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Ignacio Bosque

01 Jul 2019
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Firmas

¿Es la lengua un instrumento de comunicación?

Así nos la presentan por todas partes: en los medios, en las clases, en los libros de texto, en los planes de estudio, en las disposiciones ministeriales. Casi nunca caemos en la cuenta de que algo no acaba de encajar cuando pensamos en el idioma de una forma tan simplificada.

El teléfono e Internet son instrumentos de comunicación. ¿De verdad queremos decir que la lengua forma grupo con ellos? Si no es así, ¿qué entendemos exactamente por «instrumento»? Raramente reparamos en que todos los instrumentos comparten una característica esencial: son externos a sus usuarios. ¿Queremos decir que la lengua es el único instrumento que es interno a ellos? La respuesta es muy simple: la lengua no tiene usuarios, a diferencia de las compañías telefónicas, porque no es un servicio. Tampoco es un instrumento. La lengua no es una navaja multiusos cuyos componentes vamos abriendo y cerrando en función del fin que queramos conseguir, o un vehículo que nos lleva adonde queramos dirigirnos. La lengua es un sistema interiorizado sumamente complejo, sutil, rico, versátil y poderoso que nos permite crear pensamientos articulados, expresarlos a través de canales diversos, y —con un poco de suerte y si hay alguien ahí fuera que nos quiera escuchar— también comunicarlos.

La insistencia en reducir la lengua a un «instrumento de comunicación» nos oculta que, antes de transmitir pensamientos o sentimientos, tenemos que armarlos verbalmente. Somos nosotros los que elegimos las palabras y los infinitos matices que van con ellas. Seleccionamos nuestros adjetivos y la posición que ocupan; escogemos nuestros tiempos, nuestros modos, nuestros artículos, nuestras partículas, nuestras pausas, nuestra entonación. Hablar no consiste en vender un conjunto de productos prefabricados. Los hablantes no nos limitamos a hacer públicos ciertos contenidos como si fuéramos expendedores de mercancía ajena.

Todos nos referimos al «uso del lenguaje», y lo cierto es que resulta sumamente difícil evitar esa expresión. La escritora
y lingüista argentina Ivonne Bordelois es una de las personas que más claramente han alzado su voz contra la considerable simplificación que encierra ese término común. Si teclean ustedes «Bordelois, el poder de la palabra» en Youtube, encontrarán una charla suya en la que dice: «El lenguaje no está para ser usado. No usamos la respiración, no usamos la circulación de la sangre. Tampoco usamos el lenguaje. El lenguaje está para ser incorporado, para ser vivido, para ser escuchado, para ser entendido».

Ciertamente, nadie diría que «usa sus pulmones» para respirar y que «usa sus labios» para besar. Raramente reparamos en lo extraño que resulta presentar nuestras capacidades como sistemas externos, de los que somos meros usuarios. No cabe duda de que la lengua está a la vez en la cabeza y en la sociedad, y es igualmente cierto que las palabras son, simultáneamente, objetos mentales y objetos culturales. Pero olvidamos demasiadas veces que no somos usuarios de nuestra propia naturaleza. Pasamos por alto con demasiada frecuencia que los hablantes no somos usuarios de nosotros mismos.

La mayor parte de los contenidos que más se potencian en los libros de texto y en los currículos oficiales presentan la lengua como un gigantesco entramado externo a los hablantes. Nadie discute que los alumnos han de dominar la ortografía, los registros y los aspectos normativos de la gramática y del léxico. Pero se insiste tanto en las facetas externas de la lengua que los estudiantes acaban asimilándola al código de derecho mercantil o al entramado legal de la Comunidad Europea. Los libros de texto y los currículos oficiales apenas prestan atención a la importancia que tiene aprender a mirar en el interior de las palabras, así como averiguar cómo se arman los significados de las frases más comunes. Alguna vez he reconocido que muchos profesores de Lengua me pidieron a lo largo de mi vida que analizara gramaticalmente una oración, pero ninguno me pidió nunca que explicara cómo se obtenía su significado a partir del de las palabras que la formaban, junto con los principios gramaticales que las ponían en relación.

La enseñanza de la lengua sigue siendo una actividad demasiado nominalista. Los textos se muestran a los alumnos como conjuntos de segmentos que hay que etiquetar, de forma que con el etiquetado se termina el análisis. El riesgo evidente es que los estudiantes lleguen a la conclusión de que no hay nada que descubrir en el idioma, nada que investigar en él, nada ante lo que sorprenderse. Asumen implícitamente —y supongo que la culpa es nuestra— que la lengua está «ahí fuera». Suponen que es una herramienta, y reaccionan ante ella como todos lo hacemos ante una llave inglesa o un microondas: un instrumento que nada tiene que ver con nuestra naturaleza, pero que hemos de hacer funcionar para que nos ayude a realizar alguna tarea.

Los académicos de la RAE trabajamos en comisiones simultáneas en las que revisamos las palabras de nuestro diccionario. Hace unos meses, observamos en mi comisión que la definición que el DLE proporciona de la palabra paraje («lugar, sitio») es a todas luces insuficiente. Todos —escritores, filólogos y profesionales experimentados en muy diversos campos— nos pusimos a pensar ese día en lo que le falta a un lugar cualquiera para convertirse en paraje. Al cabo de un rato armamos otra definición. No la transcribo aquí porque tiene que ser revisada por las Academias Americanas antes de incorporarse al diccionario. Lo que me interesa resaltar es que no intentábamos «decidir» el significado de esa palabra para que la nueva definición fuera «oficial», sino tan solo mirar en el interior de nuestra propia conciencia lingüística para mejorar la definición actual.

El ejercicio podría haberse realizado, en realidad, en cualquier aula de Bachillerato. Es más, casi toda la morfología, la fonética, la sintaxis y el léxico pueden presentarse en las clases como sistemas intrincados cuya estructura vamos entendiendo poco a poco. Lamentablemente, nos importa mucho más el etiquetado que la comprensión, y la memorización que el descubrimiento. Deberíamos pensar más a menudo que solo conseguiremos despertar el interés de los estudiantes por la lengua si somos capaces de hacer que la vean como una parte de sí mismos. Si la siguen percibiendo como una herramienta, un ropaje, un sistema de convenciones arbitrarias o un corpus legal, estamos absolutamente perdidos.

 

Este artículo de Ignacio Bosque es uno de los contenidos del número 3 de la publicación trimestral impresa Archiletras / Revista de Lengua y Letras, disponible en quioscos y librerías.
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