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María del Carmen Horno

20 May 2021
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Firmas

Dr. Jekyll y Mr. Hyde de la lengua estándar

Todos los seres humanos, salvo aislamiento extremo o enfermedad, adquieren de forma natural la(s) variedad(es) lingüística(s) de su entorno. Las características concretas en cuanto a vocabulario, fonética y gramática son, mutatis mutandis, similares a las de otros humanos, hasta el punto de que pueden comunicarse con ellos. Cuando esto ocurre, solemos entender que hablan la misma lengua, con independencia de cuán distintas sean sus formas de expresarse. Porque la verdad es que dentro de una lengua caben muchas formas de expresión, muchas variedades (todas ellas igual de complejas y válidas) que pueden ser bastante distintas entre sí. Sobre todo si hablamos de una lengua como el español, que cuenta con cientos de millones de hablantes nativos y se extiende a ambos lados del océano.

En muchas ocasiones, cuando los niños acceden a la educación básica, se les alecciona en el uso de una variante conocida como lengua estándar. Esta norma no es una variedad natural, en el sentido de que no tiene hablantes nativos y que su forma final la decide un comité de expertos. Como muy bien la describen Moreno Cabrera y Mendívil Giró en su ensayo de 2014, se trata de una versión de la lengua cultivada y responde, por tanto, a unos valores ideológicos y culturales determinados.

Pero ¿cuál es el objetivo de la lengua estándar? A pesar de lo que pueda parecer, no surge porque sea necesaria para mejorar el flujo del pensamiento. Dicho de otro modo: hablar la lengua estándar no te hará pensar mejor. Una reflexión metalingüística sobre cualquier variedad natural es tan beneficiosa o más que la instrucción en el uso normativo. Tampoco es necesaria como medio de comunicación con los que comparten variedad. Por ello, en las conversaciones coloquiales con los más cercanos no es preciso usarla. Sí es útil, sin embargo, cuando los interlocutores tienen variedades lingüísticas muy dispares, porque entonces la lengua estándar aparece como un puente, como un instrumento de unión. Esta es la cara benévola de la lengua estándar. Nuestro Dr. Jekyll particular. Los cientos de millones de hablantes de español podemos entendernos sin grandes problemas a pesar de que nuestras variedades (por ámbito geográfico, estrato sociocultural o contexto de emisión) son muchas veces muy distintas.

No son pocos los beneficios que se han asociado a la estandarización de la lengua. Sirvió para consolidar la identidad nacional en los nuevos estados del siglo XIX. En Francia, además, se relacionaba con los valores de la ilustración y las bondades de la República. En EE. UU., parecía un salvoconducto para el sueño americano. En ambos contextos, por tanto, se vinculaba al objetivo de igualdad entre individuos. No obstante, la lengua estándar también puede (y suele) ser origen de discriminación. Este es el Mr. Hyde que deberíamos superar. En primer lugar porque esta norma, que hemos visto que es artificial, se suele parecer sospechosamente a la variedad natural de determinadas zonas geográficas. Así, por ejemplo, el español estándar se ha vinculado tradicionalmente a determinadas variantes de Castilla. Obviamente, no se trataba de esas variantes (ya hemos dicho que la lengua estándar es una recreación), pero la vinculación era innegable. Hoy en día este sesgo parece estar desapareciendo y toda persona culta es consciente de la naturaleza policéntrica de la variante estándar. Por poner un ejemplo, el seseo, mirado con recelo en el pasado, se admite ahora como una posibilidad normativa en determinados ámbitos del español.

Un problema mayor, por no superado, es que la lengua estándar se asemeja mucho a la lengua natural de determinados grupos sociales, lo que provoca que se sientan más cómodos y seguros comunicándose con ella. Ni que decir tiene que estos grupos sociales suelen ser aquellos más favorecidos económica, social y culturalmente y que, por ello, para acabar de cerrar el círculo, tienen un acceso más temprano y más intenso a la instrucción en la norma. El sociólogo Pierre Bourdieu nos mostró que la lengua dominante es también la lengua de las clases dominantes.
¿Qué consecuencias tiene no tener un dominio de la lengua estándar o hablar una variedad natural alejada de ella? La primera es que se reducen las probabilidades de éxito laboral. De hecho, es imprescindible para trabajar en ciertas empresas y no tanto por las ventajas prácticas que conlleva dominarla, sino por el prestigio social que lleva consigo. De este modo, hablar lengua estándar deja de ser una mera herramienta de comunicación, para pasar a ser una tarjeta de visita y un modo de distinguir unos candidatos de otros. Por otro lado, más allá de esta consecuencia práctica, constatamos que alejarse de los dictados de la norma nos presenta a los ojos de los demás como menos inteligentes o preparados. Pensemos qué ocurre cuando alguien pronuncia de un modo no normativo determinados sonidos (como ocurre en el ceceo), usa léxico dialectal o formas anticuadas (como murciégalo) o presenta rasgos gramaticales no aceptados (como cuando se concuerda de forma no normativa en habían problemas). En todos estos casos, la desviación de la norma implica un prejuicio irracional hacia el emisor.

Ojalá todos supieran que incorporar en tu conversación rasgos no normativos no dice nada sobre tu inteligencia, ni tu formación, ni tu valía como profesional, del mismo modo que no cumplir con las normas de protocolo en tu día a día no dice nada interesante sobre ti. Ojalá viéramos la lengua estándar como lo que es, simplemente un eficaz mecanismo de cohesión. Lamentablemente, no es así. Los usos normativos están en cierto modo sacralizados y con ello la lengua estándar se convierte en una herramienta de discriminación social que proporciona prestigio a los individuos de clases socioeconómicas dominantes y llena de estereotipos y prejuicios irracionales al resto de grupos sociales. Por otro lado, si la lengua estándar solo tiene un objetivo (la intercomunicación) ¿no sería mejor que fuera más polifónica a las distintas clases sociales y que admitiera como normativos usos habituales en clases sociales no dominantes? Aunque, claro, si hemos tenido que esperar al siglo XXI para que el español estándar fuera sensible a la diversidad geográfica, ¿cuántos siglos nos quedan para conseguir que lo sea en su diversidad sociolingüística?

 

Para saber más
Bourdieu, P., Ce que parler veut dire. L’économie des échanges linguistiques, Librairie Arthème Fayard, 1982. [¿Qué significa hablar? Economía de los intercambios lingüísticos, Madrid, Akal, 2020]
Moreno Cabrera, J. C. y Mendívil Giró, J. L., On Biology, History and Culture in Human Language, Bristol, Equinox, 2012.

 

Este artículo de María del Carmen Horno es uno de los contenidos del número 10 de la publicación trimestral impresa Archiletras / Revista de Lengua y Letras.
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