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Sol Genafo

20 Oct 2020
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Firmas

Sonidos de Sefarad

Hace unas semanas, una entrañable mujer nonagenaria, procedente de Salónica y residente en París, me contaba que todos sus recuerdos estaban en ladino. Era Annette Cabelli, superviviente con el número 4065, del Campo de Concentración de Auschwitz-Birkenau.

Hoy en día los ladinohablantes en el mundo son alrededor de un cuarto de millón de personas, repartidas sobre todo entre Turquía e Israel y algunos reductos en España, Francia, Italia, Bosnia e incluso Estados Unidos.

La llamada ‘Autoridad Nasionala del Ladino’, creada por una ley parlamentaria de 1997, vela por la conservación de ese idioma.
Moshé Saul, su director general y el ex jefe del Estado israelí, Itzhak Navón, argumentaron que el legado sefardí destaca por una riquísima herencia literaria y cultural que tiende sus puentes a lo largo y ancho del Mediterráneo.

Fue todo un acierto la creación del proyecto de Livnat en 2010 para que se reuniesen todas las comunidades judías que se fundieron en Israel a partir de 1948 en lo que su fundador, David Ben Gurión, denominó el ‘crisol de diásporas’.

El despertar de esta cultura tiene mucho de rebeldía por ese silencio forzoso y de deseo de volver a escuchar los sonidos de Sefarad que lleva a compartir un pasado común y sentir la calidez de volver a casa. «Solo nosotros sabemos estar distantemente juntos», decía Cortázar. Eso, naturalmente, se deja sentir también en la música, poniendo en valor el Romancero sefardí en judeoespañol que nos ha acompañado, cual amigo fiel, en las distintas etapas de la vida.

Hay canciones para celebrar el nacimiento, para la noche de bodas, declaraciones de amor, despedidas… También con altas dosis de picaresca y un agudo sentido del humor, antídoto imprescindible para sobrellevar tanto sufrimiento. Parte de esas canciones gozan del encanto añadido de haberse transmitido de manera oral, de la abuela judía a los nietos, y así generación tras generación.

En 2018, con cierta solemnidad, el entonces director de la RAE, Darío Villanueva, anunció el nacimiento de un nuevo miembro en la familia de la lengua castellana: la Autoridad Nasionala del Ladino i su Kultura. Lo presentó como un integrante particular, como el idioma que hablan los judíos herederos de los que fueron expulsados de la península Ibérica a finales del siglo XV y que fueron sumando a lo largo de los siglos, en todo país donde se asentaron, las peculiaridades de cada cultura e idioma.

El mantenimiento de ciertas costumbres, culturales y folclóricas, crean cierto sentimiento de pertenencia; fue una satisfacción saber que en el Congreso Internacional de la Lengua Española de 2019 en Córdoba (Argentina), el ladino fue uno de los puntos del orden del
día. Al clausurarse, quedó en el aire la pregunta de si en el próximo congreso, que tendrá lugar en Arequipa (Perú), estará presente el judeoespañol ya como Academia. Sería la número veinticuatro.

Curiosamente, las dos academias de la lengua que tenía Israel eran la de la lengua hebrea y la del árabe. La decisión de construir en Jerusalén también la del ladino era una obligación moral, por parte de Israel, de atender a todos aquellos habitantes de origen y cultura sefardí y una deuda histórica, por parte de España, el contribuir a este hecho, por todos esos judíos que se vieron forzados a abandonar Sefarad en 1492 y con ellos su lengua.

El judeoespañol se mantuvo vigoroso y activo durante cinco siglos, pero su declive comenzó a finales del siglo XIX de la mano del nacionalismo y la implantación de un reguero de estados modernos en los Balcanes junto con la descomposición del Imperio Otomano, otro duro golpe para los sefardíes que habían podido mantener viva su lengua en Turquía.

Pero fue el horror del Holocausto el principal motivo de silencio de la lengua de Sefarad en los hogares judíos, como le ocurrió a Annette en la casa de sus padres siendo ella una adolescente. Más de la mitad de los sefardíes fueron asesinados por la barbarie nazi que se llevó por delante la vida de millones de judíos y con ellos enterraron también su cultura.

Perder una lengua es siempre una tragedia. Por tanto, urge llevar esta a los jóvenes ya que se encuentra en peligro de extinción y quienes la conocen son ya gente mayor. Es una tarea compleja, como cualquier asunto que merezca la pena, pero el ladino es un elemento primordial de identidad de la comunidad sefardí.

No olvidemos que la Unesco ha nombrado al ladino Patrimonio de la Humanidad y le ha dado dimensión internacional a ese español de Cervantes, como le llamaban ellos.

Hay verdaderos tesoros escritos en judeoespañol que deben ser recuperados, así como la sensibilidad de su auténtica fonética. Hace un tiempo supe de una Hagadá de Pesaj (libro de rezos y bendiciones de la Pascua judía) con traducción al ladino de 1609, que se imprimió en Venecia en una imprenta de judíos.

Estoy convencida de que una lengua así de arraigada solo puede desaparecer cuando muera el último de sus hablantes. Para mí, nacida y educada en el seno de una familia judía sefardita de Tánger, la haketía (tipo de ladino que se hablaba en esa zona), es la lengua de mis afectos —como la de tantos judíos expulsados— y de mis más dulces recuerdos de la infancia, incluidas las nanas (Durme, durme, chiquita, sin ansia ni dolor…).

Resulta emocionante comprobar cómo esta lengua, diseminada en un espacio tan amplio y habiendo pasado tanto tiempo, cinco siglos, sin academia ni diccionario, haya subsistido a todo este periplo. Milagroso. Pese a la erosión del tiempo y las encrucijadas históricas que les tocó vivir, o precisamente por ello, los hablantes del ladino se aferraron a su lengua como a uno de sus bienes más preciados. Se preservó gracias, sobre todo, a las conversaciones en la intimidad del hogar. El núcleo familiar judío es muy dado a debatir con pasión e ingenio. Dicen que donde hay dos judíos hay tres opiniones y que no hay nada más judío que reír cuando toca llorar.

Y es que te pueden expulsar, desterrar una y otra vez, quitarte todas tus pertenencias…pero no la dignidad. Eso está íntimamente relacionado con la lengua de un pueblo, en este caso del pueblo hebreo.

El poeta búlgaro sefardí Abraham Cappon resume así el sentimiento de los descendientes del éxodo español: «A ti, Espania bienquerida, nosotros madre te llamamos… Aunque tú nos desterraste como madrastra de tu seno / no estancamos de amarte como santísimo terreno en que dejaron nuestros padres a sus parientes enterrados».

Sea esto un canto a la nostalgia histórica y a la supervivencia lingüística de los evocadores sonidos de Sefarad.

 

Este artículo de Sol Genafo es uno de los contenidos del número 7 de la publicación trimestral impresa Archiletras / Revista de Lengua y Letras.
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