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02 Dic 2019
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Por la boca muere el malo

Detrás de cada palabra hay un rastro lingüístico que puede delatarte

Sheila Queralt

Perito en lingüística forense. Con mis análisis científicos de la lengua contribuyo a cazar delincuentes.

Primera cita con un lingüista forense

—Hola, ¿qué tal? ¿Cómo te llamas?
—Sheila, ¿y tú?
—Juan, ¿estudias o trabajas?
—Trabajo.
—¿A qué te dedicas?
—Soy lingüista forense.

Y hasta ahí todo va bien. Sin embargo, a partir de esa oración copulativa compuesta por tres palabras, el semblante del interlocutor empieza a cambiar. Tengo comprobado que el sintagma lingüista forense con función de atributo se comporta como un detonador del sistema nervioso. El sujeto en cuestión empieza a escuchar de forma activa, cosa que se observa en que abre notoriamente los ojos, sufre blefaroespasmos, eleva una ceja, cierra la cavidad bucal y la inclina ligeramente en dirección descendente… incluso puede sufrir alteraciones en la articulación de sus siguientes palabras. Es como un hechizo. Al oírlo, la reacción facial de la otra persona puede ir desde la sorpresa al desconcierto. Muchos de mis interlocutores hacen un razonamiento que, a priori, puede parecer bastante lógico: lingüista, de lengua, y forense, de muertos. Y, de ahí, infieren que lo que hago es analizar la lengua de los cadáveres o textos antiguos escritos en lenguas muertas. En ambos casos, se equivocan. Aunque es innegable que, tanto esas ideas como la todavía más creativa de que disecciono libros son suposiciones que resultan sugerentes.

El adjetivo del sintagma nominal «lingüística forense» proviene etimológicamente del latín forum-forī, que era el sitio en que los tribunales oían y determinaban las causas para impartir justicia. Por eso, cuando se utiliza el adjetivo forense, a veces también se utiliza judicial, para advertir de que una disciplina científica –el sustantivo al cual complementa– va a contribuir al encauce de una investigación policial o a un procedimiento judicial. En nuestro caso, no añadimos este atributo al sustantivo lingüista por capricho, sino para indicar que los conocimientos que deberá tener el especialista no se limitan únicamente al funcionamiento de sistemas lingüísticos, sino que también deben abarcar las particularidades del ámbito legal. Solo en ese caso, la prueba que presente un lingüista forense tendrá el rigor científico exigible para ser presentada en un procedimiento judicial con suficientes garantías de ser relevante y fiable.

En resumen, cuando oigas lo de forense, no pienses únicamente en cadáveres, sino también en pruebas judiciales. Concretamente y en mi caso, los lingüistas forenses nos dedicamos a aplicar el conocimiento especializado sobre el uso y el análisis de la lengua a ámbitos relacionados con el derecho y las investigaciones judiciales o policiales. Sí, es todo muy CSI.

Esta primera entrada inaugura el blog «Por la boca muere el malo». Prepárate para aprender mucho más sobre el mundo de la lingüística forense a través de anécdotas divertidas (y algo espeluznantes) sobre mi profesión.