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11 Jun 2019
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Ciudad Sintaxis

Usos y análisis del lenguaje urbano a través del espejo retrovisor de mi taxi.

Daniel Díaz

Taxista, escritor y viceversa. Licenciado en charlas casuales y amante discreto del verso suelto.

El tatuaje de un asesino

El tatuaje ocupaba todo el antebrazo, desde la muñeca hasta el codo: una sola palabra escrita en negro.

Lo vi a escaso palmo y medio de mí, cuando el tipo estiró el brazo para pagarme el taxi. Repito, una sola palabra y nada más: «Picatoste».

Por alguna extraña razón, aquella palabra en apariencia inocua, sin peso alguno, cobraba un significado especial para él, o al menos era lo suficientemente importante como para llevarla consigo, pegada en su piel, durante el resto de su vida. ¿Qué intrahistoria escondía la palabra «Picatoste»? Por desgracia, no dio tiempo a preguntarle: nada más tenderme un billete de 10 euros y decirme “Quédese con el cambio”, se marchó. Y ahí quedó todo.

Ahí quedó todo en lo referente a aquel tipo. Mi cabeza, sin embargo, comenzó a centrifugar. ¿Picatoste? Conocía el significado, pero bien es cierto que algunas palabras guardan más de una acepción. Y para cerciorarme, busqué en Google: Pedazo de pan que se puede cortar de varias formas, generalmente en dados, frito en aceite o tostado, que sirve para acompañar sopas, cremas y guisos; también se toma en desayunos y meriendas como acompañamiento de una bebida caliente”. No había más.

En consecuencia, y dado que la palabra en sí no aportaba pistas, deduje que su importancia radicaba en su poder evocador a raíz de un hecho concreto; una anécdota con un picatoste (no estaba escrita en plural, ojo; hacía referencia a un solo picatoste) cuya consecuencia supuso un cambio radical en su vida, o un vuelco lo suficientemente importante como para rendirle pleitesía.

De inmediato, me vino a la cabeza un atragantamiento. Los picatostes son duros; no es descabellado atragantarse hasta la asfixia (un padre, una madre, un hermano: alguien querido). Pero en tal caso, tendría más sentido homenajear en un brazo a la víctima y no al elemento causante del fatal desenlace. A no ser, claro está, que esa persona fuera considerada enemiga a batir por parte del portador del tatuaje, en cuyo caso el «Picatoste» haría las veces de héroe en la sombra o de trofeo. Y ahí lo vi claro: La típica comida de empresa, el jefe comiendo una ensalada César y atragantándose hasta morir delante del ahora tatuado.   

Hay más teorías, supongo, pero me quedo con esta: Llevé en mi taxi al asesino de un crimen perfecto.