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Azucena Palacios

10 Jul 2019
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Firmas

Los mixtecos, más allá de ‘Roma’

Cuando vi Roma, quedé fascinada, como tantos espectadores, por la terrible serenidad y belleza del retrato que Alfonso Cuarón hace del México de los años 70. La tragedia de las desigualdades sociales sobresale del blanco y negro de las imágenes para distinguirse con color propio. Sin embargo, la identidad indígena del personaje de Cleo, trabajadora doméstica bilingüe de mixteco y español proveniente de la región Mixteca Oaxaqueña, se diluye en el drama personal que experimenta.

La región oaxaqueña es una de las más pobres de México, con más del 50% de su población inmersa en un grado de marginación alto o muy alto. El 36,5% de sus habitantes vive en un estado de pobreza alimentaria, el 45,5% no tiene acceso a los servicios de salud, la mala calidad de los servicios básicos en la vivienda duplica la media nacional y su población muestra índices de escolaridad ciertamente bajos, según afirman Ramales Osorio et al. (2014). Consecuencia de ello es el importante volumen de población que migra, fundamentalmente a EE UU, pero también a las grandes ciudades mexicanas. Como representa el personaje de Cleo, una parte importante de las mujeres migrantes encuentran trabajo en el servicio doméstico en estas metrópolis.

La región Mixteca o Ñu´u Savi (la tierra de la lluvia) se extiende también por los estados del sur de Puebla y el este de Guerrero. En ella habita el pueblo de la lluvia o Na Savi, que habla diferentes variedades de mixteco o Ndusu Tu´un Savi (las palabras de la lluvia). La lengua es su máximo símbolo identitario, incluso aunque ya la hayan perdido. Les permite comunicarse, recrear su visión de mundo, transmitir los valores culturales, los modelos de vida y las categorizaciones sociales.

En estos territorios conviven otros pueblos con sus propias lenguas e identidades étnicas. La coexistencia de las lenguas originarias con el español en esta ecología lingüística no está exenta de dificultades y las diversas situaciones sociolingüísticas que surgen en esos espacios muestran una complejidad que no siempre se aborda en detalle. El estatus y la valoración social desigual de las lenguas originarias y del español son, sin duda, factores que condicionan la vitalidad, el mantenimiento o el desplazamiento de las lenguas amerindias, las prácticas multilingües cotidianas de los hablantes y la categorización negativa de las soluciones lingüísticas emergentes que surgen en ese mal llamado «español indígena». La presencia del conflicto lingüístico se plasma en la tendencia a preferir el español como única lengua para educar a los hijos. En este contexto, la lengua originaria se refuerza como un instrumento de exclusión, ya que interviene de manera determinante en los procesos de diferenciación lingüística que favorecen la categorización social negativa del colectivo indígena y las actitudes de rechazo hacia su lengua.

El respeto a la diversidad cultural y lingüística es, sin duda, un patrimonio cultural que hay que cuidar y proteger; sin embargo, si bien es cierto que, desde una dimensión sociopolítica, institucionalmente se reconoce el multiculturalismo y el multilingüismo, no siempre se concibe la convivencia de lenguas y de culturas como un valor positivo. La visibilización de símbolos identitarios no hispánicos, como puede ser el uso de la lengua indígena o la propia condición étnica, es fuente de conflicto permanente en muchos espacios sociales, mucho más en contextos de migración.

Tomemos como ejemplo el testimonio de hablantes bilingües mixtecos o Na Savi migrados al Distrito Federal y escolarizados en Colonia Pedregal de Santo Domingo. Méndez y Mercado (1992: 124) denunciaba cómo en este contexto de migración, en el ámbito de la escuela, los niños bilingües tienden a disimular su bilingüismo para evitar la estigmatización social. Asegura la autora que «frente a la realidad pluriétnica de los grupos se dio el caso de maestros que en voz alta señalaron que eran la carga del grupo por ser muy tontos». Igualmente, constata que los alumnos no indígenas se burlaban de los niños mixtecos y cómo «los maestros se mostraron indiferentes; cuando se les preguntó si eran frecuentes [las burlas] y qué hacían, comentaban a las entrevistadoras que así era siempre y nada podían hacer».

Sin duda el papel de la escuela es esencial para superar las categorizaciones sociales negativas que se han construido sobre las lenguas originarias y, lo que es más importante, sobre los usuarios de esas lenguas, vinculados permanentemente con atraso, pobreza y subdesarrollo. García Leyva (2012:130), investigador mixteco, afirma que los programas educativos que han venido desarrollando los distintos gobiernos mexicanos para castellanizar a los colectivos minorizados «han tendido a la negación y exclusión desde las aulas escolares» para promover una idealizada homogeneización y conseguir una única ciudadanía mexicana en aras del desarrollo y el progreso.

En la misma línea, Eusebio Loreto Julio (1997: 45), nahua de Guerrero perteneciente al Consejo Indio Permanente de México, denunciaba que, en contextos de migración, los indígenas son insultados y discriminados: «Seguimos sufriendo la discriminación y el desprecio en los juicios despectivos hacia los indios en general. Entre los insultos a los que se recurre habitualmente, muchos utilizan lo indígena como condición de inferioridad: ‘no sea nopal’, ‘indio patarrajada’, ‘huarachudo’».

Los actos de discriminación hacia colectivos minorizados indican que las categorías asociadas a las identidades tradicionales perduran y se mantienen las mismas fronteras simbólicas construidas, donde los estereotipos forman parte importante de estos procesos y constituyen estresores sociales (estrés de minorías) adicionales a los de la población general. Sin duda, el (des)prestigio social que el grupo mayoritario otorga a las lenguas indígenas y el que las propias comunidades se autoconceden influyen en gran medida en los procesos de conservación o sustitución de estas lenguas, siendo más acusada la pérdida de la lengua y de la identidad social e individual en las generaciones más jóvenes, precisamente en los contextos migratorios. La lengua es, en este sentido, uno de los símbolos de adscripción identitaria más potentes, aunque no el único, y es, por ello, un elemento vulnerable que se pierde fácilmente. No obstante, la construcción identitaria que los grupos migrantes hacen en estos espacios individualizados no tiene por qué tender únicamente hacia la pérdida, pues la lengua de uso en el ámbito familiar sigue siendo la materna en muchos casos, sobre todo en situaciones de migración en países de habla no hispana donde las redes identitarias son más consistentes.

La complejidad lingüística y cultural que caracteriza estas situaciones debe afrontarse sin prejuicios ni ideas preconcebidas. Este es el gran reto que aún tenemos los investigadores y los docentes para conseguir un diálogo colaborativo que fomente la reconstrucción del conocimiento frente a la estigmatización de formas minusvaloradas que se invisibilizan en un escenario en blanco y negro como el de Roma.

Bibliografía
-García Leyva, Jaime (2012). Oralidad, historia y educación de Na Savi, en David Cienfuegos et al. (coords.), De la oralidad a la palabra escrita. Chilpancingo, El Colegio de Guerrero, 115-138. https://archivos.juridicas.unam.mx/www/bjv/libros/7/3098/7.pdf

-Loreto Julio, Eusebio (1997). Los indios hoy: una nueva identidad, en Manuel Gutiérrez Estévez (comp.), Identidades étnicas. Madrid: Casa de América, 43-48.
-Méndez y Mercado, Leticia Irene (1992). Consideraciones en torno a la identidad. La escuela: concreción del conflicto de identidad en los migrantes, en Leticia Irene Méndez y Mercado (comp.), I Seminario sobre identidad. México: Instituto de Investigaciones Antropológicas, 115-130.
-Ramales Osorio, Martín; Coronado Alcántara, Miguel Ángel y García Jiménez, Ricardo (2014). Pobreza multidimensional y derechos humanos: situación actual en la Mixteca Oaxaqueña en el contexto de la política económica nacional. Contribuciones a las Ciencias Sociales, www.eumed.net/rev/cccss/29/mixteca.html.

 

Este artículo de Azucena Palacios es uno de los contenidos del número 3 de la publicación trimestral impresa Archiletras / Revista de Lengua y Letras.
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