PATROCINADORES
INSTITUCIONES
Junta castilla
jcm

Archiletras

Isaías Lafuente

30 Ago 2019
Compartir
Firmas

Preveyendo el futuro

En 1988, estaban editando la canción de Mecano titulada La fuerza del destino en un estudio de grabación de Madrid al lado de otro en el que el realizador de televisión José María Fraguas, hermano del recordado Forges, montaba un documental. Le martilleaba oír, una y otra vez, aquel «y tú contestastes que no». Así que se acercó para llamar la atención sobre el error gramatical, le prometieron transmitirlo a la compañía, pero sus directivos decidieron que costaba más volver a grabar que cargar con el error. No fueron ni los primeros ni los únicos. Mari Trini ya había grabado veinte años antes, en su Canción vieja, un «fuistes flor» y un «me obligastes a llorar» que pasó por todos los estadios de producción sin que a nadie le hiriese los tímpanos. Lo mismo sucedió con María del Monte en Cántame, el mismo año que el éxito de Mecano, en el que multiplicó la cantada: «Yo iba de peregrina y me cogistes de la mano, me preguntastes el nombre y me subistes al caballo».

Por el impacto de la canción y del grupo, el ‘error Mecano’ parece devengar exclusivos derechos de autor. Pero no. El mal está extendido y tiene una razón de ser. Porque en español todos los tiempos verbales en la segunda persona del singular tienen esa terminación en ‘s’, a excepción de ese pretérito. Es de esos errores que hay que hacer desaprender a los niños que, contra la etimología y en favor de la lógica, dirán ‘contestastes’ como dicen ‘sabo’, cuando conjugan el verbo saber.

Desde hace 15 años, en la Cadena SER tenemos abierta una Unidad de Vigilancia en la que corregimos los destrozos que causamos a nuestra herramienta de trabajo: la palabra. Y el famoso error de Mecano ocupa un lugar de honor, reproducido incluso por personas que quizás no hayan escuchado en su vida una de sus canciones. En esta sección radiofónica recogemos gazapos puros, esos resbalones que nos llevan a decir ‘follar’ cuando queremos decir ‘fallar’ y que se han producido, se producen y se producirán porque errar es de humanos, porque el que tiene boca se equivoca. Con menor regocijo registramos también aquellos errores que son imperdonables en profesionales que vivimos de la palabra y que por nuestra condición tenemos una responsabilidad extraordinaria en su propagación. Pero también desde ese observatorio certificamos errores que hoy lo son y quién sabe si acabarán siendo una alternativa válida a la norma o, sencillamente, acabarán siendo norma.

Innumerables veces hemos corregido el erróneo imperativo ‘iros’ que la RAE ha acabado admitiendo como excepción, sin saber muy bien cómo quien conjuga ‘iros’ en vez de ‘idos’ no pronunciará ‘marcharos’ en vez de ‘marchaos’. De la misma manera que quien usa el leísmo aceptado para personas y en singular parece difícil que no lo utilice en plural, aunque la norma lo proscriba. También hemos explicado con la pasión del converso la sutil diferencia entre el irregular verbo asolar (arrasar un lugar) y el regular asolar (secar un campo por la acción del sol, la sequía o el calor), en cuya conjugación desaparecen los diptongos. Una distinción que, según reconoce la RAE, está desapareciendo porque ambos verbos tienden a conjugarse como regulares. Fenómenos que se producen por el empuje de los hablantes que prescinden de las razones etimológicas del pasado y optan por establecer analogías con otras palabras del presente o, sencillamente, por la simplificación. Idéntica razón que llevó a los académicos hace tres siglos a enterrar la ‘orthographía’, la ‘philosophía’, el ‘theatro’ y hasta al mismo ‘Christo’, una decisión que nunca agradeceremos convenientemente los hablantes de hoy.

Como en el pasado, este tipo de transformaciones no las hacen en el presente únicamente las personas malhabladas, sea por su escasa formación lingüística o por desidia. También las protagonizan hablantes preparados y cultos que tienen además por oficio el manejo de las palabras. Son periodistas de prestigio, escritores de éxito, profesores universitarios, reconocidos conferenciantes y políticos con larga trayectoria parlamentaria, que en sus textos escritos sortearán sus errores gracias a correctores automáticos o humanos que los detectarán y corregirán para que no pasen al texto escrito, pero que quedan al descubierto cuando usan la palabra hablada.

No pondremos nombres para no hacer sangre, pero señalaré algunos de estos errores que se extienden como una plaga. El primero, la conjugación de la forma impersonal del verbo ‘haber’ como personal, cuando nos cuentan, por ejemplo, que en tal o cual manifestación «habían 50.000 personas». Este es un error que comenzamos a detectar en hablantes catalanoparlantes, pero que se ha propagado de manera extraordinaria. Más extraña parece la extensión de la conjugación del verbo prever con la plantilla del verbo proveer. Nos topamos con hablantes que están «preveyendo tal o cual cosa» entre columnistas de prestigiosos medios, ganadores de premios literarios y responsables políticos. Pocos errores son más fáciles de detectar, porque si prever es ver con anterioridad, lo lógico es conjugarlo como el verbo ver. Así de simple. Así que la transmutación es incomprensible, pero es.

También se hacen comunes las irregulares conjugaciones regulares de verbos que son irregulares. De entre todas ellas, la conjugación del pretérito del verbo ‘andar’ como ‘andé’ y no como ‘anduve’. Y esta se produce en hablantes que tienen muy claro, y así lo pronuncian, que el pasado de ‘estar’ es ‘estuve’, pero en vez de respetar la etimología optan por la analogía. Y si de mandar conjugamos ‘mandé’, se preguntan por qué no hacer lo mismo con ‘andé’.

También fruto de la analogía y con la eficaz ayuda de algunos cantantes de éxito, entre otros, se están instalando en nuestro idioma construcciones como ‘encima mío’, ‘debajo tuyo’ o ‘detrás suyo’. Son construcciones que copian, desde la aparente lógica, fórmulas como ‘alrededor mío’ o ‘al lado tuyo’. La norma nos recuerda que son casos distintos y que en la lengua culta debe evitarse el uso de adverbios como cerca, detrás, delante, encima o debajo con adjetivos posesivos. Porque los adjetivos posesivos son modificadores de sustantivos, cosa que no sucede con los adverbios. Un caso diabólico es la palabra ‘alrededor’, que es un adverbio, pero formado por la suma de una preposición, un artículo y el sustantivo ‘rededor’. Es decir, estaríamos ante un sustantivo camuflado y por eso podemos decir, desde la corrección, ‘alrededor mío’. Todo bien. Sin embargo, parece lógico que al mismo hablante que dice ‘alrededor mío’ le pueda resultar natural decir ‘encima tuyo’ o ‘detrás de mí’. Por eso, pese a esta regla general básica, el empleo del posesivo junto al adverbio está muy extendido en muchos países hispanohablantes y detectamos que está cada vez más asentado en el español que se habla en España. ¿Será imparable que el uso se convierta en norma también aquí?

Desde nuestra Unidad de Vigilancia también observamos otra desviación frecuente en los sustantivos masculinos ‘cientos’, ‘miles’, ‘millones’ que, conforme a la norma, deben ir acompañados de determinantes también en masculino. Sin embargo, cuando el complemento hace referencia a palabras en femenino —‘mujeres’, ‘personas’— es frecuente que muchos hablantes usen determinantes del mismo género y, en consecuencia, se refieran a ‘las miles de mujeres’, ‘las cientos de personas’ o ‘las millones de niñas’. El error tiene cierta lógica y no sabemos si finalmente esa lógica, errónea hoy a la luz de la norma, acabará imponiéndose.

La construcción de nuevos femeninos para lograr una lengua más inclusiva suscita encendidos y periódicos debates que darían para una monografía. Mientras la RAE se muestra resistente a aceptar algunos femeninos como ‘cancillera’, palabra incluida en el DLE para definir una tubería de desagüe pero no para designar a la mujer que ocupa una cancillería, en la comunidad de hablantes se muestran interesantes tensiones en la aceptación de nuevos femeninos. En el DLE se recogen ya palabras como jueza, fiscala, capitana, que, sin embargo, no acaban de ser unánimemente asumidos ni siquiera entre las mujeres que ejercen esos oficios. Por el contrario, se acuñan femeninos etimológicamente innecesarios como ‘portavoza’, que se van asentando en según qué ámbitos, y se extienden femeninos como ‘miembra’ o ‘testiga’, que en su día provocaron urticaria, que aún hoy se pronuncian con media sonrisa incluso entre los que los utilizan, pero que no sabemos si un día, igual que pasaron de ser sustantivos masculinos a ser comunes en cuanto al género, se convertirán en femeninos aceptados.

No llegó a triunfar, pero hace 300 años los ilustres académicos incluyeron en el Diccionario de Autoridades un femenino como ‘defensatriz’, que estuvo en el diccionario hasta finales del siglo XX, pero que pasó a mejor vida por su desuso. Mientras, más recientemente el DLE recogió otros que en su día resultaron extraños, como ‘concejala’, que han acabado imponiéndose con normalidad por el uso. En otro sentido, también sucedió con el masculino ‘comadrón’, extravagante e innecesario teniendo la palabra comadre que es perfectamente inclusiva para los y las que ayudan a la madre en el momento del parto.

En fin, este artículo no pretende defender la idoneidad de estos cambios que desafían la norma sino solo señalarlos y certificarlos. Algunos dormirán en un futuro en ese simbólico Cementerio de las Palabras que el Instituto Cervantes ha puesto en marcha para enterrar con honores aquellos términos que un día fueron y ya no son. Y otros, sin duda, formarán parte de la norma. Mientras tanto, en la radio, seguimos vigilando. Porque no imagino mejor observatorio para contemplar cómo va evolucionando nuestra lengua que este ámbito en el que la palabra hablada fluye con libertad, tropieza en ocasiones y, también, va desbrozando caminos en el presente a los que un día habrá que volver en un futuro para entender cómo la lengua que será ha llegado a ser.

 

Este artículo de Isaías Lafuente es uno de los contenidos del número 4 de la publicación trimestral impresa Archiletras / Revista de Lengua y Letras, disponible en quioscos y librerías.
Si desea suscribirse o adquirir números sueltos de la revista, puede hacerlo aquí https://suscripciones. archiletras.com/