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Pedro Álvarez de Miranda

14 Ago 2020
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Firmas

«La presidente», a estas alturas

Cuando, hace no mucho, se hizo público el informe encargado a la Real Academia Española por la vicepresidenta del Gobierno doña Carmen Calvo sobre el «buen uso» del llamado «lenguaje inclusivo» en la Constitución española de 1978, pude oír un pequeño corte televisivo de unas declaraciones de la vicepresidenta, quien, rodeada de periodistas, habría sido requerida para dar su opinión al respecto. En el pequeño fragmento de esas declaraciones (y me disculpo por verme obligado a sacar de un contexto que ignoro las palabras que voy a reproducir) dijo: «En la calle nos llaman vicepresidentas, ministras, diputadas…».

¡Pues claro que sí! ¡Por supuesto! ¿Quién lo duda, quién discute eso? ¿Cómo las van a llamar sino así, es decir, con esos sustantivos acabados en su terminación flexiva femenina: vicepresidentas, ministras, diputadas? Tal asunto no se tocaba, pues se da por supuesto, en el informe académico.

Acabo de preguntar retóricamente quién lo duda, quién discute eso. En realidad, hay motivos al margen de la retórica para tales interrogaciones, pues parece que sí hay quien lo duda, sí hay quien lo discute. O, para ser exactos, hay quien todavía, a estas alturas —enseguida se entenderá por qué escribo esto último—, elige decir la vicepresidente —o la presidente; para el caso, es lo mismo—. Cabría añadir, pero no quiero adentrarme mucho en esta dirección, que quienes han elegido referirse a mujeres que presiden, u ocupan un ministerio o un escaño, etc., usando la terminación masculina de los sustantivos correspondientes lo hacen más como provocación política que por ignorancia o descuido gramatical.

Han coincidido casi en el tiempo, en Argentina y España, tres hechos prácticamente idénticos, e idénticamente anacrónicos. Los vídeos respectivos son fácilmente localizables en Internet.

Reunión del Senado argentino. Preside Cristina Fernández, que da la palabra a un senador, José Mayans. Este comienza: «Presidente…». Ella le interrumpe: «Presidenta, perdón, senador». Él: «Presidenta, bueno, este…, disculpe, presidenta». Unos minutos más tarde, Cristina Fernández anuncia: «Vamos a hacer votación. Senador Mayans…». Él reincide: «Así que, presidente, solicito que se vote el proyecto».

Cristina Fernández: «Presidenta, Mayans, presiden-ta, -ta, -ta, -ta» (marcando y repitiendo con énfasis la terminación). El senador (risueño y como sorprendido): «No tiene sexo, la palabra presidente…». Ella: «No, no, eso lo dicen los machistas, no, no, no, de ninguna manera». El senador, riéndose: «Corrijo entonces. Presidenta…». Y ahí termina la cuestión (o, al menos, ahí termina el vídeo que he recuperado). Nótese la curiosa identificación hecha por el senador entre género y «sexo».

Para ahorrar espacio, no voy a transcribir íntegramente el tenso intercambio de palabras entre un concejal madrileño de Vox, Pedro Hernández Fernández (menos sumiso y menos risueño, por cierto, que el senador argentino), y la concejala M.ª Pilar Sánchez Álvarez que presidía una determinada comisión en el Ayuntamiento de la capital. Aquel se dirigió a ella una primera vez como «señora presidente» y fue advertido inmediatamente de que debía llamarla presidenta porque de lo contrario estaba atentando contra su dignidad, como mujer y como presidenta. Hernández, sin inmutarse, volvió a utilizar presidente dos veces más, hasta que Sánchez, en aplicación del reglamento, le hizo una llamada al orden. «Es una provocación», dijo la presidenta. En efecto lo era. Si hubiera sido un lapsus gramatical no habría incurrido dos veces más, con palmaria chulería, en lo de «señora presidente».

Reacción verdaderamente genial ha sido hace poco la de la presidenta del Senado de España, Pilar Llop. Un senador de Vox se dirigió a ella como «señora presidente». Ella no le interrumpió, le dejó hablar y al terminar le dijo sin despeinarse: «Muchas gracias, señora senadora».

Gramaticalmente, el asunto es complejo y no se puede despachar de un plumazo. Los participios latinos de presente han dado en español adjetivos en –nte, algunos de los cuales se sustantivan de modo habitual y otros se han lexicalizado como nombres: presidente, asistente, sirviente. La lengua, ante algunos de estos vocablos, como también ante otros sustantivos en –e (jefe, por ejemplo), ha vacilado entre dotarlos de flexión genérica (con terminación -a para el femenino) o dejarlos invariables. Son antiguos giganta y sirvienta, e infanta contendió con la infante. Parecen haberse hecho relativamente corrientes, bien que no siempre exclusivos, acompañanta, asistenta, ayudanta, clienta, comedianta, confidenta, farsanta, figuranta, gobernanta, parienta, pretendienta, principianta, tunanta, etc. (además desde luego, de parturienta, que tenía todas las de ganar frente a la parturiente, combinación esta última que, con todo, puede documentarse). A esa lista cabe añadir, desde luego, presidenta, mal que les pese a los de Vox, pero ahora la dejo de momento a un lado. Enseguida salta a la vista que hay casos de especialización semántica: no es lo mismo una asistenta que una asistente, una gobernanta que una gobernante. Y además, el hecho de que en la significación de algunas de aquellas formas se haya interferido una perturbadora carga despectiva al margen de la pura moción genérica puede ser causa de que las correspondientes no flexionadas hayan recuperado terreno; es el caso de pariente femenino, es decir, de una pariente, o Juana es pariente mía, por el hecho de que la parienta sea una designación burlona de la esposa (debe de ser muy raro el pariente = ‘el esposo’, aunque el diccionario de Seco, Andrés y Ramos cita un texto). Fernández Ramírez señaló que ciertas formas en –a solo se emplean ocasionalmente, y con conciencia de su anomalía: «Pero, ¿has estado de oyenta?» (Arniches). En el Quijote encontramos «la preguntanta», y en una comedia atribuida a Lope aparece amanta acaso solo para que rime con infanta. El femenino gerenta es francamente raro en España, mas no en varios países de América, cuya relación puede encontrarse en el diccionario académico. Como se ve, la casuística es notable.

El caso es que flexionar la mayoría de los adjetivos que presentan la terminación –nte, incluso cuando son predicables de personas (cargante, competente, constante, decente, distante, importante, independiente, indolente, inteligente, prudente y otros) es del todo imposible, en
contraste con los sustantivos que también la llevan. Son significativos los casos de pacienta, no imposible —aunque raro— como sustantivo (‘enferma’) pero sí como adjetivo (‘que tiene paciencia’). Bien diferentes entre sí son la dependienta de una droguería y una mujer
drogodependiente.

Históricamente, los sustantivos que tuvieron ocasión de hacerlo (habida cuenta de las escasas o nulas posibilidades que se presentaban de referirlos a mujeres) tendieron a flexionar, o al menos a ensayar la flexión. Pero el hecho es que hoy son muchos los que no adoptan –a ni siquiera en uso sustantivo: adolescente, agente, concursante, conferenciante, contrayente, contribuyente, contrincante, delincuente, dibujante, donante, emigrante, fabricante, firmante, habitante, hablante, indigente, invidente, participante, protestante, remitente, residente, semejante, simpatizante, traficante, vidente, votante, etc.; y que, si lo hacen, es con carácter excepcional y festivo. En conjunto, el número de los invariables es más nutrido que el de los flexionados. Con todo, es normal farsanta, más adjetivo que sustantivo en el uso actual, y se puede motejar a una mujer de dominanta, intriganta, tunanta, lianta… En definitiva: en las formas en –nte la condición sustantiva posibilita la flexión —y hasta cabe decir que antaño la favoreció—, pero está lejos de imponerla; y su aparición en adjetivos se circunscribe a unos pocos de significación despectiva, que el femenino entonces refuerza.

Volvamos a presidente / presidenta. El primer ejemplo que conozco de presidenta (referido a una priora) es de hacia 1448 y el primero de presidente femenino (Juno como «presidente de los reinos del cielo») de 1494. Remito para los detalles a un trabajo académico que dediqué en 2006 a la cuestión, donde puede verse que presidenta fue ganando terreno a la presidente a lo largo de los siglos XVI y XVII, y que la forma invariable no se documenta ya en el XVIII referida a la mujer.

Pues bien, en 1787 se crea en el seno de la Sociedad Económica Matritense de Amigos del País una especie de «sección femenina» que se llamó Junta de Damas de Honor y Mérito. La formaban catorce damas y la presidía la condesa de Benavente. A los pocos días de su primera reunión apareció en el Diario de Madrid una carta firmada por cierto Blas Corchos (posible seudónimo) en la que este se sorprendía de haber leído varias veces en la prensa la palabra presidenta referida a la de Benavente. Del mismo modo que no decimos —argumentaba Corchos tramposamente— mujer prudenta ni luna crecienta, no debemos decir presidenta, sino la presidente. El tono de guasa es manifiesto cuando pregunta si a los responsables del Diario habrá que llamarlos diaristos.

A la cuchufleta de Corchos respondió uno de los más distinguidos literatos de la Corte, amigo de la de Benavente: don Tomás de Iriarte. Su carta, en la que discurre con sensatez y pericia gramatical en favor de presidenta, dio lugar a una curiosa polémica que se prolongó en el Correo de Madrid. En ella apareció también la batallona cuestión de la doble posibilidad semántica de presidenta, ‘mujer que preside’ y ‘esposa del presidente’. Iriarte no se deja engañar por ella, e insiste en que lo importante es «la voz en sí» (el significante, diríamos hoy).

Seguramente, si don Blas Corchos hubiera encontrado en el Diario la palabra presidenta aplicada a la esposa de un presidente no hubiera escrito ninguna carta. Lo determinante en la polémica no fue aquella gramatiquería, fue la novedad social del hecho de que una mujer presidiera una junta civil.

Pero al menos en el plano de la codificación lexicográfica se diría que la polémica dio sus frutos. Don Tomás no perteneció a la Academia. Pero el caso es que aunque la tercera edición del diccionario de ella en un tomo, la de 1791 (año en que murió el poeta), seguía registrando únicamente, como las anteriores, la forma presidente, la cuarta, de 1803, añadió este otro artículo: «PRESIDENTA: s. f. La mujer del presidente, o la que manda y preside en alguna comunidad». No ha sido frecuente en la corporación tal rapidez de reflejos.

Hace poco, un titular de El País decía, a propósito de la elección de una mujer, Ekaterini Sakelaropulu, para la jefatura del Estado en Grecia: «La señora ‘presidente’ de Grecia». La elección de presidente y las comillas simples distanciadoras se debían aquí a que, en efecto, en griego moderno la palabra correspondiente, próedros, es un sustantivo invariable, y la moción de género se establece por medio del artículo.

Es de lamentar que más de dos siglos después de la polémica dieciochesca aquí evocada nos encontremos con que hay otros Corchos, scilicet alcornoques, en Madrid y en Argentina, que se resisten a aceptar lo evidente. Nihil novum sub sole.

 

Este artículo de Pedro Álvarez de Miranda es uno de los contenidos del número 7 de la publicación trimestral impresa Archiletras / Revista de Lengua y Letras.
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