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Elena Álvarez Mellado

Lingüista computacional. Estudiante de postgrado en la Universidad Brandeis (Massachussets). Premio Nacional de Periodismo Miguel Delibes 2018. Ha trabajado en proyectos de tecnología lingüística en la UNED, para Fundéu y en Molino de Ideas.

24 May 2019
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Siete mitos sobre lengua que la lingüística desmiente

Cuando leemos sobre lengua en los medios de comunicación, es habitual encontrarse con determinados prejuicios que, aunque repetidos hasta la saciedad, carecen de respaldo lingüístico. Estos son siete de los mitos sobre la lengua que más se suelen repetir, pero que la lingüística no avala.

1. Hay lenguas mejores que otras
Está muy extendida la idea de que hay lenguas más ricas, más sofisticadas o más perfectas que otras, mientras que consideramos otros idiomas como primitivos o rudimentarios. Pero la lingüística desmiente esta creencia: desde el punto de vista lingüístico, todas las lenguas presentan grados similares de complejidad y no existen lenguas más rudimentarias o elaboradas que otras. Sí, puede haber lenguas que tengan un repertorio de sonidos más escaso que otras, o lenguas con una morfología menos prolija que otras, pero en el cómputo global todas tienden a grados de complejidad y sofisticación comunicativa equivalentes.

2. Hay lenguas más idóneas que otras
La versión menos extrema (pero igualmente infundada) del prejuicio anterior es la de achacar ciertas propiedades intrínsecas a los idiomas que supuestamente harían que unas lenguas fueran más idóneas que otras para una determinada actividad o tema: el alemán es lógico y por lo tanto idóneo para la filosofía; el francés es elegante y sensual y por lo tanto es el idioma adecuado para hablar de amor. Estas creencias son mitos: todas las lenguas disponen de mecanismos para crear nuevos significados y expresar tantas realidades y matices como sus hablantes necesiten. Estos mecanismos diferirán de una lengua a otra, pero todas tienen a priori la misma capacidad para cubrir las necesidades comunicativas que asalten a sus hablantes.

3. Hay dialectos más correctos y otros que debemos evitar
El mismo prejuicio que existe en torno a los idiomas nos lo encontramos también en las distintas variedades de una misma lengua. Está muy extendida la idea de que hay variedades lingüísticas (variedades sociales, geográficas, etc.) que son más correctas, más sofisticadas o más deseables, frente a otras que están estigmatizadas y que se deben evitar. El cliché de que en Valladolid se habla el mejor castellano mientras que los andaluces hablan mal es eso, un estereotipo sin fundamento lingüístico. Existe una tendencia a estigmatizar aquellas variedades lingüísticas que se alejan de la variedad de prestigio y a considerarlas menos sofisticadas o valiosas. Pero, al igual que ocurre con los idiomas, todas las variedades lingüísticas presentan grados de complejidad y sofisticación semejantes. Que una determinada variedad (un dialecto concreto) se convierta en variedad de prestigio suele tener más relación con el poder hegemónico de quien habla ese dialecto que con características lingüísticas intrínsecas de esa variedad.

4. Hablar «mal» es síntoma de pensar «mal»
Los usos que consideramos incorrectos son aquellos que viven extramuros de la norma culta. Los hablantes esperamos encontrarnos con la norma culta en determinadas situaciones comunicativas y no en otras, pero en ningún caso eso quiere decir que los usos que no forman parte de la norma culta sean menos gramaticales o menos sofisticados que los demás, y mucho menos que impliquen formas más pobres de pensamiento. Jamás diríamos que alguien piensa mejor o peor por expresarse en árabe, en finés o en italiano; del mismo modo, expresarse usando un dialecto no prestigiado, una variedad lingüística no estándar o con construcciones gramaticales que no forman parte de la norma culta no es síntoma, en ningún caso, de tener poca inteligencia o un pensamiento pobre o defectuoso. A fin de cuentas, es el consenso entre hablantes el que determina qué usos se consideran parte de la norma culta y cuáles no, pero no hay nada intrínseco a la norma culta que la haga inherentemente mejor o más lógica que las demás.

5. Los cambios lingüísticos son síntoma de degeneración
La lengua está en constante cambio. Algunos de esos cambios se asientan en poco tiempo, mientras que otros tardan décadas o siglos en consumarse. El cambio lingüístico es un fenómeno natural de las lenguas vivas. De hecho, las únicas lenguas que no cambian son las que están muertas. En general, los cambios que han ocurrido en el pasado no suelen despertar suspicacia ni ser sospechosos de causar empobrecimiento, pero los cambios lingüísticos que nos ha tocado vivir son percibidos con frecuencia como síntoma de degeneración o deterioro. El cambio lingüístico forma parte de la naturaleza misma de las lenguas y no es algo que haya que evitar en aras de una supuesta pureza lingüística. Lo que subyace a la oposición al cambio lingüístico es la creencia infundada de que existe un estado óptimo de pureza lingüística que debe ser preservado y que cualquier modificación será necesariamente a peor.

6. Los jóvenes / las feministas / [inserte aquí su colectivo más odiado] están destrozando la lengua
Determinados colectivos son cabeza de turco habitual en el debate sobre la presunta degeneración del idioma. Los hablantes más jóvenes (con sus usos novedosos y su jerga particular que siempre resulta incomprensible a los hablantes de más edad) han sido en todas las épocas los sospechosos habituales contra los que cargar. Sin embargo, el tsunami lingüístico que ha generado la ola feminista de los últimos años ha puesto a las feministas en el foco de las iras de los hablantes más apocalípticos. La crítica es siempre la misma: los nuevos usos lingüísticos van a acabar con el idioma y terminaremos por no entendernos. La lengua no se rompe porque innovemos. Habrá propuestas que arraiguen, se asienten y se incorporen a la lengua general. Otras no prosperarán y se las llevará el viento.

7. Cada día hablamos peor
Ante el avance imparable de los cambios lingüísticos, aquellos que creen que el cambio lingüístico es síntoma de degeneración y decadencia necesariamente concluyen que la lengua está deteriorándose por descuido de los hablantes y que hoy hablamos peor que antes. Lo que subyace a este prejuicio es la fantasía de una supuesta Arcadia lingüística perdida, una Edad de Oro de la lengua en la que los hablantes se expresaban con propiedad (no como ahora), pero que los hablantes de hoy en día han destrozado con su uso. Pero esto no es así: la lengua que hablamos hoy es indudablemente distinta a la que se hablaba hace doscientos años (mueren palabras, nacen otras, cambian significados, surgen nuevos giros y usos gramaticales), pero ni la de antes era mejor ni la de hoy es peor. El uso de los hablantes no destroza el idioma; al contrario, es precisamente lo que lo crea.

 

Este artículo de Elena Álvarez Mellado es uno de los contenidos del número 3 de la publicación trimestral impresa Archiletras / Revista de Lengua y Letras, disponible en quioscos y librerías.
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