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Pedro Álvarez de Miranda

10 Abr 2019
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Firmas

Burgeses e burgesas… todos

Amelia Valcárcel y Sabina Berman presentaron el 14 de octubre pasado el «Manifiesto de Monterrey por una lengua viva», que con el título «Un mensaje al sentido común» pudo leerse -yo así lo hice, y con mucho interés- en el periódico El País del 24 del mismo mes. No cabe duda de la habilidad de las promotoras para poner títulos, pues esos dos que dejo consignados insinuarían que quienes discrepen de lo que en tal texto se dice serán (seremos, pues yo discrepo) partidarios de una «lengua muerta» y carecerán (careceremos) de sentido común.

Qué se le va a hacer. Pues el caso es que yo, con toda mi falta de sentido común a cuestas, no puedo sino volver muy cordialmente al debate.

Dicen las articulistas que «el español que heredamos y hoy usamos contiene reglas que corresponden a un mundo patriarcal». Es muy posible. Pero con una observación importante: no sería algo privativo del español. El mismo «masculinismo» gramatical, de origen patriarcal o androcéntrico, se da también en otras lenguas dotadas de géneros gramaticales, como el francés o el italiano; y se manifiesta en cambio mucho más débilmente en otras que prácticamente no los tienen, como el inglés.

Uno ya no sabe qué esfuerzos razonadores hacer, pero hay que intentarlo. Yo tengo dos nietas. Si están alborotando a mi alrededor y no me dejan trabajar les pediré: «Estaos quietas, por favor». Voy a ponerme en la hipótesis de que Amelia Valcárcel o Sabina Berman tuvieran nietos de ambos sexos (nótese que he empleado nietos, masculino plural, para precisar inmediatamente después «de ambos sexos»; nunca podría escribir en cambio «nietas de ambos sexos»). Si así fuera, en la misma situación de alboroto infantil es seguro que dirán: «Estaos quietos, por favor». (Sabina Berman, mexicana, dirá: «Estense quietos…»). Si aceptan que esto es así, aquí habrá terminado nuestra discusión. Pues eso, sencillamente eso, es lo que queremos decir los lingüistas cuando señalamos que el masculino, y no solo en español, es el género no marcado.

No solo en plural, por cierto, también en singular. Si una de las dos autoras del artículo que comento se encuentra, en un determinado momento, enferma, es seguro que pensará o dirá: «Tengo que ir al médico». Se encaminará a un centro de salud y allí se encontrará con que la atiende o un doctor (un médico) o una doctora (una médica). Perfecto. Si después se encuentra con una persona que desconoce el sexo de la persona que la ha atendido, esa persona le preguntará: «¿Qué te ha dicho el médico?».

Contra lo que sostienen las autoras, las frases «Estaos quietos» y «Tengo que ir al médico» son precisamente una manera muy ágil, muy útil, cómoda y económica de pedir a un grupo de niños y niñas que no alboroten, o de reclamar la atención facultativa de un o una profesional de la medicina. Las que sí que estorban la agilidad son justamente las duplicaciones de género.

Muy oportunamente hablan de «el español que heredamos». Vayamos, pues, a uno de sus más antiguos monumentos, el Cantar de Mio Cid. En el que leemos, casi al principio: «Exienlo ver [= ‘salían a ver al Cid’] mugieres e varones, / burgeses e burgesas por las finiestras son». ¿Es que el autor del Cantar era un protodesdoblador? No, en absoluto. Quería subrayar, eso sí, que todos los habitantes (y las habitantes, por supuesto, pero ya no necesito precisarlo) de Burgos (burgeses y burgesas, por cierto, no significan ‘burgaleses’ y ‘burgalesas’, como alguna vez se ha creído, sino ‘habitantes de un burgo’, ‘ciudadanos’) se asoman para ver partir a Rodrigo. Y dos versos después dice: «De las sus bocas todos dizían una razón». Nótese: todos. Ya no hace ninguna falta decir «todos e todas». En esto consiste, ni más ni menos, el fenómeno del masculino como género no marcado, o, si se prefiere, el masculino inclusivo. En los siglos XII-XIII lo mismo que en el XXI.

Para ayudar a entender el interesante fenómeno gramatical de inclusión semántica que se opera en el masculino será útil ofrecer un caso paralelo o muy similar que se produce en el plano léxico. Tomemos la palabra día. Esta voz tiene, entre otros, estos dos significados: A: ‘período de veinticuatro horas’; B: ‘período comprendido entre el amanecer y el ocaso, durante el cual hay claridad solar’. Por su obviedad, no será necesario ofrecer aquí ningún ejemplo que muestre el significado A. Pero sí lo será, tal vez, mostrar uno del significado B: Ahora los días son más cortos.

Lo peculiar del caso, como se ve, es que el significado B está incluido o comprendido dentro del significado A. Pues bien, no otra cosa es, exactamente, lo que ocurre en la secuencia los niños: que en ella el significado ‘niñas’ puede estar incluido. Los niños, igual que día, es una secuencia polisémica, puede significar dos cosas, a saber: A: ‘los niños y las niñas’; B: ‘los niños varones’. Y es cómodo que así ocurra.

Inquieta el empleo que en el artículo que comento se hace del verbo inventar. «Es entonces natural -dicen las autoras- que hoy el español deshaga las reglas que mienten a esta nueva realidad. Y que invente nuevas reglas que la relaten con mayor precisión». Y más adelante: «Las reglas de la lengua inclusiva están por inventarse» (cursivas mías). ¿Quiere esto último decir que todavía hemos de esperar a que alguien se «invente» algún otro remedio mágico, esta vez definitivo? ¿Se está reconociendo que los hasta ahora «inventados» -a saber, la arroba: tod@s, la equis: todxs, la e: todes, además de los dichosos desdoblamientos- han fracasado? En cualquier caso, lo esencial es esto: la lengua no ha evolucionado jamás a golpe de «inventos» de nadie: ni del autor del Cid, ni de Cervantes, ni de la Academia, ni de Amelia Valcárcel y Sabina Berman, ni mucho menos de un servidor. Las lenguas no se «inventan», nadie las «inventa». Surgen (en nuestro caso de la transformación del latín) y evolucionan ellas solitas, son casi organismos vivos, y por cierto enormemente ágiles y eficaces. Los hablantes, individualmente considerados, nada pueden sobre ellas. Afortunadamente.

 

Este artículo de Pedro Álvarez de Miranda, Catedrático de Lengua Española y miembro de número de la Real Academia Española, es uno de los contenidos del número 2 de la publicación trimestral impresa Archiletras / Revista de Lengua y Letras.
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