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29 Jul 2019
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Reportajes

Este Premio Cervantes está cantado

José Ángel González

Si el Nobel fue para Dylan, ¿por qué no el Cervantes para Serrat? O para Aute, Drexler, Silvio… A las puertas de la entrega del premio, comparamos las obras de cantautores capaces, como diría el Quijote, de sembrar el mundo de romances con «voz ronquilla aunque entonada».

Futuro cercano, futuro posible. El ciudadano Joan Manuel Serrat, 175 centímetros de altura, nacido en 1943, parece incómodo, molesto en especial por el código del traje de cola de golondrina al que obliga el protocolo y al que nunca se acostumbrará pese al dandismo proletario del Poble Sec, barrio de Barcelona alguna vez fronterizo de prostíbulos y playa. El homenajeado no lleva bien guardarropías como los que pueblan el plateresco Paraninfo de la Universidad de Alcalá de Henares, escenario de un pomposo carnaval: realeza, poder ejecutivo, gremios académicos, edecanes emplumados, seguratas fusionados por conexiones inalámbricas y con abultadas sobaqueras que retienen armas de alto calibre, invitados en frac… En el recinto histórico donde esperan estos humanos agolondrinados pero despojados de poesía, el premiado con el Cervantes, el primero que trabaja como cantautor y no como escritor al uso, no deja de pensar en la canción de 1970, Mi niñez, en la que se imaginó pájaro: «Era un bello jinete / sobre mi patinete, / burlando cada esquina / como una golondrina, / sin nada que olvidar / porque ayer aprendí a volar».

Hasta aquí, como todo lector supone, se narra una ficción. El Premio Cervantes (para todo el cuerpo de una obra, solo para autores vivos y dotado con 125.000 euros) es adjudicado por el Ministerio de Cultura español a propuesta de la Asociación de Academias de la Lengua Española y un jurado de expertos. Los colectivos que hacen del idioma una mercancía, casi siempre interferidos por la política, no se han atrevido a detonar los límites de la decencia normativa señalando como merecedor del galardón, que se concede desde 1976, a oficio distinto al de escritores canónicos, literatos los más y poetas los menos, paradigmas de hombres de letras y nunca maleantes de la canción o descendientes de los trovadores occitanos que ejercieron en los caminos de Europa desde el siglo XII y reaparecieron, armados con juvenil electricidad, con la canción de autor del XX. En nuestro relato-ficción Serrat sería el primer juglar en arañar la gloria y llevarse el Cervantes, el equivalente a Bob Dylan ganando el Nobel de Literatura en 2016, no sin polémica cuando muchos doctorandos y prosistas del mundo extendieron una tesis arcaizante de desvirgación, como si Dylan raptara a una virgen proscrita por los dioses.

¿Quién será el inicial hijo del pop-rock canonizado por la alta cultura? «Deberían empezar por Serrat, pero no creo que lo hagan. Suena demasiado rancio el galardón para bajarlo a la arena del cantante o roquero», dice Santi Carrillo, codirector de la revista Rockdelux, decana de las españolas dedicadas al enjambre de estilos de las músicas contemporáneas. El noi del Poble-sec canta «en dos lenguas diferentes [español y catalán] con profundidad, sin que esta opción idiomática haya sido fruto de la casualidad o del capricho pasajero (…). Para mí, es un caso excepcional en la canción internacional», añade el crítico musical. El único reparo que señala Carrillo es el descenso en la inspiración de Serrat: ya no es el galvánico autor de los años sesenta y setenta del siglo XX, «siempre detallista, narrando grandes gestas menores con alta capacidad de emoción».

Una sobrecogimiento colectivo de carácter ceremonial sucede cada vez que Serrat canta en Chile y Argentina —donde, como en Colombia, Venezuela y Uruguay, es tan alegórico como en España y acaso más querido aún—. Al final de la canción Pueblo blanco, en un epílogo rulfiano a una crónica estremecedora sabemos que también el narrador está muerto, seco al sol como los viejos, «con la boca abierta al calor, como lagartos». Cuando el cantante culmina en tono lóbrego con dos versos que dejan en evidencia la redención de cualquier rezo, «pero los muertos están en cautiverio / y no nos dejan salir del cementerio», el público se alza y adopta el inmutable silencio del dolor colectivo por tanto cadáver arrojado al río o a las zanjas y desaguaderos. La pieza, la más dolorosa letanía escrita por Serrat, se ha convertido en un toque a difuntos universal, en metáfora para todas las tragedias injustas.

El novelista Carlos Zanón, roquista desde siempre —su mejor libro, Yo fui Johnny Thunders, está poblado por el fantasmal líder de los New York Dolls, un cantante maldito que adoraba España y murió enganchado a la heroína—, entregaría su voto al asturiano Nacho Vegas porque «crea un género entre la confesión, el cuento carveriano, la pura ficción y lo que tiene a mano (…). Tiene distancia a veces, en otras es un kamikaze exhibicionista, es político y privado». Pero Zanón no discute el premio a Serrat: le parecería «estupendo».

El periodista especializado en crítica musical Javier Menéndez Flórez apuesta por Joaquín Sabina, emparejado con el cubano Silvio Rodríguez: «Creo que ambos, siendo muy distintos, han dignificado las letras de canciones y no se han conformado con elaborar simples rimas, sino que en todo momento han aspirado a hacer literatura, y en algunas canciones, de muy alta calidad. Serrat y Aute también merecerían sendos sillones en ese club».

¿Es posible entonces que se conceda en algún momento cercano el Premio Cervantes a un autor de letras de canciones? La respuesta de Darío Villanueva, exdirector de la Real Academia Española, es afirmativa, pero con un matiz esquivo. «Sí en el caso de dos o tres nombres que están en la mente de todos. No porque sean cantautores, sino porque son poetas eminentes». No cambia de compás ni revela identidades en otra pregunta: ¿qué trovadores se han manejado en las deliberaciones en las que usted terció? «Si la memoria no me falla, he sido miembro del jurado del Cervantes en dos ocasiones, y lo he presidido una. En esas tres convocatorias, no hubo tal mención».

Tengo ante mí un libro de 1.100 páginas publicado en 2009 por la división editorial de la Universidad de Harvard, una de las ocho de la Ivy League estadounidense, el club de centros académicos basado en la excelencia educativa, el difícil acceso y el elitismo social. El tomazo se titula A New Literary History of America (Nueva historia literaria de los EE. UU.), está compuesto por más de 200 ensayos y pretende trazar los límites posibles de un nuevo paradigma literario del país desde el siglo XVI. En el seductor relato caleidoscópico aparecen Tarzán, El guardián entre el centeno, Philip Roth, Alexander Graham Bell, Alcohólicos Anónimos, Chuck Berry, Linda Lovelace, Hojas de hierba, las bombas atómicas lanzadas sobre civiles japoneses, Lo que el viento se llevó, la televisión colonizando los hogares, las patatas fritas, John McEnroe, el jazz… En la guardia de honor mostrada en pictogramas en la cubierta solo aparecen dos trabajadores de la palabra: Mark Twain y Bob Dylan. «Son los Estados Unidos cantándose y celebrándose a sí mismos para convertirse en algo diferente, plural, singular y nuevo», dicen los editores.

¿Puede vislumbrase en el universo hispano una obra de similar foco, un puzle que revele la literatura como forma expresiva variopinta que se nutre del porno, los juke box, los medios de comunicación, los superventas literarios, la canción ligera, la gastronomía, la cultura de la bravata económica y las decisiones-cocaína y otras expresiones, incluso las montaraces, de la cultura popular? La respuesta es un rotundo no si buscamos en directorios de tesis, tesinas, trabajos de grado y otros papers universitarios, donde los escasos títulos son escolásticos, posmodernos y marchitos. «Hay una percepción bastante extendida de la música como la hermana pobre de la cultura. Creo que no es un hecho aislado. Tiene que ver con la obsesión muy neoliberal por traducir los estudios en términos de utilidad inmediata o de adecuación al mercado laboral. Si dedicamos nuestros esfuerzos a preparar peones y no ciudadanos y ciudadanas libres y con altura de miras y sensibilidad pasan estas cosas. Y otras peores, por cierto», dice el coordinador de literatura española de la Universitat de València, Jesús Peris Llorca.

Quizá apreciamos otras artes y desdeñamos las canciones porque hemos dejado de cantar en comunión. Héctor Fouce, profesor de Periodismo y Nuevos Medios de la Universidad Complutense de Madrid, reflexiona sobre el gusto musical condicionado por el alma nacional de los pueblos: «Tanto la educación como la práctica musical aficionada son de segunda en España. Se han privilegiado la pintura y la literatura como espacios de cultura frente a la música (…). La tradición católica española prefiere las imágenes, mientras que la protestante opta por la música por la participación. Se canta en común. En Alemania la gente canta a Bach en las iglesias. En EE. UU. es una tradición que bebe de la historia de los esclavos y de los inmigrantes».

A otra carencia educativa-cultural apunta Luis Ángel Abad, doctor en Bellas Artes y autor de varios libros sobre rock y cultura: «El mundo anglosajón tiene una tradición de estudios culturales mucho más desarrollada que el mundo hispano, y las formas y referencias de la contracultura, incluidas las musicales, han permeado en todas las manifestaciones del arte, la moda y la publicidad. El mundo hispánico (…) sufre un déficit endémico en este sentido». La situación es peligrosa, porque «la música es una forma de pensar, un desarrollo plástico de la lógica combinatoria y el cálculo matemático» y «un pueblo musicalmente rico es un pueblo potencialmente lógico y unido (…). Por lo que respecta a las letras de las canciones, el rock ha elaborado toda una serie de profanaciones exitosas frente a los viejos tabúes».

El impulso de la canción de autor en el territorio hispanohablante es la historia de una rebeldía. La nueva canción latinoamericana, un análisis de Jan Fairley (1949-2012), etnomusicóloga británica y profesora universitaria en Chile durante el sanguinario golpe militar de 1973, enumera a los «infatigables pioneros» que indagaron y rescataron durante la primera mitad del siglo XX en el folclore social de los países del Cono Sur, entre ellos luchadores como el argentino Atahualpa Yupanqui (1908-1992), el uruguayo Daniel Viglieti (1939-2017) y la cantante coraje chilena Violeta Parra (1917-1967) —hermana del antipoeta Nicanor Parra, que ganó el Cervantes en 2011, tres años antes de morir—. Sobre todo la tercera, que se suicidó a los 49 años por un amor no correspondido, era una escritora de fuste, capaz de encastrar en la apariencia vitalista de Gracias a la vida, una construcción de dodecasílabos matemáticos, una estrofa de destilada soledad: «Gracias a la vida que me ha dado tanto, / me ha dado la marcha de mis pies cansados, / con ellos anduve ciudades y charcos, / playas y desiertos, montañas y llanos, / y la casa tuya, tu calle y tu patio», o de componer, como escribí en otro lugar, una de las más atroces cosmogonías blasfemas de la música popular, Maldigo del alto cielo, donde conjuga una relación de condenas que lo abarca todo: el fuego del horno, los «estatutos del tiempo / con sus bochornos», la cordillera de los Andes, la paz y la guerra, lo cierto y lo falso, los jardines de la primavera y el color del otoño, «el invierno entero y el verano embustero», la bandera «y cualquier emblema», el ancho mar, «el cosmos y sus planetas / la tierra y todas sus grietas…».

Uno de los primeros en cantar en suelo español a Violeta Parra fue Serrat, que siempre veneró a la mujer seca, greñuda y agria que decía sentirse «vacía como el hueco / del mundo terrenal». En 1969 y 1972, con la dictadura franquista muy activa, Joan Sin Miedo se atrevió a poner música en sendos álbumes temáticos a dos poetas, Antonio Machado y Miguel Hernández, pisoteados por pezuñas y entregados al olvido incluso por las academias y los profesorados —al primero el franquismo le retiró post mortem (1941) una cátedra en el Instituto de Bachillerato Cervantes; al segundo lo mataron a los 31 años (1942) el tifus y la tuberculosis que contrajo en los calabozos—. Los discos fueron superventas, el gremio de libreros de Madrid ensalzó en público la labor difusora de Serrat y reveló que se había producido un notable repunte en la venta de obras de los escritores.

No es la valentía cívica de Serrat, que entre 1967 y 1970 era el artista más popular de España, por encima de los Beatles y Raphael, uno de los valores poéticos que Archiletras ha tenido en cuenta para considerar que merece ser el primer autor de canciones en ganar un Cervantes. El periodista Luis García Gil, especializado en libros biográficos sobre cantautores, aún considera pasmosa la pegada pública de aquel joven de discreta melena y discreto izquierdismo catalanista y republicano que añadió trascendencia por primera vez a la cultura popular de un país de payasada y estirpe atocinada. «La cátedra puede estar en contra de que la canción popular sea literatura, pero para mí no hay discusión. La huella lírica de Serrat es indudable», añade García Gil, que cita como prueba el encuentro en 1973 entre el cantante y Manuel Vázquez Montalbán (1939-2003), escritor totémico del antifranquismo menos sectario y autor del primer libro biográfico y crítico del joven de Poble Sec, en quien atisbaba la «excelencia biológica» de la «cultura de barrio» de los veinteañeros de un país no tan adormecido.

Para juzgar la grandeza poética de los letristas de canciones —seleccionados según la misma normativa que el Cervantes, es decir, que deben estar vivos: en caso de gloria póstuma consideraríamos a Violeta Parra y al dúo de pop naíf y arrebatado Vainica Doble—, Archiletras ha tomado en cuenta los juicios de los expertos citados en el reportaje y el análisis de los factores que intervienen en el trabajo de mostrar, como define el diccionario de María Moliner a la lírica, el «aspecto bello o emotivo de las cosas» mediante «imágenes sutiles evocadas por la imaginación y por el lenguaje a la vez sugestivo y musical». Resumimos los campos creativos en: poética; riqueza léxica; estilo y retórica; humanismo, proyección testimonial, y variedad temática. El ganador, el candidato de esta revista a llevarse el Premio Cervantes de Literatura, es Serrat. Las distancias son escasas y, a dos puntos, en un triple empate, aparecen Luis Eduardo Aute, Silvio Rodríguez y Jorge Drexler; luego, Rubén Blades, Pablo Milanés, Nacho Vegas y Joaquín Sabina.

¿Por qué Serrat? Una de las respuestas más perspicaces es de Carlos Gámez, biógrafo del cantautor: «Austeridad, contención, profundidad, elegancia, frente a manierismo, superficialidad, exhibicionismo y mal gusto. Una parte de la sociedad española finalmente ha encontrado su embajador lírico. El cantante que descubre la belleza de las pequeñas cosas, la nostalgia de un mundo que desaparece, la evocación de la fuerza de la naturaleza, la crítica social sin asperezas, la pasión del amor y otras soledades, las primeras alarmas ecológicas…».

Cuando recibió el doctorado universitario de la Complutense, en 2006, el cantautor, al que no le gusta que le llamen poeta, pero sí «escribidor de canciones», dijo: «Los argumentos de mis canciones están en mí, pero también están alrededor de mí. Son lo que yo siento, pero también son lo que me cuentan los demás. Son lo que yo soy, pero también lo que me gustaría ser. Son mi realidad, pero también mi fantasía. Las canciones viven en la memoria personal y colectiva de las gentes. Las canciones viajan y nos transportan a tiempos y lugares donde tal vez fuimos felices. Me complace que hayan valorado ustedes esta parcela de la poesía que es la canción popular, que, además de algunas otras cosas, es una forma de acceder al conocimiento del mundo (…). Cantando compartes lo que amas y te enfrentas a lo que te incomoda. Conjuras los demonios y conviertes sueños en modestas realidades».

«Ya sabéis de qué va esto. De sacar la pistola y volver a meterla en la pistolera. De abrirte camino a través del tráfico, de hablar en la oscuridad». En el discurso de aceptación del Nobel, Dylan trazó con estos términos quizá mordaces las fronteras y escenografías que utiliza para fabricar su crepuscular paisaje literario. Puede afirmarse que Serrat cimentó el suyo en un solo disco que editó a los 26 años, el pasmoso Mediterráneo (1971) —alzado durante diez semanas en el número uno en ventas, por un año entre los diez primeros pese a la censura gubernativa y citado en varias clasificaciones normativas como el mejor de siempre del pop-rock español—. Es una colección de diez canciones fundadas en la poesía que a todos nos circunda: desde salmos por las menudencias que engalanan la vida, hasta exaltaciones sobre la carga emotiva de los amores imposibles —«No hay nada más bello/ que lo que nunca he tenido. / Nada más amado, / que lo que perdí»—. Por encima de todas las piezas, centellea la ecuménica Mediterráneo, gestada en un hotelito de Palafrugell, pueblo de la Costa Brava bañado por el mar y conjugada en todos los géneros y rincones —más de 150 versiones en España, 50 en Argentina, 22 en México, 21 en Cuba…—.

El tema, en un balanceante compás de 5 por 4, el ritmo del flamenco y el jazz, nació de la necesidad de expresar el poder poético, cargado con los sueños y recuerdos «de Algeciras a Estambul». Serrat, tantas veces juzgado con inquina a causa de alguna de las dos nacionalidades que comparte sin drama, tiene un tercer pasaporte: «Para mí el mar, y concretamente el Mediterráneo, es una identidad. Una identidad feliz».

 

Nacido en un barrio orillero de Barcelona en 1943, hijo de un fontanero catalán y anarquista y de una aragonesa de familia masacrada. Criado en la moral de los humildes y la normalidad del bilingüismo. Con centenares de canciones de autor como fortuna, parece todavía el niño feliz que se asomaba al balcón para tomar nota de la vida.

 

 

 

El ‘Nano’, barrio, bicicletas, muchachas y la identidad feliz mediterránea

«¡Sos Gardel, Nano!». La voz es grito común de liturgia a oscuras. Decenas de miles de rioplatenses, gente experta en el ejercicio del extremismo, susurran las canciones amables de Joan Manuel Serrat, a quien por allá llaman Nano, alias con regusto a guerrillero dedicado a la retaguardia: cuidar a los heridos, enamorar a las milicianas… El público concilia al cantautor de Poble Sec con el almíbar amargo del mejor tanguista, porque el regreso a Buenos Aires del Nano en 1981, tras una dictadura que anegó el mar austral con cadáveres, fue celebrado como una liberación. Descendiente de 23 familiares asesinados por los franquistas en Belchite, todos acribillados ante la misma zanja, Serrat sabe de matanzas, aunque suele afirmar, hippie con alpargata de esparto primero, ángel de negro absoluto luego y traje de lino y sin corbata después, que «el compromiso es actuar en defensa propia». En los ásperos sesenta fue el joven afrancesado que nos salvó de la grosería de Raphael, el bufón del Palacio del Pardo. Después, hizo música para dos poetas, Antonio Machado y Miguel Hernández, entregados al olvido. En medio siglo de doctrina sonriente —el cancionero es holgado: 200 temas—, compuso los únicos himnos que hacen falta: al barrio, a la niñez, a las bicicletas, a la madre tierra y, sobremanera, al Mediterráneo. Escribió para el mar nuestro acaso el más bello cantar pop del idioma. Lo hizo en la Costa Brava, frente al oleaje, claustro y molde que nos mece y acoge mientras ahoga a los desesperados que vienen y encuentran cerrada la puerta.

 

Quizá porque mi niñez sigue jugando en tu playa
y escondido tras las cañas duerme mi primer amor,
llevo tu luz y tu olor por donde quiera que vaya
y amontonado en tu arena guardo amor, juegos y penas.
Yo, que en la piel tengo el sabor amargo del llanto eterno
que han vertido en ti cien pueblos, de Algeciras a Estambul,
para que pintes de azul sus largas noches de invierno.
A fuerza de desventuras, tu alma es profunda y oscura.
A tus atardeceres rojos
se acostumbraron mis ojos
como el recodo al camino.
Soy cantor, soy embustero,
me gusta el juego y el vino, tengo alma de marinero.
¿Qué le voy a hacer si yo nací en el Mediterráneo?
Nací en el Mediterráneo.
Mediterráneo (1971)

 

El sacristán ha visto
hacerse viejo al cura,
el cura ha visto al cabo
y el cabo al sacristán.
Y mi pueblo después
vio morir a los tres.
Y me pregunto ¿por qué nacerá gente
si nacer o morir es indiferente?
De la siega a la siembra
se vive en la taberna,
las comadres murmuran
su historia en el umbral
desde sus casas de cal
y las muchachas hacen bolillo,
buscando ocultas tras los visillos
a ese hombre joven que noche a noche
forjaron en su mente:
fuerte pa’ ser su señor
y tierno para el amor
Pueblo blanco (1971)

 

Sería fantástico que nada fuera urgente,
no pasar nunca de largo y servir para algo.
Ir por la vida sin cumplidos llamando a las
cosas por su nombre,
cobrar en especies y sentirse bien tratado
y mearse de risa y dejar volar la fantasía.
Sería todo un detalle,
todo un síntoma de urbanidad,
que no perdiesen siempre los mismos
y que heredasen los desheredados.
Sería fantástico que ganara el mejor
y que la fuerza no fuera la razón.
Que se instalara en el barrio el paraíso terrenal,
que la ciencia fuera neutral.
Sería fantástico no pasar por el embudo,
que todo fuera como está mandado
y nadie mandara.
Sería fantástico (1984)

 

«El aire es la patria de los apátridas». Cuna ligera para Luis Eduardo Aute, nacido en Manila (1943), donde trabajaba el padre, catalán. De la burguesía filipina procedía la madre. El más laborioso de los animales artísticos, nunca se ha consolado con el amor de sus compañeros ni ha dejado de atacar el «momento paralítico».

 

El hombre que «lo hizo todo antes y mejor»

Hay en la obra elegante de Luis Eduardo Aute —que, dicen sus amigos, «lo hizo todo antes y mejor»— recursos dialécticos, figuras oblicuas, prosopopeyas y ejemplos de casi cualquiera de los tropos de estilo de la retórica. Enemigo de sí mismo como los valientes y contrario a todas las prendas interiores que enfajan el sentir, Aute compone canciones que enamoran, asombran y asustan. «No sé qué estrellas son estas / que hieren como amenazas, / ni sé qué sangra la luna / al filo de su guadaña. / Presiento que tras la noche / vendrá la noche más larga», dice en una de sus piezas más conocidas, Al alba (1978), narración de desconsuelo con el fondo del apocalipsis contenido en todo amor: «Los hijos que no tuvimos / se esconden en las cloacas. / Comen las últimas flores, / parece que adivinaran / que el día que se avecina / viene con hambre atrasada». Cuatro décadas más tarde, en la lenta recuperación del par de accidentes coronarios que lo trasladaron durante meses a la patria sembrada de amapolas del coma: «No sé si voy o vengo / de algún sitio / donde nunca estuve», contestó al despertar el nunca yacente artista, que quiso ser pintor y poeta antes que compositor; cineasta y escultor por si las moscas…, un precursor de lo diverso que todo lo hizo y lo hizo con la duda como pincel o guitarra. Alertó antes que nadie del falso éxtasis español de los años de billetes y cocaína. «Hay que despreciar a quienes nos han hecho creer que el paso era de la dictadura a la democracia, cuando en realidad nos han llevado del feudalismo económico al capitalismo salvaje», declaró.

Más que amor, lo que siento por ti.
es el mal del animal, no la terquedad del jabalí, ni la furia del chacal…
Es el alma que se encela con instinto criminal,
es amar, hasta que duela, como un golpe de puñal…
Ay, amor; ay, dolor,
yo te quiero con alevosía.
Necesito confundir tu piel con el frío del metal,
o tal vez con el destello cruel de un fragmento de cristal…
Quiero que tus sentimientos sean puro mineral,
polvo de cometa al viento del espacio sideral…
Alevosía (1995)

Hay algunos que dicen
que todos los caminos conducen a Roma
y es verdad porque el mío
me lleva cada noche al hueco que te nombra.
Y le hablo y le suelto
una sonrisa, una blasfemia y dos derrotas.
Vuelvo al cabo a tus ojos
y duermo con tu nombre besando mi boca.
Ay, amor mío,
qué terriblemente absurdo es estar vivo
sin alma de tu cuerpo, sin tu latido, sin tu latido.
Que el final de esta historia,
enésima autobiografía de un fracaso,
no te sirva de ejemplo.
Hay quien afirma que el amor es un milagro
Sin tu latido (1993)

Fue en ese cine, ¿te acuerdas?,
en una mañana al este del Edén,
James Dean tiraba piedras
a una casa blanca, entonces te besé.
Aquella fue la primera vez,
tus labios parecían de papel,
y a la salida en la puerta
nos pidió un triste inspector nuestros carnets.
Luego volví a la academia
para no faltar a clase de francés,
tú me esperaste hora y media
en esta misma mesa, yo me retrasé.
¿Quieres helado de fresa
o prefieres que te pida ya el café?
Cuéntame como te encuentras,
aunque sé que me responderás: muy bien.
Ten, esta foto es muy fea,
el más pequeño acababa de nacer.
Oiga, me trae la cuenta,
calla, que fui yo quien te invitó a comer.
No te demores, no sea
que no llegues a la hora al almacén;
llámame el día que puedas,
date prisa que ya son las cuatro y diez.
Las cuatro y diez (1993)

 

Haikus, prédicas y roce de pasos

Impenitente curioso y amigo de lo insólito —trabajó con Shakira en el infernal Waka Waka: «Lo hice por el desafío de dejar de ser yo y convertirme en otra persona»—. Jorge Drexler es una referencia y un modelo: espera que las canciones lleguen desde un espacio paralelo. Terminan llegando y todas hablan de concordia.

«Mi casa está en la frontera. / Y las fronteras se mueven, / como las banderas». El uruguayo Jorge Drexler, nacido en 1964 en Montevideo, una ciudad pausada ante la dinamo que alimenta los dilemas de los vecinos argentinos y brasileños, ha construido una obra fértil bajo el aserto del verso de «Yo no sé de dónde soy», un canto contra el peligro de las convicciones de hierro. Otorrino antes que músico, en una noche de jarana de 1994, Joaquín Sabina le recomendó venirse a vivir a España. La aventura fue dichosa y, tras paulatinos discos donde prima lo elemental —el silencio incluido—, terminó ganando en 2004 el Óscar a la mejor canción original con Al otro lado del río, compuesta para la película sobre la juventud de Ernesto Che Guevara —«en esta orilla del mundo lo que no es presa es baldío, / creo que he visto una luz al otro lado del río»—. La depuración ha sido gradual pese a la estridencia española —«mantener un punto de sobriedad en España es un insulto, todo lo que sea mesura está mal visto», dice— y culmina por ahora en Salvavidas de hielo (2017), disco casi monacal donde se aplica en cantar como en un ataque de afonía —su intérprete de cabecera es el gran mudo João Gilberto—. Los temas de este compositor de haikus, prédicas, invocaciones, abarcan el roce de los pasos porque Drexler sabe, aunque nunca lo afirmará gritando, que «somos una especie en viaje, / no tenemos pertenencias, sino equipaje. / Nunca estamos quietos, somos trashumantes / Somos padres, hijos, nietos y bisnietos de inmigrantes».

Dame una noche de asilo, en tu regazo.
Esta noche, por ejemplo, dejemos al mundo fuera,
abre tus brazos, ciérralos conmigo dentro
solo unas horas y luego, cuando amanezca, yo pondré una cafetera
y habré llevado esta nube hacia otro cielo de nubes pasajeras.
Si el sueño pierde pie, resbala, queda colgando de un hilo,
prefiero una noche entera en vela, a tener el alma en vilo
Asilo(2017)

Ya estoy en la mitad de esta carretera,
tantas encrucijadas quedan detrás…
Ya está en el aire girando mi moneda
y que sea lo que
sea
Todos los altibajos de la marea,
todos los sarampiones que ya pasé…
Yo llevo tu sonrisa como bandera
y que sea lo que
sea
Lo que tenga que ser, que sea
y lo que no, por algo será.
No creo en la eternidad de las peleas,
ni en las recetas de la felicidad.
Eco (2004)
Esto que estás oyendo
ya no soy yo,
es el eco, del eco, del eco
de un sentimiento;
su luz fugaz
alumbrando desde otro tiempo,
una hoja lejana que lleva y que trae el viento.
Sea (2001)

El índice vertical entre la boca y la nariz,
el eco en la catedral,
la brisa en la enredadera,
entremos en el sonido hasta el penúltimo matiz,
hagámosle caso al gesto de la foto de la enfermera
y cuando el ruido vuelva a saturar la antena
y una sirena rompa la noche, inclemente,
no encontraremos nada más pertinente
que decirle a la mente
detente.
Silencio (2017)

La más bella canción en una mano, una bala en la otra

Dicen que va de sabelotodo y desea ser pensador antes que trovador. El cubano Silvio Rodríguez (San Antonio de los Baños, 1943) es la primera víctima de la exigencia. Sigue hablando en verde oliva y ni en broma, 600 canciones después, admite otros disfraces. ¿Un lema? «Mientras más cosas tienes que esconder (…), más jodido estás».

«Que se comprende sin ambigüedad», significa ‘transparente’, el más repetido de los adjetivos que dibujan a Silvio Rodríguez, un músico, escritor y personaje público desplegado y sin aparentes dobleces, alguien que dicta cátedra cada vez que abre la boca y que nunca ha perjurado del marxismo. Fabricado por la revolución castrista, Rodríguez casi nada sabía de música hasta la adolescencia, pero a los 16 fue de misión a los bohíos del analfabetismo para enseñar letras a niños y padres. Cuando comulgó en público con los Beatles, le castigaron con la expulsión de los estudios musicales. No le importó dedicarse a la marinería pesquera, regresó de una campaña con 66 canciones grabadas a bordo y ocupó el puesto de primera voz de la Cuba aislada por la necedad yanqui. «He hablado con valentía, ante la cobardía de los demás, solamente para tener el país que he soñado, que me hicieron soñar y que se está perdiendo gracias a la falsedad y al extremismo de los que se llaman verdaderos revolucionarios», dijo en uno de sus recios discursos de lobo y ermitaño. Tanta claridad no envenena la obra gracias a un cromatismo exaltado y disonante. Su poética, sembrada de imágenes surreales, es digna de electrocardiogramas: «Te doy una canción y hago un discurso, / sobre mi derecho a hablar. / Te doy una canción con mis dos manos, / con las mismas de matar. / Te doy una canción y digo Patria, / y sigo hablando para ti. / Te doy una canción como un disparo, como un libro, una palabra, una guerrilla: / como doy el amor».

 

Si no creyera en la locura
de la garganta del sinsonte.
Si no creyera que en el monte
se esconde el trino y la pavura.
Si no creyera en la balanza,
en la razón del equilibrio.
Si no creyera en el delirio,
si no creyera en la esperanza.
Si no creyera en lo que agencio,
si no creyera en mi camino,
si no creyera en mi sonido,
si no creyera en mi silencio.
¿Qué cosa fuera, corazón, qué cosa fuera,
qué cosa fuera la maza sin cantera?
Un testaferro del traidor de los aplausos,
un servidor de pasado en copa nueva.
La maza (1982)

Sueño con serpientes, con serpientes de mar,
con cierto mar, ay, de serpientes sueño yo.
Largas, transparentes, y en sus barrigas llevan
lo que puedan arrebatarle al amor.
Oh, la mato y aparece una mayor.
Oh, con mucho más infierno en digestión.
No quepo en su boca, me trata de tragar,
pero se atora con un trébol de mi sien.
Creo que está loca, le doy de masticar
una paloma y la enveneno de mi bien.
Sueño con serpientes (1975)

Ojalá se te acabe la mirada constante,
la palabra precisa, la sonrisa perfecta.
Ojalá pase algo que te borre de pronto,
una luz cegadora, un disparo de nieve.
Ojalá por lo menos que me lleve la muerte,
para no verte tanto, para no verte siempre,
en todos los segundos, en todas las visiones.
Ojala que no pueda tocarte ni en canciones.
Ojalá (1975)

Grandes crónicas que gritan en panamericano

«Sal a la calle / y no te calles; / no te compran si no te vendes», pide, todavía feroz, Rubén Blades. ¿Qué se podía esperar si en la genética del panameño, nacido en 1948, convergen los dos grandes torrentes de la música del Caribe: madre de Cuba y padre de Colombia? En algunos países de Centroamérica y el Caribe, no creen que sea cantante. Como a los espectadores con ojo de lince, le llaman «poeta».

Dicen que Rubén Blades podría cantar la guía telefónica. No es cierto. El poeta de la salsa, como le llaman en letras de imprenta desde finales de los setenta, domina sones, guagancós, tumbaos…, pero nunca tropezó en lo sistemático. Ha sido ministro de Turismo de Panamá —y quizá opte en mayo a la Presidencia del país—, pero no confunde tarima con tribuna, canción con discurso. Durante medio siglo, con 200 temas a cuestas, ha sido próspero como un guayabo sano. «Estoy en un sitio de felicidad (…), regreso a ese lugar donde están las mejores cosas y viven los mejores ángeles del carácter mío», declaró hace poco este ignorante de la fatiga. Es inútil tanta cortesía para consigo mismo: a Blades se le advierte la sonrisa connatural aunque module sobre asuntos muy serios —explotación, imperialismo, decepciones, tortura hablada en inglés, cadáveres que gritan en panamericano…—. No es casualidad que al salir de la adolescencia, el trovador firmara su primera gran crónica sobre el asfalto grasiento del Spanish Harlem neoyorquino y emplazara como santo guardián al marxista alemán Bertolt Brecht. En Pedro Navaja, un maleante, vampiro de sus iguales, atraviesa la noche urbana buscando presa. El carácter de fiera no es señalado por lo siniestro. La descripción es social, de redactor de nota de sucesos: el andar derribado, las manos disimuladas dentro del gabán para el encubrimiento de la navaja y, sobre todo, el diente de oro que, como una sonrisa luciferina, alumbra la avenida. Es la misma candela lúgubre todavía prendida en las tres Américas.

 

Sombras son la gente.
A la la la la la la la.
Plantación adentro camará
es donde se sabe la verdad,
es donde se aprende la verdad.
Dentro del follaje
y de la espesura,
donde todo viaje
lleva la amargura
es donde se sabe camará,
es donde se aprende la verdad.
Camilo Manrique falleció
por golpes que daba el mayoral
y fue sepultado sin llorar, ¡Ja!
una cruz de palo y nada mas
Camilo Manrique falleció
plantación adentro camará.
Plantación adentro (1977)

Por la esquina del viejo barrio lo vi pasar,
con el tumba’o que tienen los guapos al caminar.
Las manos siempre en los bolsillos de su gabán,
pa’ que no sepan en cuál de ellas lleva el puñal.
Usa sombrero de ala ancha de medio la’o
y zapatillas por si hay problemas salir vola’o,
lentes oscuros pa’ que no sepan que está mirando
y un diente de oro que cuando ríe se ve brillando.
Como a tres cuadras de aquella esquina una mujer,
va recorriendo la acera entera por quinta vez
y en un zaguán entra y se da un trago para olvidar
que el día está flojo y no hay clientes pa’ trabajar.
Un carro pasa muy despacito por la avenida,
no tiene marcas pero to’s saben que es policía.
Pedro Navaja, las manos siempre dentro del gabán,
mira y sonríe y el diente de oro vuelve a brillar.
Pedro Navaja (1978)

 

Un cantor nunca derrotado por las espinas de la dictadura castrista

De voz inconfundible, modulada en la cuerda floja de los agudos, Pablo Milanés (Bayamo, 1943) ha sido torturado sin motivo legal en las prisiones y campos de castigo de la dictadura castrista. Pese a la persecución, nunca ha renegado de cubanía y algunas de sus obras son cánticos de dignidad coreadas por el mundo.

Cuando tenía 23 años y comenzaba a ser célebre como el más cercano a la tradición de la Nueva Trova, a Pablo Milanés lo enviaron preso a una granja de trabajo en Camagüey de la red de Unidad Militar de Ayuda a la Producción donde era castigada la disidencia. Tras un año de encierro, logró fugarse y en La Habana declaró en público que había estado en un «campo de concentración estalinista». Cuando el testimonio trascendió, el aparato de propaganda del régimen extendió extraoficialmente la acusación de homosexualidad. Desde entonces, a Milanés, una persona de piel negra en un país especialmente duro con los mestizos, le han puesto todas las zancadillas —«Pobre del cantor que no halle el modo / de tener bien seguro su proceder con todos. / Pobre del cantor que no se imponga / con su canción de gloria, con embarres y lodos», dice con exactitud de crónica uno de sus temas más conocidos—. Mientras Silvio Rodríguez es el trovador de los cubanos con título universitario y cosmopolitismo, Milanés tiene un público con más raíz, gente que prefiere el bolero al rock. Ajeno a la autocensura, nunca ha dejado de practicar el inconformismo desde una residencia compartida entre la isla y España: tilda de «cosmética» y «turística» la apertura y solo se siente redimido por «la esperanza del pueblo cubano». En sus radiantes canciones no cabe el fracaso: «Pobre del cantor que un día la historia / lo borre sin la gloria de haber tocado espinas. / Pobre del cantor que fue marcado / para sufrir un poco y hoy está derrotado».

 

Si alguna vez me siento derrotado,
renuncio a ver el sol cada mañana.
Rezando el credo que me has enseñado
miro tu cara y digo en la ventana:
Yolanda,
Yolanda,
eternamente Yolanda
Yolanda (1970)

Todavía quedan restos de humedad,
sus olores llenan ya mi soledad.
En la cama, su silueta
se dibuja cual promesa
de llenar el breve espacio en que no estás.
Todavía yo no sé si volverá,
nadie sabe al día siguiente lo que hará.
Rompe todos mis esquemas,
no confiesa ni una pena,
no me pide nada a cambio de lo que da.
Suele ser violenta y tierna,
no habla de uniones eternas,
mas se entrega cual si hubiera
solo un día para amar.
Todavía no pregunté: ¿te quedarás?,
temo mucho a la respuesta de un jamás.
La prefiero compartida
El breve espacio en que no estás (1984)

Yo pisaré las calles nuevamente
de lo que fue Santiago ensangrentada
y en una hermosa plaza liberada
me detendré a llorar por los ausentes.
Yo vendré del desierto calcinante
y saldré de los bosques y los lagos
y evocaré en un cerro de Santiago
a mis hermanos que murieron antes.
Yo unido al que hizo mucho y poco,
al que quiere la patria liberada,
dispararé las primeras balas
más temprano que tarde, sin reposo.
Retornarán los libros, las canciones
que quemaron las manos asesinas,
renacerá mi pueblo de su ruina
y pagarán su culpa los traidores.
Un niño jugará en una alameda
y cantará con sus amigos nuevos
y ese canto será el canto del suelo
a una vida segada en La Moneda.
Yo pisaré las calles nuevamente (1976)

De maldito a rojo, indignado y profeta

«Los discos son necesarios no como un fin sino como un medio», ha declarado, con el mismo tono que emplearía el Che, el asturiano Nacho Vegas (1974), el mejor cantautor español del XXI. Pese a todo, anda extraviado desde hace un tiempo en el secarral de lo panfletario y se siente poseído por una Verdad que solo es suya.

Es presumible que la edad de Nacho Vegas (44) explique que, pese a ser el más joven de nuestros ocho finalistas, figure como uno de los más invocados en los embarullados meandros de internet. Estamos ante una rara especie en los campos de batalla de hoy, donde Vegas, pese al buenismo rampante y la prohibición tácita de ser crítico, ejerce de rojo, indignado e hijo de desencantado: el padre, alto cargo socialista en la Junta de Asturias durante la amarga reconversión naval, muerto en 1994, a los 48 años, arruinado y con un parte de defunción que todos adivinaron: se dejó llevar por insistencia de la decepción —en una letanía que estremece, Vegas, que tenía 19, recuerda: «Ahora no sé por qué / viene a mi mente el colchón / que tuvimos que bajar Javi y yo a la basura / sin poder dejar de mirar esa mancha oscura / que allí nos dejaste como herencia y recuerdo / antes de partir en tu último viaje / probablemente al infierno»—. Capaz de enfrentar cuesta abajo cualquier barranco, no del todo, por mucho que le pese, desprendido del malditismo —conserva el tono de jaculatoria de su relación con la heroína—, se ha metido en la trinchera social, recuperando canciones de la reina Violeta Parra, la cantora justiciera e intransigente que se mató porque su pareja la dejó por otra. Serrat cantó mucho y bien en los años setenta a Violeta, autora que Vegas se jacta en cada entrevista de haber descubierto para el mundo cuando apenas ha arropado los cantos ásperos de la chilena con un ruido casi industrial.

Fue aquella gitana que nos leyó el porvenir,
dijo: «uno es el asesino y el otro el que va a morir».
Y salimos de allí y me miraste asustada y el miedo sonó en tu voz:
«antes de que tú me mates, prefiero matarme yo».
Y emprendiste así tu huida y yo corrí a mi habitación
y mezclé en una cuchara el polvo blanco y el marrón.
Y con la sangre aún resbalando te llamé desde ese hotel:
«Por favor, entiende que algo no funciona en mí muy bien».
Y al otro lado te oí llorar y yo seguí y no colgué,
y me suplicaste: «Déjame de una vez, déjame de una vez».
Y tus párpados cayendo se me antojan guillotinas,
y te observaré durmiendo y me pondré a susurrar:
«nuestras almas no conocen el reposo, vida mía,
pero si hay algo que es cierto es que
te quiero un mundo entero con su belleza y su fealdad».
Morir o matar (2008)

Ocurrió algo espectacular:
fuimos poco a poco elevándonos
y exactamente a la vez
nos hundimos en la tierra más y más
y así llegó el instante en que ya éramos pequeños gigantes.
Y nuestras copas apuntaban justo al cielo,
crecieron raíces bajo un fértil suelo,
nos quisimos en lo bello y lo salvaje,
nos recorrimos por dentro.
Y así fuimos inventando nuevas formas de respirar,
así fuimos inventando una nueva manera de imaginar
que para ver el cielo hay que hundirse en la tierra,
no hay más suelo que el que ahora nos aferra, al fin, somos árbol.
Ser árbol (2018)

Comenzó en noviembre la negrura,
dan pa’ enero la primera hambruna.
Orden militar: quédense en casa
y no habrá gente dañada,
solo en casa y que no cambie nada.
Pero hay una cumbia sonando a lo lejos,
es un trozo de firmamento resistiendo.
Ves los comités de autodefensas,
bajo el cielo de norteña
y esta cumbia gris que suena y suena.
Se ha promulgado una ley prosoledad:
la guerra es entre el mal y lo neutral y
va ganando el mal.
Lo siento pero va ganando el mal,
va ganando el mal.
Todos contra el cielo (2018)

 

Ripios, cuartetos y narrativas de sobremesa

Nacido en Úbeda —Jaén— (1949), Joaquín Sabina, hijo de un comisario de Policía, fue comunista, lanzó un cóctel molotov contra un banco, se exilió en Londres y abandonó el prototipo de cantautor en la noche de Madrid. Desde los años ochenta cambió de chaqueta y de sombrero, llenó estadios solo y acompañado y se adaptó al cheli y los sonetos.

Volatinero de la rima y agotador del ripio tosco de los coplistas más torpes —por ejemplo: «Son casi las 6 / como cada mañana / y la cabeza me da vueltas de campana»—, Joaquín Sabina lleva años pontificando contra «la maléfica influencia del rap» que lleva a cualquiera a creerse capacitado —«Digamos que hablo de Joaquín», podría titularse el chotis— para «rimar y versificar». El cantautor de impostado deje cheli ya no tiene coherencia como perdedor urbano, ni como el roquista que pretendió ser en los años de potente polvo blanco colombiano. Con una obra bifurcada en libros de sonetos —algunos en espera de salón de baile: «Rimando la canción del desengaño, / deserté de los fuegos malabares, / cambié las alegrías por soleares / y al tipo que te amó por este extraño»—, discos y giras cívicas de altísima recaudación, el cantante es un creador manso al que adivinan cómplice del sistema cultural en papers universitarios como La palabra y el sentido, que resalta el saldo de los imperativos vintage del sé tú mismo, decide tú mismo y pásalo bien. En una de las más sensibles canciones, Contigo, toma de Quevedo la poesía anafórica: «Y morirme contigo si te matas / y matarme contigo si te mueres / porque el amor cuando no muere mata / porque amores que matan nunca mueren». La belleza no sirve de coartada para la vulgaridad de decenas de narrativas de sobremesa sobre porritos y burdeles. No choca que él mismo proponga un remedio: «Escucharía a Dylan, a Brassens y a Cohen toda la vida».

Tenemos memoria, tenemos amigos,
tenemos los trenes, la risa, los bares,
tenemos la duda y la fe, sumo y sigo,
tenemos moteles, garitos, altares.
Tenemos urgencias, amores que matan,
tenemos silencio, tabaco, razones,
tenemos Venecia, tenemos Manhattan,
tenemos cenizas de revoluciones.
Tenemos zapatos, orgullo, presente,
tenemos costumbres, pudores, jadeos,
tenemos la boca, tenemos los dientes,
saliva, cinismo, locura, deseo.
Más de 100 mentiras (1994)

Yo tenía un botón sin ojal, un gusano de seda,
medio par de zapatos de clown y un alma en almoneda,
una Hispano Olivetti con caries, un tren con retraso,
un carné del Atleti, una cara de culo de vaso,
un colegio de pago, un compás, una mesa camilla,
una nuez, o bocado de Adán, menos una costilla,
una bici diabética, un cúmulo, un cirro, un estrato,
un camello del rey Baltasar, una gata sin gato,
mi Annie Hall, mi Gioconda, mi Wendy, las damas primero,
mi Cantinflas, mi Bola de Nieve, mis tres Mosqueteros,
mi Tintín, mi yo-yo, mi azulete, mi siete de copas,
el zaguán donde te desnudé sin quitarte la ropa.
Mi escondite, mi clave de sol, mi reloj de pulsera,
una lámpara de Alí Babá dentro de una chistera,
no sabía que la primavera duraba un segundo,
yo quería escribir la canción más hermosa del mundo
La canción más hermosa del mundo (2002)

Yo no quiero un amor civilizado,
con recibos y escena del sofá;
yo no quiero que viajes al pasado
y vuelvas del mercado
con ganas de llorar.
Yo no quiero vecinas con pucheros;
yo no quiero sembrar ni compartir;
yo no quiero catorce de febrero
ni cumpleaños feliz.
Yo no quiero cargar con tus maletas;
yo no quiero que elijas mi champú;
yo no quiero mudarme de planeta,
cortarme la coleta,
brindar a tu salud.
Yo no quiero domingos por la tarde;
yo no quiero columpio en el jardín;
lo que yo quiero, corazón cobarde,
es que mueras por mí.
Y morirme contigo si te matas
y matarme contigo si te mueres
porque el amor cuando no muere mata
porque amores que matan nunca mueren.
Yo no quiero juntar para mañana,
no me pidas llegar a fin de mes;
yo no quiero comerme una manzana
dos veces por semana
sin ganas de comer.
Yo no quiero calor de invernadero;
yo no quiero besar tu cicatriz;
yo no quiero París con aguacero
ni Venecia sin ti.
Contigo(1996)

 

Seis trovadores, de las macrociudades a las selvas…

La ruta de las canciones en español callejea por macrociudades estrepitosas de Centro y Sudamérica, desciende hacia la polvareda saludable de los descampados andaluces, se viste de descreimiento metálico en el corazón de Extremadura y busca dramatizar melodías en la políglota versatilidad de Madrid. Proponemos media docena de cantautores contemporáneos que, además de vocalizar y tocar, también practican el viejo oficio de la trova.

 

 

 

Desde el estertor franquista, solo cuatro mujeres

Creado en los estertores del franquismo para buscar «notoriedad pública» para la literatura en español, el primer Premio Cervantes se concedió en 1976 con una adenda templada como la Transición: mostrar «concordia». El galardonado fue el poeta de la generación del 27 Jorge Guillén. Aunque no es el de más cuantía dineraria, se le compara al Nobel (no puede ser póstumo y se otorga a obra integral). En los 44 premiados solo figuran cuatro mujeres.

Latinoamérica            España

2018 Ida Vitale (Uruguay)
2017 Sergio Ramírez (Nicaragua)
2016 Eduardo Mendoza
2015 Fernando del Paso (México)
2014 Juan Goytisolo
2013 Elena Poniatowska (México)
2012 José Manuel Caballero Bonald
2011 Nicanor Parra (Chile)
2010 Ana María Matute
2009 José Emilio Pacheco (México)
2008 Juan Marsé
2007 Juan Gelman (Argentina)
2006 Antonio Gamoneda
2005 Sergio Pitol (México)
2004 Rafael Sánchez Ferlosio
2003 Gonzalo Rojas (Chile)
2002 José Jiménez Lozano
2001 Álvaro Mutis (Colombia)
2000 Francisco Umbral
1999 Jorge Edwards (Chile)
1998 José Hierro
1997 Guillermo Cabrera Infante (Cuba)
1996 José García Nieto
1995 Camilo José Cela
1994 Mario Vargas Llosa (Perú
1993 Miguel Delibes
1992 Dulce María Loynaz (Cuba)
1991 Francisco Ayala
1990 Adolfo Bioy Casares (Argentina)
1989 Augusto Roa Bastos (Paraguay)
1988 María Zambrano
1987 Carlos Fuentes (México)
1986 Antonio Buero Vallejo
1985 Gonzalo Torrente Ballester
1984 Ernesto Sabato (Argentina)
1983 Rafael Alberti
1982 Luis Rosales
1981 Octavio Paz (México)
1980 Juan Carlos Onetti (Uruguay)
1979 Jorge Luis Borges (Argentina), ex aequo
Gerardo Diego, ex aequo
1978 Dámaso Alonso
1977 Alejo Carpentier (Cuba)
1976 Jorge Guillén

Este reportaje sobre el Premio Cervantes es uno de los contenidos del número 3 de la publicación trimestral impresa Archiletras / Revista de Lengua y Letras.
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Ilustración: Patricia Bolinches
Foto perfiles: Alamy Stock Photo