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Mercedes de la Torre García

26 Jul 2022
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Paisaje lingüístico: de calle en calle tras las huellas de la lengua

No sé vosotros, pero yo, cuando llega el otoño, siempre rebusco entre las fotos del verano buenos recuerdos y paisajes que me retrotraigan a los placenteros momentos de las vacaciones estivales, época de reposo y de bienestar. Este hábito que he repetido durante años delante de los álbumes ahora lo hago de una forma menos romántica y algo más fría delante de una pantalla de ordenador. Esto también tiene su parte buena, y es que no se me escapa nada, ya sea porque lo he fotografiado yo con mi móvil, fiel compañero de cada escapada, ya sea porque lo ha hecho por mí alguno de mis acompañantes. Creo que hasta el momento no he dicho nada que sorprenda a quien me lee y seguro que más de uno comparte esta afición. Sin embargo, yo sí me he sentido impresionada ante el acercamiento que he hecho a las imágenes que se sucedían ante mí este año, ya que, además de volver a respirar la brisa del mar o disfrutar de la belleza de monumentos emblemáticos, además de rememorar de nuevo risas, comidas y buenos momentos compartidos con amigos y familia… este año me he detenido en cada muestra de lengua que de manera furtiva o como actor principal formaba parte de la imagen.

Lo cierto es que siempre han estado ahí, siempre me han llamado la atención, pero hasta hace poco no había puesto nombre a estas manifestaciones escritas ni habían ocupado un lugar en mis estudios. Así que, quizás porque ahora me he aficionado a leer sobre paisaje lingüístico o porque ando muy contenta de formar parte de un proyecto dirigido por la catedrática de la Universidad de Sevilla Lola Pons (PLANEO: Paisaje lingüístico andaluz: evaluación y observación cartográfica), la cosa es que todo cobra un nuevo sentido. De un plumazo, me he dado cuenta de que estas fotos no solo documentan momentos y espacios urbanos o rurales, sino escritos casuales, o no tanto, captados a golpe de un clic de la cámara del móvil.

El paisaje rural y urbano es una realidad que toma diferentes formas y significados en función de la mirada del otro. Precisamente, mis queridos compañeros de viaje con los que he recorrido el occidente de España, del norte al sur, del sur al norte, me han hecho reflexionar acerca de que donde un senderista ve un camino, un geógrafo encuentra muestras humanas y físicas en cada montaña, cada arbusto o en el lugar en que se sitúa un tendido eléctrico; donde un paseante ve un edificio, un arquitecto percibe un proyecto para crear un ambiente en un espacio; donde un conductor encuentra un grafiti que observar cuando circula con su vehículo, un artista aprecia la idea que se plasma a través del trazo y el color. Todos son los mismos paisajes y todas son descripciones válidas que se superponen para crear un significado completo y rico en todos sus matices de lo que observamos a nuestro alrededor.

En este momento, me dispongo a emprender con vosotros el mismo viaje que hice yo y a descubrir las huellas escritas del paisaje desde la mirada de una turista de formación filológica. Haremos, casi podíamos decir, una «traducción» de aquello que nos brinda nuestro entorno urbano y rural en forma de letras, palabras y textos.

Este paisaje lingüístico (linguistic landscape) es definido por Pons, en su libro El paisaje lingüístico de Sevilla, como «el conjunto de realizaciones materiales del lenguaje que vemos por escrito en signos expuestos en un entorno público determinado» (2012: p. 55). Desde esta perspectiva toda señal exhibida en las calles, carreteras, caminos, vías públicas… que contenga un texto es su objeto de estudio. Podrán, además, ser sus emisores públicos (las señales de tráfico) o privados (el rótulo con el nombre de un negocio), tener diversas finalidades (informativas, comerciales, turísticas, simbólicas) y aparecer en los más diversos soportes, más o menos móviles. En definitiva, son los letreros, carteles, anuncios, pegatinas, etiquetado o cualquier expresión lingüística urbana o rural, que ahora está, pero mañana quizás no, los que nos enseñan a conocer mejor la lengua, la cultura y el pensamiento social que este tipo de manifestaciones configura. Muchas investigaciones de este ámbito pretenden medir la vitalidad etnolingüística de un idioma. Por este motivo, es lógico que un gran número de los estudios recojan la esencia de los movimientos migratorios y de las manifestaciones de las diferentes lenguas en los entornos urbanos. Ese tipo de estudios parte de un corpus elaborado con una metodología previamente fijada. En cambio, lo aquí traído no lo iba buscando, sino que me lo he encontrado. Soy una turista más que, cámara en mano, visita el centro histórico de tierras más o menos conocidas. Me paseo por los núcleos locales «turistificados» que exacerban en sus manifestaciones escritas la esencia de lo típico y lo estereotípico, y que, en cierto modo, pierden la particularidad de la vida real del entorno urbano y rural. Porque, como dice Patanegra para referirse a Sevilla y que se podría trasladar a cualquiera de los lugares visitados en mi periplo estival: «Sevilla (Salamanca, Zamora, Oviedo, Mérida, Avilés, Medina del Campo, Puebla de Sanabria, Urueña, Ávila, Cádiz, Punta Umbría, etc.) tiene dos partes muy diferentes, una la de los turistas y otra donde vive la gente». Sin embargo, ambas partes no dejan de ser lugares, en el sentido que recoge Augé en su delicioso libro Los no lugares. Espacios del anonimato (1992), lugares que constituyen universos ficticios, en su mayor parte, en donde todos se identifican y los turistas, en parte, reconocen.

Vamos a comenzar el viaje turístico por el occidente español a través de sus huellas lingüísticas calle a calle, pueblo a pueblo. Descubramos qué tipo de mensajes nos lanzan: de historia, de protesta, de tradición, de identidad, de reivindicación… ¡Acompáñame!

Preparados para salir, lo primero es seguir las indicaciones viales que nos llevan a nuestros destinos. Nos informan de hacia dónde ir y cómo ir. Realmente, estas marcas de textos normalizados y emitidos institucionalmente nada tienen de pintoresco o extraordinario para que formen parte de una fotografía. Más aún cuando cada vez, y con mayor frecuencia, pasan desapercibidas, porque el copiloto, con móvil en mano y conectado a Google maps, nos guía o confunde. Sin embargo, sí son celebrados, y más de una, dos o tres veces retratados, los encuentros de sur a norte con la simbólica concha de peregrino que nos guía en la Ruta de la Plata o en el Camino de Santiago sanabrés hacia la capital compostelana. A veces le acompaña una característica flecha amarilla que marca el sentido y otras una frase evocadora como: «Nada más pido: el cielo sobre mí y el camino bajo mis pies», donde el espíritu aventurero de Stevenson se torna hacia el misticismo que envuelve el camino. No en balde la encontramos en el muro de una pequeña localidad zamorana (Triufé) que albergó un hospital de peregrinos en una de las casas que aún se mantiene en pie. Quizás la que sin saberlo fotografié.

Una vez dentro de la ciudad o en un entorno natural, también andamos perdidos y necesitados de orientación. Dejadas atrás las horas de carretera, toca patear y disfrutar la localidad que nos acoge. Como buenos turistas nos interesan los enclaves emblemáticos del lugar, así que, bien la oficina de turismo, los mapas del lugar, bien la cartelería informativa, nos indican la dirección de la catedral de Zamora, el castillo de la Mota o el museo de Mérida. Nada de particular tiene esa cartelería institucional hasta que llegamos a Urueña (Valladolid): la primera villa del libro de España. No solo destaca la multimodalidad de los textos informativos en forma de mensajes de vistosos colores, desiguales tipografías acordes con la especialidad de la librería o imágenes que aportan contenido a los textos, sino que sobresale por la singularidad de los lugares hacia los que nos dirigen, redirigen y pluridirigen: mundos repletos de libros. ¡Qué gozada!

Los muros como testigo de historias personales. Las paredes del centro de Salamanca se llenan de vítores que celebran los logros académicos de los flamantes doctores, entre ellos, Leyre Martín Aizpuru. ¡Enhorabuena!   

 

Un paisaje lleno de voces vernáculas en San Martín de Castañeda. Este bello pueblecito salpica sus calles de voces serranas (trepollera, atortar, cachapa, bulbajas, belortos, arrazos, mezuqueando, legón…) que hermosean aún más el entorno.

 

La escritura de la oralidad y algo más. Escritura intencionada y no normativa con una modalidad ortográfica radical y disidente del andaluz. Se trasluce una ideología lingüística en el emblema que la firma. Nada deseable es la legitimación de esta variedad escrita. A su vez, sellan su amor en un grafiti H y E.

 

La reivindicación de ELLOS. Cada uno de los elementos superpuestos al original diseño horadado en la fachada y en tipografía art decó van agregando significados al paisaje lingüístico a lo largo del tiempo.

 

 

Marcas informativas en el suelo. En Ávila, desde las murallas, se marca el paso del tiempo en un reloj de sol situado en el suelo de uno de sus torreones. Cada hora es una historia contada para el visitante: los repobladores, el valor de Ximena Blázquez, Ávila cristiana, árabe y judía, los moriscos, el primer tren y los nuevos tiempos.  
Señal vertical con función informativa en Urueña. Como muestra un botón, los protagonistas de esta señal vertical multidirección son la caligrafía, la encuadernación y Miguel Delibes.
Cádiz protesta en sus muros. Pintada que refleja la queja de los vecinos por la masificación turística de las ciudades y una cierta «turismofobia». Se trata de una imagen gaditana, pero podríamos haberla tomado en cualquiera de las ciudades turistificadas de nuestro viaje.

 

Este artículo de Mercedes de la Torre es uno de los contenidos del número 14 de la publicación trimestral impresa Archiletras / Revista de Lengua y Letras.
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