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06 Oct 2020
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Reportajes

¿Será reírse algo muy serio?

Javier Rada

Llevamos siglos estudiando el humor y todavía en parte nos es escurridizo. Operan en este juego demasiados elementos lingüísticos y extralingüísticos, múltiples teorías para resolver la más graciosa de las incongruencias

Analizar el humor es como diseccionar una rana: a poca gente le interesa y el sujeto siempre muere en el proceso». Se le atribuye a veces esta cita a Mark Twain. El ingenio de este escritor es tan magno que podríamos endosarle casi todo: prueben con un chiste, una felicitación de Navidad o, mejor aún, un asesinato… Pero la cita en realidad es del periodista E. B. White, ensayista también estadounidense que puso el dedo en la llaga: analizar el humor no tiene maldita gracia.

Pocas cosas serán tan aburridas. Si no nos creen, lean las teorías de los lingüistas. Se sorprenderán al ver que un chiste se parece tanto al bosón de Higgs: elemento misterioso de arquitectura compleja, amiguito de partículas retóricas, anáforas, hiperbatones, contradicciones, exaltaciones, ambigüedades, exageraciones, hipérboles, ¡habremos dicho exageración! Y juegos de palabras, coletillas, silabeos, marcas e indicadores que según los expertos configuran su zona de gravedad absurda…

Este sería el imposible retrato robot de tan escurridizo batracio: el humor es un corruptor de significados. Y está casado con una señorita hipersensible que los retóricos bautizaron como Poliacroasis (palabreja que viene a decir que la interpretación de un mismo discurso es diversa y plural, puede ser de su padre y de su madre). Por eso un chiste le parecerá muy divertido a su padre y en cambio para su madre representará el anuncio de una querella.

Como fenómeno, vemos que se aprovecha de la recatada Retórica: artesana de la persuasión y novia de Aristóteles desde los tiempos del Liceo. Un chiste, esa cosa tan pequeña (a veces funciona con solo una línea, un one-liner, en la jerga de la comedia), pero capaz de fecundar mundos insólitos, y hasta de parir, por el método del condón roto, una intención poética.

Tiene su misterio. Encanto que nos parecerá sobrenatural. El humorista Ignatius Farray, con su característica pose de inadaptado, ojos saltones, barba selvática, barriga crecidita y tono de quien abusa del alcohol de farmacia, una vez dijo:

«La comedia está allí y es un manantial que no deja de manar, y como cómico solo tengo que subir a esa cima, y mamar (para contextualizar habrá que decir que suele darle mucho énfasis, un marcador humorístico entre los lingüistas, a la palabra mamar). Es un fenómeno cósmico… Tú solo eres un médium. ¡Tú eres el altavoz de Shiva! ¡Shiva habla a través de ti!».

Matar a una rana es un acto trágico e incongruente. Estudiar el humor, ya sea a su hijo predilecto, el chiste, u otras de sus recurrencias, monólogos blancos, negros, crudos, grotescos, o conversaciones espontáneas donde salta la chispa del absurdo… también lo es. Pero puede que se encuentre en su enigma una de las nueve maravillas del alma.

Comedia y tragedia son en realidad mellizas celosas. Y deberíamos empezar a clavar el bisturí por allí. Nietzsche decía que la diferencia entre la tragedia y la comedia es una cuestión de estilo. A su manera, ambos polos buscan la catarsis, aligerarnos el peso del mundo, descargar la indignidad de la muerte, hacer de espejo de miserias, y encumbrar la derrota… ajena. Woody Allen lo sintetizó en una ecuación célebre: tragedia más tiempo igual a comedia. Debe haber una separación intelectual para que el humor funcione, alejarse unos pasos de la realidad catastrófica.

El cómico Dani Alés es doctor en Literatura. Tras años de lecturas y de prácticas en bares de monólogos, tierra maldita de los orcos hecklers —en la jerga se refiere a los «espontáneos que interrumpen un espectáculo»—, lo expresa con esta metáfora: «Cuando un barco se hunde, en lo que inicialmente es una tragedia, empieza a brotar un montón de vida. Creo que la comedia es esa vida que crece de entre las ruinas».

Un lugar cuyas coordenadas están en un cerebro confuso. Un mecanismo que pragmáticos y psicolingüistas comparan con un salto al vacío neuronal. «El humor desde el punto de vista de la pragmática consiste en un garden patch, una vía muerta. Cuando escuchamos un enunciado, aunque sea ambiguo, nuestro cerebro tiende a darnos una única interpretación, la más relevante o frecuente. Es algo adaptativo, sirve para simplificar la realidad que tenemos alrededor», explica la psicolingüista Mamen Horno, resaltando la Teoría de la Relevancia, desarrollada por los lingüistas Dan Sperber y Deirdre Wilson.

En este enfoque, el humor provoca que algo no encaje en el sistema de predicciones. Nos empuja a un salto de posibilidades. Nuestro cerebro, aterrado, buscará una solución. «Según los pragmatistas, cuando nos damos cuenta de que se puede interpretar de otra manera, y debido a ese miedo que nos ha dado el no tener las cosas seguras, como observamos después que ha sido inocuo, esto provoca la risa», afirma.

Kant definió este salto de un modo poético: «La risa es una emoción que nace de la súbita transformación de una ansiosa espera en nada». Unas neuronas cayendo por esa nada de lo que creían cierto y que ya no es, y al encontrar un nuevo sentido (o no), y casi siempre inesperado: ríen, estallan, celebran la violación de las normas comunicativas como una pandilla de vikingos pasados de hongos.

Salvatore Attardo, uno de los mayores expertos en este campo, padre junto a Victor Raskin, de la Teoría General del Humor Verbal, una de las más influyentes y en parte aceptadas, nos lo describe del siguiente modo:

«No hay nada místico en el humor», asegura, lanzándole un directo a la visión cosmicocómica de Shiva en el gag de Farray. «Lo que sucede en nuestras cabezas está bien entendido (al menos tanto como podemos decir que entendemos lo que está sucediendo en nuestros cerebros). Encontramos un elemento incongruente y el cerebro produce una reacción eléctrica, que es negativa, por decirlo en términos simples. Esto sucede aproximadamente en cuatro cientos milisegundos después de que se encuentre con el estímulo. Unos dos cientos milisegundos más tarde obtenemos la activación positiva. Lingüísticamente, diríamos que nos encontramos con un elemento inesperado, que no encaja con el contexto de la emisión dada, y a través de algún proceso inferencial se logra darle sentido (se resuelve la incongruencia)».

Esto debe despertar la alegría, la risa, el aplauso, aunque puede existir humor (fallido) sin ellos. El verdadero misterio, según Attardo, no está en el cómo sino en el por qué: «El misterio es por qué esto desencadena una experiencia bastante agradable y no, por ejemplo, picazón o un sentimiento de fatalidad», explica.

Farray

El misterio, en otras palabras, es que Farray siga vivo, que la comedia, como afirma, le haya «salvado la vida», y que aparezca en un exitoso programa de radio en el que aúlla como un dinosaurio en celo (su «grito sordo») sin despertar la mayoría de las veces la furia del sentido común.

Es un enigma saber por qué somos adictos a esta incongruencia, que en el caso del humor verbal «se apoya en mecanismos de índole lingüística», asegura Larissa Timofeeva, experta del Grupo Griale (Universidad de Alicante), el principal centro de investigación del humor en lengua española.

Dicha incongruencia es un concepto amplio y confuso que usan los pragmáticos para explicar el mecanismo que despierta a nuestra rana. Una jugarreta en toda regla. Se trata de vulnerar la comunicación basada en la buena fe, un ataque al principio de cooperación que estableciera en su día el filósofo del lenguaje Paul Grice.

Está muy cerca de la mentira sin serlo. Es un acto contextual y pragmático que juega en las fronteras de la lógica, levanta pasiones, y está cerca de las intuiciones. «Es un fenómeno retórico que emerge contextualmente y con la complicidad de los interactuantes», explica la lingüista peruana Susana de los Heros.

Cualquier cómico puede constatar que un mal chiste, pinchar en una actuación, como lo denominan en su jerga, plantear mal la premisa (o set up), equivocarse en el léxico exacto en el momento también exacto, titubear con la entonación, tirar el texto (hacerlo sin ganas) o que un niño llore justo en el punch o remate final… termina siendo una manifestación de terror antediluviano: el público es capaz de todo, y si no se le paga con humor, si algo falla en la comunicación, habrá sangre (otro vínculo comedia-tragedia), aunque la primera frase del espectáculo haya sido todo un gatillo hacia la infrecuencia, tan sugerente como este: «Lo bueno de ser medusa es que…».

«Al menos en la comedia, en los monólogos, es un odio muy personal, extremo», apunta Alés, cuya tesis doctoral trató de levantar una poética del stand up comedy, algo complejo, porque en el humor intervienen demasiados factores a la vez.

«Para mí, y diría que para muchos estudiosos del humor, la clave es el receptor, el oyente. Para que un hecho humorístico tenga lugar ha de haber una interpretación adecuada de la intención que pretende comunicar el hablante», añade Timofeeva. Se parece a firmar un pacto tácito. Ocurre como en los toros: hacer chistes sobre asesinatos o sobre montárselo con ornitorrincos puede ser considerado (solo mientras dure el espectáculo) arte. No prueben a hacerlo después. En el humor negro, cuando se produce un conflicto entre el espectador y el chiste —como puede que le haya ocurrido a usted al leer «arte y toro» o «sexo y ornitorrinco»—, ocurre que no se ha asumido el pacto.

pez

Si funciona bien tiene la misma garra que el duende del flamenco. «El vínculo es tan grande que si les gustas a los espectadores quieren llevarte a la cena de Navidad, y si no consigues agradar, te pasará como Sherezade, de Las mil y una noches: te cortarán la cabeza. El público es así, no se anda con mierdas», constata Alés.

Vemos que un chiste es algo serio. Y estamos solo en la superficie de la rana. Intervienen demasiados órganos, que por separado parecerán comunes, pero que unidos les ocurre lo mismo que a nuestro sorprendido ornitorrinco: ahí está el pico de la comunicación, las patas de la sociología, la cultura, la psicología; los pelos de la lengua y el lenguaje; el huevo de la biología; la ventosidad de las emociones, las palabras, los silencios… y también las circunstancias personales, si nos trataron mal nuestros padres en la infancia, si profesamos algún tipo de totalitarismo desde la pubertad, o si somos tan estúpidos, ya entrados en canas, de habernos enamorado de nosotros mismos… Todo influye.

Quizás por ello ha resultado tan difícil si no imposible encontrar la teoría universal que lo explique. «El humor es un fenómeno retórico que no puede ser explicado por una sola teoría dada su complejidad y sus distintas vertientes. Lo que sí sabemos es que se debe inferir y que en muchos casos la cultura nos guía», explica De los Heros. Y eso que llevamos milenios matando a la rana.

Los sumerios escribían chistes en el barro. Jugaban con la misma nada kantiana. El más antiguo del que tenemos recuerdo es del 1900 a. C.: «Algo que nunca ha ocurrido desde tiempos inmemoriales; una mujer joven no se tiró un pedo sobre las rodillas de su marido».

Puede que no tenga (hoy) mucha gracia. Nos falta contexto: unos zigurats llenos de escribas machistas, las jóvenes esposas cubiertas con su única túnica en un mundo que no había inventado el ambientador. Pero tenemos la estructura. La premisa e ideas contrapuestas, la necesidad de inferir un resultado, la rentable apelación a la escatología, y quizás una rutina (así llaman los cómicos a sus piezas humorísticas intercaladas en el espectáculo) entre unos señores con las barbas anilladas… Si la rana salta unos milenios acá, croará de este modo: «Me caí mientras hablaba y tuvieron que darme puntos suspensivos». Un chiste de Luis Álvaro. «Juega con dos conceptos y funciona realmente como cualquier metáfora buena. Te ha llevado a otro lugar, a otro espacio que no sabrías definir exactamente cuál es», analiza Alés.

Los elementos que sirven para diseccionar un poema están aquí: si el chiste es bueno, habrá arquitectura lingüística compleja, se alejará de lo obvio, habrá ritmo, orden, eliminará cualquier detrito que genere ruido, y hasta nos toreará con una elipsis…

Son los guiones enfrentados que menciona Attardo. «El humor es un fenómeno relacional. En el momento en que lo definimos como una oposición entre dos significados, tenemos que abandonar la idea de que una cosa por sí sola puede ser divertida. Los opuestos pueden variar y lo hacen, de cultura en cultura», explica el lingüista estadounidense. Ergo, si usted se ha reído más con el chiste babilónico que con los puntos suspensivos… compruebe el estado de su túnica.

A pesar de todo, en los últimos años, los lingüistas han intentado analizar si desde el punto de vista pragmático hay generalizaciones. «La respuesta es sí: hay una serie de generalizaciones que nos ayudan a los hablantes a interpretar el humor y la ironía. Pero es bastante complejo identificarlas y explicarlas», explica Leonor Ruiz, una de la mayores expertas en el estudio del humor lingüístico en lengua española, y presidenta del Grupo Griale, cargo que quizás la convierta a ojos de White en una asesina en serie de ranitas.

Habla de marcas, señales que nos ayudan a identificar que estamos cruzando por la madriguera del ornitorrinco o bañándonos en la balsa de los renacuajos. La entonación irónica, determinados gestos, el uso de signos tipográficos en la escritura (negrita, comillas, mayúsculas) en un texto… son un aviso de lo inesperado.

mujer

A esto se suman los indicadores: elementos normales de la lengua que en determinado contexto se identifican como humorísticos. Entre los más usados están la polisemia (se juega con el sentido de una palabra), la paronimia, la fraseología, el uso de sufijos («perrete» en vez «perrito») o cuantificadores: «listísima, buenísima…».

Entonces, ¿podemos clonar a la rana? ¿Podríamos obtener una fórmula universal del humor que pudiera repetirse? Queridos sosos, puede que hayan sentido cierta excitación con semejante promesa celestial, pero no es tan sencillo.

«Eso sería la panacea. Pero sí tiene aplicaciones: en español como lengua extranjera, por ejemplo. Se puede dar instrucciones al estudiante para saber o al menos reconocer las claves para interpretar el humor, o en la comedia, podemos observar elementos lingüísticos que son repetitivos o recurrentes», explica Ruiz.

Los cómicos, como los magos, tienen sus trucos. «El humor se puede enseñar, pero es como un maratón: no todo el mundo puede correrlo en dos horas», explica Miguel Sánchez-Romero, guionista de larga trayectoria, y creador y exdirector del programa El Intermedio. Estos artesanos de los contrarios utilizan, por ejemplo, la regla de tres: unir dos elementos lógicos con uno ilógico. O los llamados callback: un chiste que hace referencia a una cosa que se ha dicho antes. O coletillas y reiteraciones. Los running gags: cuando se va recurriendo a una palabra o la misma idea a lo largo del monólogo. O la selección léxica. Hay consonantes más graciosas que otras (se cree que algunas son más divertidas por una cuestión fonética, como las fuertes p, t, k, x…). Y es necesario apuntalar un enlace: esa palabra precisa o elemento conector (puede ser una pausa) que acompañe el salto de la incongruencia.

Incluso en el campo de la inteligencia artificial, investigadores como Tony Veale, de University College de Dublín, lo están analizando. Quieren enseñar a las máquinas los indicadores humorísticos. Sí: el futuro podría ser un descojone.

La buena noticia es que el humor, aunque complejo, tiene su cocina. Esté planificado o no (en la conversación improvisada, suele aparecer en un conjunto de bromas consecutivas que se han iniciado por la intervención irónica de un interlocutor).

Tiene su metapragmática o elecciones. Necesita siempre de un contexto común, compartido y reconocible. Hay elementos lingüísticos o gestuales, que a veces coinciden en el humor planificado (el chiste, el monólogo…) y en el no planificado (la conversación, la broma, el accidente…), pero en otras no.

Usa fórmulas multimodales (en los monólogos, por ejemplo, es importante la imagen, como las bermudas ochenteras cortas que puede lucir Farray). La humorista Susi Caramelo utiliza en sus espectáculos, por ejemplo, el concepto de «pibonexia», un trastorno que asegura sufrir: se cree que está más buena de lo que está. Construye en un solo sustantivo un contraste: «el pibón», coloquialismo de «tía buena», y el «nexia», de anorexia o trastorno. Y se aprovecha de un reflejo del antihéroe.

Uno de los indicadores que se repiten en estos guisos son las unidades fraseológicas. «¿Qué le dice un cero a otro? No somos nada». Para resolver «el engaño» se ha alterado el contexto, utilizando el «no somos nada, no somos nadie». Expresión propia de un funeral, pero aplicada aquí a una nada matemática. «Se juega con el sentido literal y figurado y esto es lo que produce el humor», explica Ruiz. Otro ejemplo: «Tengo una amiga que le ha pedido a su novio más seguridad. Y él le ha puesto un guardia jurado y un perro». La humorista Eva Hache genera una incongruencia al optar por otro significado de «seguridad» en el contexto de la pareja.

Dos conceptos o marcos enfrentados. Por esta razón la mayoría de teorías y expertos usan la incongruencia, pero difieren en qué hace nuestro cerebro con ella: ¿Debe resolverla, como aseguraba la teoría de Attardo? ¿O nada de eso: solo se mezclan en un uso creativo del lenguaje, un espacio de fusión que despierta la risa, como defiende la Teoría de la Lingüística Cognitiva? ¿Será el humor un complejo mecanismo que se explica según cada contexto, y que supone un alto coste de procesamiento, como sugiere la de la Relevancia?

¿Y qué opinarán los cómicos, los practicantes, de todo esto? «En muchos fragmentos de humor, los bloques temáticos suelen estar planteados a partir de un contraste, hablar de una cosa muy zafia con un lenguaje exquisito, como hace Goyo Giménez, o al revés, una cosa muy elevada con un lenguaje soez», explica Alés. «Un buen chiste debe tener sorpresa. En el set up (la premisa) tienes que dar por asumidas una serie de cuestiones que luego serán desbaratadas en el remate», añade Sánchez. «Lo inesperado nos hace reír. Tu cerebro debe encontrar esa incongruencia para activar el mecanismo. Tiene que haber sorpresa, pero también una predisposición de la persona a reírse… o drogas, las drogas también ayudan», ironiza la cómica y guionista Raquel Sastre.

Parece que teóricos y practicantes en lo fundamental están de acuerdo. En la construcción lingüística de un chiste, los cómicos lo llamarán «cambio de línea»: es la premisa que parece que te lleva en una dirección, pero terminas en otra. Se rompe la expectativa del discurso. «Pero al final lo relacionas con una lógica aplastante, aunque no sea la lógica habitual ni de una persona cuerda», explica Sánchez. «Nadie se plantea estas cosas al escribir un chiste, claro, pero tampoco nadie se plantea las leyes de la física al montar en bicicleta», concluye.

Puede que estén cansados. Mucho mecanismo. Quizás la ranita que parecía tan simpática al principio se haya puesto gris y poliédrica. Vemos que la podemos diseccionar tanto desde el sistema lingüístico puro como desde la amígdala y las gónadas impuras. Del emisor al receptor. En la respuesta (la risa, el aplauso) o en el proceso pragmático que busca el significado implícito en un enunciado: la inferencia.

«El humor es un elemento poliédrico vivo, tan camaleónico que puede estar formado por palabras, aunque no únicamente. De ahí que los propios estudiosos del asunto no seamos capaces de ponernos de acuerdo en cuál es su naturaleza, es más, hay quienes no consideran que estudiar su esencia sea lo primordial», explica María José Espinoza Saavedra, experta en traducción y humor de la Universidad de Salamanca.

Nuestra rana tiene problemas. Le gustan las fronteras difusas, tierras ambiguas de la ironía y el sarcasmo. De este último, por ejemplo, sabemos que aparece como una ironía negativa que quiere hacer daño. De acuerdo. Pero nadie ha conseguido establecer la línea divisoria entre humor e ironía: esta también puede ser positiva y servir para establecer lazos. «Es una de las grandes dificultades de la pragmática», explica Ruíz.

Se dice que la ironía niega lo dicho y que el humor lo que hace es substituirlo. Que la ironía es un procedimiento pragmático y que el humor es pragmático y semántico a la vez… ¡Tenemos una ranita bicéfala! El humor es el gran cabezón del renacuajo, un mecanismo más general que la ironía, pero también puede existir una ironía humorística. Y aquí es cuando los lingüistas empiezan a golpear sus cabecitas contra el libro gordo de Attardo, o quizás agarren las máximas de Aristóteles y se fustiguen con ellas mientras gritan en soledad: ¿por qué, viejo? ¿por qué? «Esta diferencia entre ironía y humor se tendría que investigar mucho más», concluye Ruiz.

Por si fuera poco, debemos sumar otras teorías para que el animalito no cojee. Está la de la Descarga, cuyo padre fue Freud. Lo estarán imaginando. El humor sirve para la descarga emocional, «un gasto de inhibición ahorrado», es como el aparatito de placer femenino… el satisfyer («muy usado en los chistes actuales», asegura Sastre, «porque está de moda y el sexo sigue siendo tabú, tú coge cualquier frase, mete la palabra satisfyer y la gente se va a reír»).

Otro marco de pensamiento es la Teoría de la Hostilidad o Superioridad. Fue defendida por Platón, el director de la primera academia cool. Lo que nos hace reír es esa satisfacción maliciosa sobre la desgracia o inferioridad ajena (otra vez un vínculo con la tragedia). «En lingüística normalmente lo que observamos es la combinación de la teoría de la incongruencia con elementos de otras», añade Ruíz.

Los estudiosos se han dado cuenta de que en el caso del humor espontáneo, el más conversacional, es utilizado para mitigar conflictos, compartir un buen rato con el otro, socializar y, al menos en la conversación española, como elemento de cohesión grupal. Relativizar (contar problemas personales, por ejemplo). Resiliencia para afrontar esos mismos problemas… Los expertos confirman también un uso diferente entre hombres y mujeres. «En los estudios llevados a cabo, hasta el momento, se observa que los hombres y las mujeres producen el humor con diferentes fines conversacionales», explica Belén Alvarado, experta también del Grupo Griale.

Las mujeres lo utilizarán para afianzar lazos o para mitigar el efecto de un posible ataque a la imagen pública, y los hombres de forma competitiva. En los niños se ha observado que los bebés se ríen más ante un estímulo inesperado que ante uno repetitivo, y que es a partir de los cuatro o cinco años cuando su humor se vuelve conceptual. Por otra parte, no podemos asegurar que esta rana pertenezca a ninguna bandera, aunque estemos cansados de escuchar aquello del humor británico. Es cierto que la cultura influye, pero «entre personas que compartimos la misma cultura puede que el humor no llegue por igual», explica Saavedra. La comedia además «suele convocar a la inteligencia», asegura Alés. Y los lingüistas secundan este punto: «El buen humor verbal implica un alto nivel de madurez lingüística y metalingüística», dice Timofeeva.

Podríamos seguir matando a la rana durante toda la revista, pero empezamos a comprender que no le hace mucha gracia. Un dato curioso: aunque nos expliquen el chiste más malo de la historia y nadie se ría, aunque fracase estrepitosamente, lo seguiremos identificando, aún con todo, como humor (si no somos miembros de una secta de Twitter o de un colectivo o asociación profesional de piel muy fina).

Tiene su cálculo. Es como un poema. Puede parecerse al Aullido de Allen Ginsberg —un juez determinó que aunque soez debía ser exonerado porque contenía en sus versos una esperanza redentora—; puede ser el grito sordo de Farray —alarido de Triceratops que mejor nunca llegue a manos de ningún tribunal—; puede ser una purga, extender los lazos, una entrega, un acto de amor, la subversión, la exploración de los límites, una invitación a lo insólito. Lo que nos de la gana… con tal de que nos haga reír.

Es una forma de mirar el mundo que puede canalizarse en el lenguaje. «El humor puede existir sin la lengua, pero no sin el significado. Es un fenómeno semántico en un sentido profundo», alega Attardo. Un punto de fricción entre el consciente y el inconsciente. Un hackeo de las estrategias adaptativas de un cerebro confuso. «Desautomatizar lo que tenemos automatizado», añade Horno.

Es diseccionar a la rana para darnos cuenta de que es un ornitorrinco en celo. Los más afortunados lo usarán todos los días como hace Sastre cual ejercicio de resiliencia: «Cada vez que me pase una mierda». Y lo harán con el dulce placer de la abuelita de 95 años que se lanza en paracaídas. Parecerá un asesinato sí, es verdad, pero de la lógica común. Algo de lo que podemos culpar perfectamente a Twain. Adiós, buena suerte y… satisfyer.

Siglos sin parar de reír

Baskerville

Navegar por la historia del humor, en esas olas de tiempo de chistes y burlas a los adversarios, es asumir un naufragio: Jesucristo nunca se rió (o al menos no aparece de esta guisa en los Evangelios). Quizás por ello el cristianismo ha sido poco dado a comprender la broma como algo benéfico. Algunos la vieron como muestra de estulticia (en las primeras normas monásticas, la forma más obscena de romper el silencio era la carcajada). El humor antiguo estaba vinculado (y lo está hoy) con los tabúes y la escatología, la irreverencia y el aguijón social. Otros hablaban de animalidad, y hoy sabemos que nuestros primos cercanos, los bonobos, efectivamente, también se ríen (según los etólogos: por cosquillas y sorpresas). Y eso que un secretario papal, Poggio Bracciolini, coleccionó en 1551 centenares de chistes que se compilaron luego en un libro, Facetiae, antología que fue éxito de ventas. Pensadores y humanistas como el citado sí que creyeron que valía la pena: Hobbes, Kant, Hegel, Schopenhauer, Ortega y Gasset, Freud… Se dice que Aristóteles le dedicó un volumen a la comedia perdido, y que le sirvió como excusa a Umberto Eco para desarrollar la trama de El nombre de la rosa. Amado y odiado, el humor es un camaleón que camina junto a la humanidad camuflado en ocurrencias, sátiras, parodias, ironías y absurdos… Del siglo de Oro español —que fue muy burlón, recuerden «el humor cervantino»— a las comedias griegas de Aristófanes que daban más en el blanco que la mayoría de argumentos del ágora (cuando ridiculizaba a Sócrates en Las Nubes). De las populares chirigotas de Cádiz a las greguerías de Ramón Gómez de la Serna, o el esperpento de Valle-Inclán y las revistas satíricas del siglo XIX. De los bufones de la corte, que solo al rey Lear de Shakespeare podían decir la verdad, al humor gestual de Charles Chaplin. Actualmente, se reinventa en cuerpo de memes, hilos en redes sociales, emoticonos, vídeos de gatos, ocurrencias de humoristas gráficos, o con las nuevas fórmulas de comedia, más cercanas a la autoficción de la stand up comedy que exportó los Estados Unidos, y que, una vez más, se atribuye su germen a los discursos de Mark Twain. Hoy muchas veces se abusa de los extremos para seguir sorprendiendo en los límites de la incongruencia, y tienen un papel emergente y destacable las mujeres. Los romanos no entenderían los chistes modernos y a la inversa: pero solo cambiaron los guiones. El resultado es el mismo: la risa de un chimpancé algo más leído (quizás) que sus compañeros de selva.

 

Opinión: El contrato del humor

Leonor Ruiz Gurillo: Catedrática de Lengua Española en la Universidad de Alicante. Ha centrado su investigación en diversos temas de la fraseología española, español coloquial, pragmática, ironía y humor.

Tan importante como la capacidad de hacerlo es la habilidad para entender el humor. Es reflexionar sobre el lenguaje y conectar con las emociones que nos produce

Leonor Ruiz

El humor suele aparecer ligado en nuestra cultura con hacer bromas, reírse de algo o contar chistes. Es una manera de descargar tensiones, de limar ciertas asperezas o de entender los sentimientos de otro ser humano. Se emplea incluso como estrategia en conferencias sobre humor, donde parece «permitido» cerrar con un chiste, una broma o un meme.

Sin embargo, la investigación del humor, a la que me dedico desde hace más de diez años, es una cosa muy seria. En este proceso debemos tener en cuenta no solo la capacidad de hacer humor, sino la habilidad para entenderlo. En cuanto a la primera, existen diversas teorías que explican cómo los seres humanos somos capaces de hacer humor en contextos muy diversos, tanto en los que consideramos humorísticos, como el chiste, el monólogo o un sketch de televisión, como en otros no propiamente humorísticos, como la conversación. De hecho, en la conversación a menudo el hablante se ríe de algo colateral, que no tiene mucho que ver con el tema central del que se está tratando, y produce en sus interlocutores reacciones como la risa o alguna ocurrencia graciosa. En este proceso es donde entran las habilidades de comprensión, de aceptación y, si se da el caso, de producción de nuevos enunciados humorísticos. Estas habilidades humorísticas son si cabe más importantes que las primeras. Todos sabemos que en determinadas situaciones no es fácil entender un chiste o reaccionar como espera mi interlocutor, con la risa o la carcajada oportuna. Por eso, tan importante como la capacidad de hacer humor que tienen los cómicos o cualquier persona es la habilidad de comprenderlo y producir nuevos enunciados humorísticos.

Como lingüista me he interesado por los procedimientos que nos llevan a comprender el humor y en los que intervienen ciertos elementos lingüísticos, paralingüísticos y extraverbales que anuncian que se va a hacer humor. En el grupo de investigación Griale (http://griale.dfelg.ua.es/) que yo dirijo desde 2002 hemos hablado largo y tendido de estos elementos y hemos diferenciado entre marcas e indicadores. Las marcas son elementos que ayudan a la interpretación humorística. Por ejemplo, si alguien utiliza una determinada entonación humorística, sabemos que posiblemente el enunciado solo se podrá interpretar de manera no seria. Lo mismo ocurre si me hace gestos con los ojos o no deja de sonreír mientras habla. En el caso de los indicadores resulta mucho más difícil discriminarlos, porque se trata de elementos que en sí mismos no tienen por lo general un significado humorístico. Sin embargo, en determinados contextos se emplean como indicadores. Así, uno de los procedimientos más habituales en el humor es lo que de forma intuitiva llamamos «juego de palabras»: el hablante o escritor juega con determinadas palabras para crear cierta incongruencia en el oyente o lector y de esa manera producir humor. Por ejemplo, utiliza una palabra polisémica, como banco, gato o seguridad, para jugar con los diversos sentidos de la misma y luego por lo común llevar al oyente o lector a la interpretación menos esperada. De hecho, esta «ruptura» entre lo esperado y lo inesperado es lo que produce el humor en la mayoría de las ocasiones.

Marx

Estas marcas e indicadores ayudan, pero existe un factor previo para que el humor sea bien interpretado. Cuando alquilamos una casa o un coche, firmamos con nuestro intermediario un contrato de «buenas prácticas». Por ejemplo, si alquilo un coche para las vacaciones, me comprometo a devolverlo lleno de combustible y a hacerme cargo de las rozaduras. En la comunicación ocurre algo parecido: hablante y oyente firman un «contrato conversacional» con el que se comprometen a cooperar para poder entenderse. Así lo explicó Paul Grice a partir de 1957 y desde entonces se asume como principio pragmático general. Sin embargo, en el caso del humor, el hablante o escritor opta por «engañar» a su interlocutor. Es decir, no se comunica de buena fe, sino que emplea una comunicación non-bona fide. Esta afirmación nos conduce peligrosamente a la mentira, si bien es cierto que no se trata específicamente de mentir, sino de un juego lúdico que el hablante o escritor espera que su oyente o lector acepte de buen grado. Cuando este capta este tipo de comunicación, entramos en el modo humorístico. Entonces toman sentido las bromas, las salidas de tono y las exageraciones. Entiende que se haya empleado un tono humorístico, que se hayan arqueado las cejas o se haya sonreído. Las palabras toman entonces sentido y todo cuadra. El interlocutor disfruta del modo humorístico y se siente parte de la comunicación humorística. La ruptura de este contrato conversacional no se observa como un agravio, sino como una liberación, como una forma de descargar tensiones, incluso como una manera culta de comunicación.

Por eso es tan importante la habilidad para entender el humor: el humor es una forma no literal de comunicación, requiere poner en marcha una gran cantidad de informaciones inferidas, pero no dichas literalmente; supone reflexionar sobre el propio lenguaje, conectar con los sentimientos y emociones que nos produce. Entender el modo humorístico es la pieza clave para que el humor, esa capacidad tan humana, se entienda como debe, y que no conduzca a malentendidos donde los interlocutores se ofenden, se molestan o tienden a interpretar literalmente las palabras. La literalidad es peligrosa en el mundo del humor. Si somos capaces de hacerlo, seremos capaces de disfrutar del humor y aumentaremos nuestras habilidades humorísticas.

 

Este reportaje es uno de los contenidos del número 7 de la publicación trimestral impresa Archiletras / Revista de Lengua y Letras.
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