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11 Feb 2019
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Por las dudas

Un toque de atención sobre desviaciones normativas, cambios lingüísticos, expresiones de moda y nuestra capacidad de acogida de palabras procedentes de otras lenguas.

Mª Ángeles Sastre

Profesora de Lengua Española en la Universidad de Valladolid. Me llama la atención cómo habla la gente, cómo escribe, cómo dice sin decir, cómo maquilla lo que dice, cómo transgrede con el lenguaje, cómo nos dejamos engañar por los políticos. Leo la letra pequeña en la publicidad y los periódicos de pe a pa. Y encuentro de todo.

Neologismos embellecedores

Un ejemplo de la interacción entre la lengua y la realidad es que cualquier lengua es un reflejo fiel de los cambios y novedades que se producen en la realidad.

Los cambios e innovaciones del mundo real favorecen la aparición de nuevos vocablos para designarlos y, a su vez, conllevan la pérdida de otros. De los nuevos vocablos que se crean, unos pasan de puntillas (diremos entonces que tienen una presencia pasajera) y otros se instalan más o menos definitivamente, es decir, entran a formar parte del léxico y, consecuentemente, son registrados en los diccionarios. Estas nuevas unidades son los neologismos.

Hace una década Fernando Lázaro Carreter, en el prólogo del libro El nuevo dardo en la palabra, publicado en 2003, decía que «la intrusión de voces nuevas en cualquier idioma, en el nuestro, por tanto, suele motivar reacciones poco complacientes, incluso entre quienes cada día viven inmersos en un ambiente anglosajón, y se ponen un slip y no unos calzoncillos, o se meten en unos pantys y no en unas medias». Con ejemplos de este tipo podría seguir hasta la saciedad. En el caso concreto del español, esta actitud hacia las palabras foráneas no es de hoy: su origen hay que buscarlo en la primera mitad del siglo XVI, cuando se tiene constancia de que la lengua está ‘plenamente’ consolidada y surge una conciencia crítica sobre lo propio y lo ajeno en el idioma. Lázaro Carreter ilustraba esta idea con un testimonio de Juan de Valdés tomado del Diálogo de la lengua (1535): «el uso nos ha hecho tener por mejores los [vocablos] arábigos que los latinos; y de aquí es que decimos antes alhombra que tapete, tenemos por mejor vocablo alcreviste que piedra sufre, y azeite que olio». Como pueden comprobar, el uso de 1535 referente a estos vocablos no coincide exactamente con el actual: en la actualidad conviven los términos alfombra y tapete (el primero para cubrir el piso y el segundo para cubrir mesas u otros muebles); el alcreviste que citaba Valdés es el alcrebite, también conocido como acrebite o  alcribite, que consta en el diccionario académico como término desusado equivalente de azufre; también en la actualidad conviven azeite –con la grafía aceite– y olio –con la grafía óleo– (el último aplicado solamente al usado en los sacramentos y ceremonias religiosas, y en la expresión al óleo).

Sobre las causas de los neologismos decía Valdés que la fundamental era tener el término por mejor sin causa aparente; en palabras suyas, «basta que lo nuevo tenga o más propiedad, o más hermosura, o más energía». Hoy muchos neologismos, que llamaré ‘embellecedores’, han arrinconado a otros tantos vocablos sentidos ya como rudos, toscos, zafios, bastos, primitivos o faltos de refinamiento, que etiquetan a quienes los usan como personas rústicas e ignorantes, sin cultura y sin refinamiento. 

Sirvan como ejemplos el uso de pañuelo (para limpiarse la nariz), que ha arrinconado a moquero; o el de sujetador como sustituto de sostén; o el de braguitas por bragas (aunque no sean precisamente pequeñas); o el de tupperware (o túper, forma adaptada registrada en el diccionario académico), nombre de la marca registrada que designa un tipo de recipiente hermético que ha venido a sustituir a la fiambrera o a la tartera de toda la vida.

La ondulación artificial del cabello que se mantiene durante largo tiempo antes era una permanente; la gente que antes se hacía la permanente ahora se hace un moldeado; hoy casi nadie dice que toma un tazón de cereales con leche (o con yogur) para desayunar, sino que toma un bol de cerales con leche.

En las viviendas, la planta situada justo debajo de la cubierta (o sea, del tejado) antes era el sobrado o el desván en las casas rurales y la buhardilla en las urbanas. Hoy han sido sustituidas en el uso por buhardilla o ático en las casas unifamiliares y por ático en los bloques de pisos. La palabra terraza ha arrinconado a azotea (la parte más alta de un edificio, llana y sin tejado, por la que se puede andar) y a balcón.

En el ámbito gastronómico las salsas han oscurecido a los mojes o a los pringues. En los bares (ya no en las tabernas o en las cantinas, a no ser que el bar en cuestión se llame «taberna del herrero», por ejemplo) nos ponen de tapa cortezas en vez de torreznos. En la carnicería compramos beicon (la RAE propone esta grafía, junto a bacón, como adaptación de la voz inglesa bacon) en vez de panceta.

Hoy todos vamos a la farmacia a comprar medicinas o medicamentos y no a comprar la botica que nos ha recetado el médico. Ya casi nadie va a las droguerías a comprar productos de limpieza y pinturas. En las perfumerías nadie pide colonia sino perfume, aunque técnicamente se distingue entre agua de colonia, agua de perfume o perfume; la gente nos pregunta qué perfume llevamos y no qué colonia nos hemos echado.

Casi nadie va al váter ni al retrete sino al baño, al cuarto de baño –aunque sea en un bar–, al lavabo, al servicio, al aseo o –en un grado de finura superlativa– a la toilette.