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Pedro Álvarez de Miranda

28 Jun 2021
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La palabra vacuna

La ciudad de Madrid se muestra agradecida con los grandes médicos que han sido benefactores de la Humanidad, y así como ha puesto el nombre del doctor Fleming a una calle, ha dado el de Jenner a otra. Bien justificadamente, porque el descubrimiento de la vacuna de la viruela por Edward Jenner a finales del siglo XVIII permitió —y España tuvo mucho que ver en ello— salvar a millones de personas en todo el mundo de padecer esa enfermedad o de morir por ella.

Antes de tal descubrimiento se practicaba otro recurso preventivo, el de la inoculación de la viruela humana. En un precioso artículo de 1978, «De Feijoo a Quintana. Testimonios lingüístico-literarios sobre inoculación y vacuna», Joaquín Arce siguió el rastro a esas dos palabras, mostrando que inoculación fue usada por vez primera en español en 1733 por el P. Feijoo. El recorrido de Arce se cierra con Quintana porque en 1806 este poeta dedicó una oda «A la expedición española para propagar la vacuna en América bajo la dirección de don Francisco Balmis».

El descubrimiento por Edward Jenner de que las personas infectadas por la viruela vacuna, mucho menos nociva que la humana, quedaban protegidas también frente a esta fue el decisivo, y se plasmó en su opúsculo An Inquiry into the Causes and Effects of the Variolae Vaccinae (1798). El diccionario de Oxford nos informa de que ya en 1799 aparece el adjetivo inglés vaccine (del latín vaccinus ‘relativo a la vaca’) en sintagmas como «vaccine disease», «vaccine virus», «vaccine inoculation»; y vaccine sustantivo en 1803.

La novedad se difundió rápidamente por Europa. En francés vaccine, que designaba una enfermedad de las vacas (también petite vérole), se aplicó en 1800 a la inoculación del virus correspondiente a un individuo para inmunizarlo frente a la viruela, pero el sustantivo que acabó imponiéndose fue el masculino vaccin. También el italiano optó por el masculino, vaccino, que sin embargo contendió con el femenino, vaccina. El portugués vacina lo documento en fecha temprana, 1800, y coincide, tras abundante empleo de un latinizante vaccina en el XIX, con la forma fijada en el XX por la ortografía portuguesa.

En España se suceden las publicaciones sobre el nuevo descubrimiento desde fecha tan temprana como 1799. Un folleto impreso en Barcelona en ese año, el anónimo Compendio de la vaccina o vacuna, «traducido del inglés al francés y de este al español», es tan extraordinariamente raro que solo se conservan de él, al parecer, dos ejemplares, uno en la British Library (que fue consultado por Guillermo Olagüe de Ros y Mikel Astrain Gallart) y otro en la Universidad Iberoamericana de México. He tenido que mover Roma con Santiago para conseguir —en estos tiempos difíciles en que, erradicado el virus variólico, otro nos amenaza— una copia, cosa que al final he conseguido gracias a la extraordinaria amabilidad de la profesora Susana María Ramírez Ortiz, gran especialista en la Expedición Filantrópica de la Vacuna, y de doña Teresa Matabuena, directora de la Biblioteca Francisco Xavier Clavigero de la mencionada universidad mexicana.

Nada puede reflejar más elocuentemente que el título de ese opúsculo la indecisión léxica entre los sustantivos vaccina y vacuna, bien que en el interior del texto se opta reiteradamente por el primero. De gran interés lingüístico es este párrafo del traductor, algo embarullado pero indicativo de un cierto sentido del idioma:

Los Franceses han inventado el verbo activo vacciner, y por consiguiente usan de sus derivados vaccine, etc. Los Españoles debían substituir [i. e., ‘deberían introducir como equivalente’] el verbo activo vacunar, y, usando como los Franceses de sus derivados, deberían decir vacunación, etc.; pero se ha hecho tan familiar la voz vaccina que se hace preciso usar del nuevo verbo vaccinar, y de sus derivados vaccina, vaccinación, etc., sin embargo de que no es tan antiguo que impida usar absolutamente de la voz vacuna.

Curiosamente, en el tramo final de la obrita vaccina se simplifica en vacina y reaparece vacuna: «la enfermedad de la vacina o vacuna es ligerísima, benignísima, y sin peligro alguno para aquel a quien se le hace». (Nótese que la vacuna se veía aún como una ‘enfermedad’; pero positiva por muy ligera, no temible).

Varias publicaciones periódicas incluyen en 1800 información sobre el descubrimiento, y en los primeros años del nuevo siglo se suceden los impresos: Ensayos sobre la inoculación de la vacuna, o método fácil y seguro de preservarse para siempre de las viruelas (1801), de François Colon, traducidos del francés por Francisco Piguillem; La vacuna en España, o Cartas familiares sobre esta nueva inoculación (1801), del mismo Piguillem; Origen y descubrimiento de la vaccina (1801), traducido del francés por Pedro Hernández; Breve instrucción sobre la vacuna, medios de comunicarla y observaciones de sus efectos (1801); Progresos de la vacina en Tarragona, o instrucciones y reflexiones sucintas sobre la inoculación de la vacina dirigidas a los Padres de familia y a los sujetos que sin ser facultativos se quieran dedicar al fomento y propagación de este admirable descubrimiento, en beneficio de la humanidad (1801) de Juan Smith; Tratado de la vaccina o viruela vacuna (1802) de Diego de Bances; Aviso importante sobre los casos extraordinarios de viruelas legítimas sobrevenidas mucho tiempo después de la vaccina verdadera, y tentativas para precaverlos, con otras reflexiones dirigidas a perfeccionar la práctica de la vacuna (1803) de Juan Puig. Y sobre todo el Tratado histórico y práctico de la vacuna de Jacques Louis Moreau de la Sarthe traducido por Francisco Javier Balmis en 1803.

Papel destacado tuvo el médico Ignacio Ruiz de Luzuriaga, cuyos escritos, sin embargo, permanecieron inéditos y se conservan en la Academia Nacional de Medicina. Una muy interesante carta suya de 1801 ha sido publicada por Olagüe y Astrain.

Conviven en esos escritos vacuna, vaccina y vacina (ya en los títulos se habrá comprobado), vacunación, vaccinación y vacinación, vacunal, vaccinal y vacinal. Pero la hegemonía de las formas con –u– se afirmó pronto, y las latinizantes con –cc– tuvieron corto recorrido. Por lo que al verbo se refiere, vacunar se impuso no solo sobre vaccinar, también sobre invacunar y envacunar, ensayados ambos en un primer momento.

El triunfo de vacuna sobre vaccina nos apartó ligeramente de las otras lenguas europeas, acogidas de forma unánime al latinismo. ¿Que inventen ellos? Bueno, nosotros supimos esta vez hacer gala de cierta inventiva léxica.

 

Este artículo de Pedro Álvarez de Toledo es uno de los contenidos del número 10 de la publicación trimestral impresa Archiletras / Revista de Lengua y Letras.
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