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Pedro García Cuartango

12 Jul 2021
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La cara oculta ante el espejo

Marx —Karl, no Groucho— admiraba a Balzac porque veía en La comedia humana un espejo de la sociedad francesa del siglo XIX. No es una casualidad que el prolífico escritor, nacido en Tours en 1799, fuera el autor de la primera novela negra moderna con todos los ingredientes del género. Se publicó en 1843 con el título de Un asunto tenebroso. Narra la historia de una conspiración durante la etapa de Napoleón. Balzac mantiene en vilo al lector hasta la última página.

Ese mismo año vio la luz Los crímenes de la calle Morgue de Edgar Allan Poe, que también sentó las bases del género del suspense. Pero hay una diferencia esencial entre uno y otro narrador: Poe es un escritor romántico que crea un clima de misterio y terror, mientras que Balzac basa su literatura en la observación de lo que está sucediendo ante sus ojos. En este sentido, es un visionario que podríamos considerar pionero del realismo social del que luego serían exponentes escritores como Victor Hugo, Flaubert y Zola o Dickens al otro lado del canal de la Mancha.

Honoré de Balzac, un estajanovista que hizo de la literatura un modus vivendi, describe en Un asunto tenebroso, a través de personajes que no son lo que parecen, los abusos de poder de Bonaparte y la reacción de rechazo del mundo rural al autoritarismo de un dictador que pretendía imponer la libertad por la fuerza.

Tuvieron que pasar casi 80 años para que un grupo de escritores americanos siguiera el camino transitado por Balzac con el nacimiento del llamado hard-boiled en Estados Unidos. El género surge en la década de 1920 en torno a la revista Black Mask, en la que autores como Dashiell Hammett y Erle Stanley Gardner publican relatos cortos de gran éxito popular. La trama está generalmente basada en la figura de detectives que lucha contra el crimen y la corrupción en las grandes ciudades americanas.

Es, por tanto, un tipo de literatura urbana que se aparta de la novela tradicional de misterio y suspense, encarnada por autores como Wilkie Collins, Gaston Leroux, Edgar Wallace y, más tarde, Agatha Christie, que centran sus tramas en ambientes cerrados en los que lo fundamental es la psicología de los personajes y la construcción de un enigma que mantenga el interés del lector.

No era esa la filosofía narrativa de Hammett, el padre de la novela negra contemporánea y el creador de los códigos del género cuyo precursor fue Balzac. Hammett nació en una granja de Maryland en 1894 y abandonó la escuela en su adolescencia. Tras realizar varios trabajos marginales, encontró su vocación en la famosa agencia Pinkerton, que le contrató como detective en Baltimore en 1915.

Fue de esa experiencia de la que surgieron novelas como Cosecha roja, La llave de cristal o El halcón maltés, que figuran en todas las antologías del género. En esta última, llevada al cine por John Huston con Humphrey Bogart como protagonista, el detective Sam Spade sucumbe a la atracción de una mujer fatal, que quiere recuperar una valiosa estatuilla robada. Hammett efectúa una descripción devastadora de una sociedad en la que el poder y el dinero pasan por encima de cualquier atisbo de valores morales.

Hammett militó brevemente en el Partido Comunista de Estados Unidos, del que era simpatizante. Murió en 1961, tras haber sido investigado, juzgado y encarcelado por el siniestramente famoso Comité McCarthy. Fue llamado a declarar y se negó a delatar a guionistas, actores y directores de Hollywood con los que había trabajado o entablado amistad. Hammett hizo de la escritura un compromiso político y, sobre todo, una forma de defender principios en los que creía firmemente.

Aunque sin esa fuerza de las convicciones, Raymond Chandler fue el heredero de Hammett. Trabajaba en relaciones públicas de una empresa cuando decidió dedicarse a escribir. Fue el creador del inolvidable Philip Marlowe, prototipo del detective cínico, solitario e incorruptible, que se juega la vida por un puñado de dólares.

Chandler es el autor de tres de las novelas que, a mi entender, están entre las diez mejores del género. Son El sueño eterno, Adiós, muñeca y El largo adiós. En esta última, Marlowe conoce en un bar de Los Angeles a Terry Lennox, un oscuro personaje, que le confía una maleta. Lennox desaparece tras ser acusado de un asesinato. Y Marlowe es golpeado y vejado por la Policía porque se niega a traicionar a su amigo. La obra es un retrato de las miserias de una sociedad embrutecida por el cinismo, el sexo y la avaricia. Nadie se salva en este relato magistral, escrito con un toque de ironía y distanciamiento.

Otro autor que merece la pena reseñar es Ross Macdonald, escritor californiano y creador de la figura del detective Lew Archer. Macdonald era más joven que Chandler, que sin duda tuvo una gran influencia en su extensa obra. Hay muchos paralelismos entre ambos. Por citar una de sus novelas, La piscina de los ahogados, publicada en 1950, es una turbia historia en la que se combinan las pasiones y la ambición. Fue llevada al cine con el título Con el agua al cuello, en la que brilla Paul Newman en el papel de Harper, alter ego de Archer. Macdonald estaba casado con Margaret Millar, otra autora clásica del género.

Hammett, Chandler y Macdonald crearon un tipo de narración que, a partir de la década de 1950, inspiró a escritores que, aunque no tan brillantes, elevaron la novela negra a gran altura. Entre ellos, figuran Ed McBain, Chester Himes, David Morrell o Charles Williams. Esa gran tradición continúa hoy con James Ellroy, un personaje excéntrico y solitario, con un estilo muy peculiar, basado en frases cortas e incisivas. Ellroy está por encima de otros autores de éxito que han logrado ventas millonarias con personajes que imitan a Spade o Marlowe. Sus novelas denuncian la corrupción y la brutalidad de un cuerpo policial que actúa en complicidad con la mafia y los políticos.

Capítulo aparte merece la obra de Patricia Highsmith, una autora tejana que desarrolla la variante de la novela negra psicológica. No hay apenas acción en sus creaciones, pero sí hay una profundización en el carácter de los personajes que evoca el talento de Dostoievski. Highsmith creó el personaje de Ripley, un estafador sin escrúpulos que ama la buena vida. Algunos de sus trabajos han sido llevados al cine por Hitchcock, Autant-Lara, Minghella y otros realizadores.

No sería justo olvidar que la novela negra ha tenido también un importante desarrollo en Europa, con autores contemporáneos que han elevado el género a altos niveles de calidad. Si la obra de Hammett y el hard-boiled sirvieron para iniciar un camino, en Europa resulta inevitable partir de Georges Simenon, un periodista belga afincado en París, que empieza a publicar sus primeros trabajos en la década de 1930. Simenon escribió más de un centenar de novelas con el comisario Maigret de protagonista.

Merece la pena leer la autobiografía de Simenon, un hombre complejo, obsesionado por el sexo y con tormentosas relaciones con las mujeres. En sus textos, hay una descripción muy sutil de los distintos estratos sociales tanto de la capital como del mundo rural que le fascinaba, de suerte que, al igual que Marx decía de Balzac, no hay un mejor espejo que su obra para conocer la Francia que va de comienzos de la década de 1930 a finales de la de 1950.

La novela negra ha tenido en Europa un espectacular desarrollo a partir de la década de 1990 con autores como Ian Ranking, Henning Mankell, Petros Márkaris o Camilla Läckberg, que han vendido millones de ejemplares. En España, proliferan escritores de calidad como Domingo Villar y Lorenzo Silva, que también han seguido la senda iniciada por Manuel Vázquez Montalbán.

El autor de Asesinato en el Comité Central fue el creador de la figura del detective Carvalho, ayudado por su fiel Biscuter, que trabaja al margen de la ley en el submundo de la ciudad de Barcelona. Montalbán fue un escritor muy prolífico y resulta difícil elegir alguna de sus novelas, llevadas también a la televisión y al cine. En La soledad del manager hay una cruda descripción de la alta burguesía catalana y de su miseria moral.

Hoy cientos de millones de personas de todo el mundo son adictas al género negro, convertido en clásico. Si las generaciones futuras se mostraran interesadas en conocer nuestro tiempo, no tendrían más que leer a estos autores que han sabido reflejar la cara oculta de una sociedad que elude mirarse en el espejo.

Este artículo de Pedro García Cuartango es uno de los contenidos del número 10 de la publicación trimestral impresa Archiletras / Revista de Lengua y Letras.
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