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Elena Álvarez Mellado

Lingüista computacional. Estudiante de postgrado en la Universidad Brandeis (Massachussets). Premio Nacional de Periodismo Miguel Delibes 2018. Ha trabajado en proyectos de tecnología lingüística en la UNED, para Fundéu y en Molino de Ideas.

21 Nov 2018
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De ser un ‘grammar nazi’ también se sale

Están entre nosotros. Todos conocemos a alguien así. Un amigo, un familiar, un compañero de trabajo. No descansan nunca, viven alerta, siempre al acecho. Están en la conversación de bar, en las cenas familiares, en tus mensajes de WhatsApp, en las redes sociales. Son los talibanes del idioma: personas que tienen la irritante costumbre de corregir a los demás su forma de hablar. En definitiva, tiquismiquis de la lengua. El tiquismiquis lingüístico común tiene una tendencia desmedida a sufrir de hemorragia ocular ante cualquier transgresión gramatical o violación ortográfica: se irrita solo con oír un laísmo, siente un escalofrío al ver una coma mal puesta y le sale un sarpullido ante un ‘haber’ impersonal indebidamente concordado. En el mejor de los casos, el tiquismiquis común juzga en silencio al interlocutor que ha cometido el crimen lingüístico. En los casos más graves, se alza cual justiciero de la lengua y no duda en interrumpir la conversación para desfacer el entuerto lingüístico cometido y señalar al perpetrador. Reconozcámoslo abiertamente: si somos personas con inquietud por el idioma, es muy probable que en algún momento nosotros mismos hayamos sido así. El entusiasta de la lengua que esté libre de haber sido un grammar nazi que tire el primer diccionario.

¿Y por qué iba a estar mal corregir a los demás? ¿No es acaso una forma de defender el idioma, de preservar el decoro lingüístico y de sacar del error a nuestro interlocutor? Está tremendamente extendida la idea de que existe una lengua buena, deseable, culta y pulida a la que debemos aspirar (cuya máxima autoridad y portavoz sería la RAE), mientras que entendemos las variantes que se alejan de esa «buena lengua» como desviaciones que debemos evitar a toda costa porque corrompen el idioma. Esta es la noción de lengua en la que se nos educa desde que somos pequeños y que se amplifica y se difunde desde instituciones y medios de comunicación como un mantra incuestionable. Hay que hablar bien, hay que hablar siguiendo La Norma.

Pero, ¿de dónde sale la norma lingüística? ¿Es acaso una ley natural que debemos obedecer so pena de que colapse el sistema lingüístico? ¿Bajó Dios de los cielos y proclamó que los hablantes que osen decir «la dije de que» irán al infierno sin más miramientos? ¿Y qué ocurre si la incumples?, ¿viene un académico de oficio y te multa? ¿Estamos abocados a la incomprensión lingüística mutua? A pesar de las admoniciones de los hablantes más agoreros, la norma lingüística no es un conjunto de leyes inmutables que los hablantes deban obedecer. Cuando hablamos de una lengua (sea el español, el inglés, el catalán), tendemos a pensar en los idiomas como si fueran un ente monolítico y unitario. Pero, en realidad, las lenguas son una colección bastante heterogénea de variedades lingüísticas diferentes que coexisten: por ejemplo, hablantes provenientes de zonas geográficas distintas, de diferentes grupos sociales o de diferentes extractos socioeconómicos tienden a hablar de formas muy diferentes, aunque hablen una misma lengua. Incluso un mismo hablante se expresará de formas distintas según el contexto social en el que se encuentre. Eso que llamamos español (o inglés, o catalán, etc.) es en realidad un paraguas que engloba una inmensa cantidad de variedades lingüísticas distintas, sin que unas sean ni mejores ni más deseables ni más eficaces que otras; simplemente, son distintas.

Una de esas muchas variedades que conforman la lengua es la llamada variedad culta. La variedad culta es la que los hablantes suelen reconocer como una forma elevada de hablar, y que normalmente esperamos encontrar en los medios de comunicación, en los textos oficiales y que asociamos en general con el registro formal y esmerado. Pero la variedad culta no deja de ser una variedad más de entre todo el repertorio de variedades lingüísticas (geográficas, sociales, situacionales) que conforman la lengua. La variedad culta no tendría más interés que cualquier otra variedad si no fuera porque es la que se considera prestigiosa dentro de la comunidad de hablantes y, por tanto, la forma deseable de expresión, el estándar lingüístico al que hay que aspirar, el que se enseña en la educación básica y cuya norma dictan las instituciones normativas (en el caso del español, instituciones como la RAE y la Fundéu). Sin que haya ninguna razón inherente y objetiva que lo motive, el prestigio social convierte la variedad culta en el patrón que define la norma lingüística: aquellos usos propios de la variedad culta se consideran correctos, mientras que todos los demás serán considerados incorrectos.

El problema reside en que qué formas de hablar se consideran prestigiosas y deseables dentro de una comunidad de hablantes no es una cuestión ni inocente ni accidental. De hecho, lo que define a la variedad culta es que es aquella que usan las personas de nivel sociocultural alto. Es decir, que la norma culta está hecha a imagen y semejanza de unos estratos sociales muy concretos que perpetúan y justifican su posición de poder y privilegio haciendo que sus propios usos lingüísticos se conviertan, no ya en los deseables, sino directamente en lo que define qué es lo correcto, mientras aquellas variedades asociadas a zonas geográficas o estratos sociales desfavorecidos y alejadas de los centros de poder tienden a ser consideradas de segunda, cuando no directamente indeseables. En definitiva, lo que llamamos «hablar bien» no es más que elevar a los altares la forma de hablar de un conjunto reducido y muy particular de hablantes y que, gracias al prestigio social que los rodea, se ha convertido en canónico. No hay nada inherentemente bueno ni objetivamente mejor en aquellos usos lingüísticos que consideramos correctos. La idea de lo que se considera correcto es, por tanto, tremendamente cuestionable desde el punto de vista social. El prestigio lingüístico no es otra cosa que un remolque del prestigio social.

Es indudable que tener un código compartido (un estándar) que sea conocido y reconocido por toda una comunidad de hablantes presenta innumerables ventajas, sobre todo cuando se trata de textos que van a tener una difusión territorial y social muy alta (un texto administrativo, las instrucciones para montar un mueble o un artículo de periódico, por ejemplo). No se trata, pues, de abogar por la destrucción de cualquier formato lingüístico que tenga visos de elevarse a la categoría de estándar compartido. Por ahora, esa función la desempeña la norma culta. Pero lo que no podemos olvidar es de dónde surge eso que llamamos norma y, sobre todo, a quién privilegia.

Por eso, juzgar a alguien por un uso lingüístico no estándar en una conversación, burlarse de las variedades menos prestigiosas o considerar que «hablar mal» (es decir, no hablar siguiendo la norma culta) es síntoma de tener pocas luces o de poca capacidad es un error por partida doble. En primer lugar, porque la variedad culta no es ni mucho menos toda la lengua, sino que tiene un ámbito de aplicación muy determinado. Y en segundo lugar, porque cuando criticamos formas de habla que se alejan del canon lo que estamos perpetuando es el desprecio por aquellas formas lingüísticas que han sido marginadas y ridiculizadas por motivos que tienen mucho que ver con el poder y muy poco con la lengua.

No existe ninguna obligación lingüística, moral, legal, tan siquiera estética de expresarse siguiendo los preceptos de la norma culta (más allá del deseo de cumplir una cierta convención social arbitraria), como no existe ninguna razón objetiva que haga mejores o más deseables los usos de la norma culta frente a todas las demás variedades lingüísticas. Decirse amante de la lengua es incompatible con despreciar toda forma de habla que no obedezca la norma y no podemos confundir la fijación con la observancia de la norma con amor por el idioma. Es natural que tendamos a sentir reverencia por la norma y rechazo por los demás usos y variedades lingüísticas, puesto que esa es la noción en la que nos educamos y en la que vivimos inmersos.

Pero, afortunadamente, de ser un grammar nazi también se sale.

 

Este artículo de Elena Álvarez Mellado es uno de los contenidos del número 1 de la publicación trimestral impresa Archiletras / Revista de Lengua y Letras, disponible en quioscos y librerías.
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