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David Serrano-Dolader

19 May 2022
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Diminutivizar: la ‘manzanilla’ y la ‘manzanita’

Pues un jardincito es un jardín pequeño pero una madrecita puede medir dos metros. Al primer tipo de diminutivo se le suele denominar «nocional», en la medida en que codifica valor de tamaño, mientras que el segundo es considerado «afectivo o apreciativo» puesto que encarna valoraciones subjetivas. La pregunta está servida: ¿disminuyen o no los denominados diminutivos? En la actualidad, buena parte de los investigadores defienden que los valores pragmáticos presentes en las formaciones diminutivas (afectividad, moderación, cortesía…) no solo son más relevantes comunicativamente sino que incluso se adquieren antes que los valores de tamaño en el proceso de adquisición de una lengua materna. Esto ayuda a explicar que una semanita no tenga seis días ni que un eurito valga menos que un euro. Igualmente aclara por qué puedo llamar casita a mi magnífico castillo de verano o por qué una alumna mía le dijo a su padre, tras un cruel examen de morfología, que el profesor Serrano le había puesto un cuatrito.

Hasta aquí hemos usado varios diminutivos, pero todos ellos creados por la aplicación del sufijo -(c)ito. Por lo menos, parece que la selección de sufijos para formar diminutivos no va a ser liosa. ¡Falso de toda falsedad!: gatito, pequeñico, cielín, rapaciña, sabadete, granujilla, tierruca, mozuelo, Josechu… La variabilidad en la formación y uso de la sufijación diminutiva es tremenda y, muy especialmente, en relación con la diversidad geográfica: algo (o mucho) de verdad hay cuando tras un majico, un caminiño, una casuca o una Maitechu creemos descubrir a un hablante que —con muchas probabilidades— será, respectivamente, aragonés, gallego, cántabro o vasco… ¡o no! ¿Y si saltamos a Hispanoamérica? Pues, por ejemplo, Justinay, mamaya o niñacha nos muestran unos sufijos autóctonos que aparecen en las zonas en las que el castellano convive con el quechua. Y vinoco o fiestoca utilizan un sufijo -oco de frecuente uso en el español de Chile. Además, en términos generales, el español de América es más proclive que el español europeo a la sufijación apreciativa, y su uso presenta otras peculiaridades en las que no puedo detenerme aquí y ahora. ¡Sigue el lío, pío, pío!

Bueno, por lo menos podremos aplicar sufijos diminutivos a todo tipo de bases, ¿no? Pues —ya lo siento—: ¡no! ¿Por qué a usted —y a mí— nos suenan bien perrito, casica o bicicletilla pero nos vemos apurados para formar o para aceptar diminutivos a partir de asquerosidad, impureza o sedimentación? Sin entrar en polémicas ni excepciones, que las hay, válganos con saber que los nombres concretos son mucho más propensos que los abstractos —especialmente si estos presentan sufijos— a aceptar la sufijación apreciativa diminutiva. Y, en todo caso, siempre quedará un rescoldo de magia sin descubrir: ¿por qué «suena» mejor en español movimientito que prometimientito?

Pausa para anécdota personal. Estaba yo un día en clase hablando de estas complejas restricciones para la utilización de la sufijación apreciativa cuando un malvado alumno me dejó caer con una sonrisilla: «David, ¿y con las palabras compuestas podemos usar diminutivos?». Sin reflexionar mucho para no perder el hilo, le contesté que yo pensaba que sí, que claro que sí. ¡Hice mal! «Pero pueden dar lugar a confusiones o ambigüedades, ¿no? Por ejemplo, si yo digo sacacorchitos no puedo saber si me refiero a ‘un sacacorchos de pequeño tamaño’ o a ‘un sacacorchos solo para corchos pequeños (corchitos)’». Me comprometí con el alumno a regalarle medio punto en el examen. ¡Pelillos a la mar!, y… sigamos ahora con nuestro tema.

No quiero volverle loco, amigo lector, así que ni le hablo del cómo y del por qué de ciertas peculiaridades formales en la configuración de los diminutivos. Vea, vea qué interfijos se nos cuelan por ahí: sofaCito, pececito, pieCECito, Joselito, cafetito… Tal vez le divierta más ver cómo ciertas sutilidades ayudan a allanar la comunicación; es lo que ocurre cuando palabras muy próximas en su configuración fónica forman sus diminutivos por vías diferenciadas: solo – solito, sol – solecito; pase – pasecito, paso – pasito; sala – salita, sal – salecita; pato – patito; patio – patiecito… Paradoja: ¡a veces las complejidades ayudan a simplificar! Quoderatdemonstrandum!

Pero vamos ahora con la madrecita del corderito. El comportamiento más llamativo en el funcionamiento de la sufijación diminutiva en español es la denominada «lexicalización» (si le suena, perdoncito; y si no le suena, perdonazo). Hay decenas de palabras que, presentando sufijos aparentemente diminutivos, no tienen en español actual ningún valor diminutivo (ni afectivo-subjetivo ni nocional de tamaño): hoy el significado de tornillo (que sí que es verdad, viene de torno) no es ni de disminución de tamaño (solo un alumno que busque tréboles de cuatro hojas insinuaría que tornillo es un torno pequeño) ni de afectividad (solo ese mismo alumno matriculero intentaría buscar exóticos contextos en los que al decir tornillo alguien manifieste su cortesía o su aprecio o su afectividad por esa pieza metálica). Vamos, que los denominados diminutivos lexicalizados pueden haber sido originariamente diminutivos pero que hoy operan en la lengua con vida y significado propios y autónomos. Y los hay de todos los colores y con casi todos los sufijos imaginables; vean el contraste, en estas parejas, entre diminutivo lexicalizado y no lexicalizado: pajarita – papelito, libreta – amiguete, castañuela – tontuela, sillín – pequeñín… Usted y yo sabemos que no es lo mismo, a media tarde, tomarse una manzanilla que una manzanita.

Sobre los mil matices que pueden cobrar los valores afectivos de los diminutivos (me refiero ahora a los no lexicalizados y a los que no expresan simple disminución de tamaño)… ¡ni hablamos!: cariño, halago, ironía, desprecio, superlación, cortesía, atenuación, valor eufemístico. ¡Un mundo para mejor ocasión!

Final divertidillo. La carga afectiva que suelen aportar los diminutivos les lleva a aparecer en un buen número de frases hechas. En estos casos, la afectividad no está ligada solo a la presencia del diminutivo sino que se deriva del significado fijo y global de la expresión de la que forma parte: Ser alguien el ojito derecho de otra persona, Parecer una mosquita muerta, Saberse algo al dedillo, Aportar mi granito de arena, Ser el farolillo rojo, Matar el gusanillo, Echar una canita al aire.

Dicho lo «cualillo», espero que el atento lector al diminutivo le pille el GUSTILLO.

 

Este artículo de David Serrano-Dolader es uno de los contenidos del número 14 de la publicación trimestral impresa Archiletras / Revista de Lengua y Letras.
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