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10 Sep 2019
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Ciudad Sintaxis

Usos y análisis del lenguaje urbano a través del espejo retrovisor de mi taxi.

Daniel Díaz

Taxista, escritor y viceversa. Licenciado en charlas casuales y amante discreto del verso suelto.

Maneras de vivir

Sucede en mi taxi, a veces, que se alinean los astros y confluyen la canción precisa y una boca que la canta entre susurros, con los ojos cerrados, como dando en el clavo.

Es por esos casos que soy taxista y escritor, porque el azar es una pieza indispensable: no sé nada del hombre o la mujer que sube y viaja y, sin embargo, a veces consigo encontrar la canción precisa para atraparlo o ensimismarlo o hacerle sentir liviano. Y no es tarea fácil (de ahí la importancia del azar). De hecho, es curioso que a menudo no encaje el ropaje del usuario con el estilo de la música a cantar, o bien porque el tipo o la tipa van disfrazados de oficina, o porque la canción viene de otros tiempos ya pasados, de cuando el tipo o la tipa sí vestían más acordes a la tribu que tocara (rockers, siniestros, punkis, grunges, heavies, makineros, neorrománticos; eran muchas).

Tal vez en su día colgaras las tachuelas, el cuero, la laca, las hebillas, y ahora uses esa vieja camiseta de Nirvana para limpiar las ventanas con vistas al parque de sus hijos. Pero a veces sólo basta una chispita, un detalle que incendia la llama del recuerdo, y en estas me hallo: que abras la puerta de mi taxi y escuches aquel Gold de Spandau Ballet, o una de Madonna o algo más duro, Maneras de vivir de Rosendo, y de súbito viajes también por dentro a los noventa, al instituto, al viejísimo amigo de tu infancia y te dé por escribir su nombre en Facebook (¿Qué habrá sido de Roberto Pérez?), y lo encuentres, y encuentres fotos suyas, y adviertas que está igual pero con canas, que sigue vistiendo más o menos como antaño y te rías mientras piensas: «Yo evolucioné; él se quedó anclado».

Pero en esto te miras reflejado en la pantalla y te recuerdas feliz en esos tiempos (ahora no tanto; es complicado) y al llegar a casa subes al desván, y de un baúl enorme y polvoriento sacas tu chupa de cuero de aquellos mil sábados y te la pruebas, te queda prieta, y te miras al espejo y no te reconoces aunque joder, qué momentos, qué nostalgia. Qué pasó.