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Daniel Díaz

16 Oct 2020
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Firmas

Conducir, escribir y viceversa

Conduzco y escribo. Eso es lo que hago. Manejo un taxi en busca de historias que luego traslado al papel. Llevo tanto tiempo haciendo esto que sería incapaz de escribir sin conducir y viceversa. Hoy, escribo igual que conduzco, y conduzco como como si las calles que transito fueran frases aún por construir. Sé que el método funciona porque nunca, jamás, he sufrido un bloqueo creativo. Donde otros ven una página en blanco, yo veo un mapa con calles en blanco. Después arranco el coche, acelero y me dejo llevar. Parece sencillo y realmente lo es, pero merece una explicación más detallada.

Todo texto surge de una idea que nace de la experiencia (y esta, a su vez, del movimiento). Si tú también escribes y en un momento dado te ves falto de ideas, te recomiendo que subas al coche, busques adrede un atasco y observes en rededor. Observa a la gente caminando (¿adónde irán?), o el rostro impávido del conductor de al lado (¿en qué estará pensando?), o el juego de luces y sombras que proyectan los edificios, o a esa mujer fumando en un balcón. No te será difícil salir de allí con un buen puñado de ideas dignas de ser contadas. Ideas que, después, en el momento de plasmarlas negro sobre blanco, precisarán de una ruta prefijada con su origen, una o más paradas intermedias, y su destino (o, dicho de otro modo: introducción, nudo y desenlace). Podrás optar, quizás, por el camino más corto para ir directo al grano, o por dar algún rodeo y ahondar en los detalles. Atravesar la ciudad o rodear por la autovía de circunvalación. Y en esa decisión estarán el tono y el ritmo que quieras darle al texto. Calles cortas, semáforos y giros constantes al más puro estilo James Ellroy, o un largo y frondoso camino de curvas suaves a lo Javier Marías. En mi caso, cuando la historia me invita a construir un texto sosegado, tiendo a circular por avenidas anchas que no precisen de una conducción demasiado fina. Y al contrario, si pretendo darle dinamismo al texto, busco callejuelas estrechas, giros imposibles y adoquines.

El ritmo, añado, determina la intencionalidad secreta del texto. Puedes debatirte entre frases largas o frases cortas. O sumar o restar comas para acelerar o decelerar el ritmo siempre que la trama invite a ello. Algunas frases largas son como esas avenidas de seis carriles en los nuevos barrios residenciales. En perspectiva parecen invitarte a correr, pero a pie de asfalto encuentras constantes e incómodos badenes. Los badenes ayudan, en gran medida, a contener la inercia y así evitar que el texto se desboque y te acabe cazando el radar de la RAE. Si las frases elegidas realmente no encajan, convendría probarlas en otras calles, o acortarlas tal vez añadiendo un Ceda el paso (o punto y coma), o una señal de STOP (punto y seguido), o un semáforo (punto y aparte). Yo tiendo a revisar mis textos como si circulara bajo uno de esos semáforos en ámbar parpadeante que cambian a rojo cuando te excedes del límite de velocidad. Me releo, digamos, con el pie en el freno por si el semáforo de repente me obligara a aminorar la marcha. Si la idea a volcar es muy potente, no es difícil pisar el acelerador con ligereza y olvidarte de levantar el pie, aunque la aguja marque muy por encima de la velocidad máxima permitida. Por eso conviene revisar varias veces el texto y aplicar el control de crucero.

Uno de mis mayores temores en la redacción de un texto, igual que en mi taxi, es perderme. Sucede cuando la imaginación viaja más rápido que yo y ramifico la idea original en nuevos y recónditos caminos hasta que pierdo por completo la cobertura satelital GPS. Reconozco que resulta excitante dejarse llevar sin saber dónde acabarás, pero no es recomendable (máxime si conduces un taxi y el usuario de tu espalda también hace las veces de lector). No me importa tanto, sin embargo, adentrarme en un callejón sin salida o en un fondo de saco; suele ser sencillo desandar el camino accionando la marcha atrás. O sucumbir sin querer a la atracción centrípeta de las rotondas y dar rodeos a un mismo concepto una y otra vez, pasándote incluso de largo la salida correcta (es normal caer en esto, sobre todo en ciudades como Madrid). Para evitarlo, igual que para evitar todo lo anterior, conviene hacer caso a las señales. Y tampoco está de más conocer previamente el terreno para manejarte con soltura. Todo escritor debería saber en qué ciudades puede adentrarse sin miedo a perder el norte, o a caer en callejones sin salida o en rotondas tramposas. Y quien dice ciudades, dice géneros.

Pero a la contra, el tipo de lector o copiloto al que me enfrento también influye en mi forma de conducir. Cuando el lector es nuevo para mí, o presupongo que no ha viajado nunca en uno de mis libros, tiendo a evitar las calles de doble sentido. Por una parte, porque temo que no capte el doble sentido por donde quiero llevarle; y por otra, para evitar que ese lector se cruce de frente conmigo y choquemos. Pero con independencia del lector, confieso que soy muy dado al giro brusco e inesperado, eso sí, con mesura: los giros, en las tramas como en las calles, pueden ser peligrosos si se toman demasiado deprisa, o imperceptibles y sosos si se toman demasiado despacio. El auténtico impacto del giro en el copiloto lector se produce cuando este no lo espera, o cuando piensa que a semejante velocidad se va a matar (y al final no se mata), o cuando confía tanto en el talento del escritor que disfrutará del giro porque se sabe a salvo en manos de un piloto profesional. En todo caso solo conviene girar brusco una vez conseguido el control total del vehículo, agarrando el volante con firmeza, y a ser posible con el motor y las ruedas calientes. Después del giro, no hay que repetirlo de inmediato o las caderas del lector podrían resentirse. Nunca está de más recordar que el principal objetivo del manejo de un coche es la seguridad de sus ocupantes. El lector ha de sentirse seguro leyéndote o, al menos, confiado. Por eso has de llevarle suave y contundente a tu destino. A menudo, los conductores noveles caen en la trampa de escribir a tirones, y el lector nota en seguida el olor a embrague quemado. O cuando ya creen saber escribir con soltura y se permiten el lujo de adelantar por la izquierda a coches más potentes, y acaban perdiendo el control. La única forma de evitar esto es a través de la experiencia. Y los kilómetros. Y no decaer hasta lograr el fin último de todo escritor que se precie: que las palabras rujan en el papel igual que el motor de un Mustang.

 

Este artículo de Daniel Díaz es uno de los contenidos del número 7 de la publicación trimestral impresa Archiletras / Revista de Lengua y Letras.
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