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29 Nov 2019
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Ciudad Sintaxis

Usos y análisis del lenguaje urbano a través del espejo retrovisor de mi taxi.

Daniel Díaz

Taxista, escritor y viceversa. Licenciado en charlas casuales y amante discreto del verso suelto.

La veracidad de la palabra

—Disculpe que tarde en sentarme. Me acaban de operar de la rodilla— me dijo un hombre nada más abrir la puerta de mi taxi.

—No hay problema. ¿Quiere que le ayude? — le dije.

—Gracias, no. No hace falta. Ya puedo yo solo.

Tardó un buen rato en tomar asiento. Luego cerró la puerta, me indicó su destino y comenzó a contarme su operación con todo lujo de detalles.

Yo asentía con la cabeza.

Asentía, pero no le estaba prestando la más mínima atención. Reconozco que no pude evitar quedarme trabado en un asunto, digamos, más transcendente: la veracidad de sus palabras. En casos como el presente, pensé, nadie en su sano juicio dudaría de él: ¿Quién fingiría una operación de rodilla ante un perfecto desconocido?, ¿con qué intención lo haría? Tendemos a «comprar» ciertos discursos porque no se nos ocurre ninguna razón cabal para dudar de ellos. Y porque, en el fondo, existe un contrato social que se rompería en mil pedazos si todos, por defecto, dudáramos de todos (más aún en lo referente a temas tan sensibles como lo es, en este caso, la salud).

Supongo que es culpa de la inmisericorde avalancha de las llamadas fake news. Y de los verificadores que contrastan noticias con datos y hemerotecas. En política, la izquierda dice que la derecha miente, y la derecha asegura que la izquierda no dice la verdad. Si quieres buscar la objetividad has de contrastar cada noticia, porque el juego consiste en que nadie se fíe de nadie. Me llegan a diario decenas de memes o pantallazos contando atrocidades de un bando y del otro, y dedicarte a contrastarlo todo se acaba convirtiendo en tarea imposible. Uno ya no sabe con qué verdad quedarse, de modo que acabas optando por tragarte aquellas noticias que apuntalan tus principios, y gastando tu tiempo en contrastar las noticias que no. Y eso, obviamente, genera ruido en tu cabeza. Desconfianza. Una falta de fe que acaba por contaminarlo todo. No digo que esté dudando de aquel tipo que se operó de la rodilla. Sólo digo que, tanta sarta de mentiras repartidas por doquier, me han llevado a plantearme esta cuestión. La veracidad de las palabras. Cualquier palabra. Nadie, de hecho, está exento. Me temo que ya se abrió la veda.