad incomparable y extraordinaria del hombre culto. ¿Cómo podrían valorarse tantos verbos en movimiento, frases brevísimas o diálogos demasiado sugerentes, casi destinados a volver la letra cine y a hacer ver al lector en vez de dejarle imaginar? ¿Acaso era posible encontrar ahí, detrás de las metáforas más simples, esos contenidos filosóficos con los que tratar de explicar los comportamientos humanos y en definitiva la vida? Tales intelectuales de pacotilla jamás entendieron —o no se atrevieron a hacerlo— que, demasiadas veces, explicar lo desbarata todo. Sucede en los chistes. Y en tantos discursos hablados o escritos, donde los autores insisten en desmigajar las ideas hasta dejarlas convertidas en polvo. Por eso la novela negra prefiere simplemente exponer, mostrar, colocar al servicio del lector los elementos y las herramientas, para que él solo gestione sus propias conclusiones y construya su propia filosofía.

Hay que que tener mucho aplomo para poder apretar un gatillo sin temblar. O simplemente, mucha práctica. Por eso, para que el lenguaje de la novela negra fluya por los renglones sin vergüenza ni compasión se requiere mucha lectura previa, mucha devoción a Spade y a Marlowe y a Carvalho y a Toni Romano y a Montalbano y por supuesto a Maigret, y una reverencia constante al maestro Alvite y a su competencia al conseguir que las mujeres nos creamos casi irresistibles, gracias a frases como la de: «El beso de una mujer hermosa es el sitio más pequeño en el que a un hombre le gustaría perderse para siempre»(de Pensamientos, solo pensamientos). Palabras sencillas, combinadas a la perfección en una coctelera de aquellas en las que es mejor no combinar el Dry Martini, porque siempre sabe mejor removido que agitado.

No hay nadie más capaz de dominar el lenguaje que quien lo controla de tal modo que emociona cuando describe la máxima abyección o la más terrible de las desgracias o tristezas, siempre consustanciales al Noir. También lo son algunos de los sentimientos más pasados de moda, como por ejemplo ese al que es adicto el detective Roures, creado por una servidora de la lealtad. Un arma de doble filo que suelen portar hombres y mujeres con códigos propios, que suele volverlos tan vulnerables como la amistad o el amor. Y «la amistad —dice Roures en La chica a la que no supiste amar— te vuelve un mal detective y el amor, un gilipollas».

 

Este artículo de Marta Robles es uno de los contenidos del número 9 de la publicación trimestral impresa Archiletras / Revista de Lengua y Letras.
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